Según Michel Foucault, durante años el poder soberano tenía como privilegio el derecho de vida y muerte. Este derecho formulado como "de vida y muerte" en realidad es el derecho de hacer morir o de dejar vivir. Este mecanismo de poder fue transformándose en Occidente; aquel derecho de muerte se convirtió en un derecho que se complementa a un poder que se ejerce sobre la vida, tratando de docilizarla. En una primera etapa, la muerte era el relevo de una soberanía por otra, en una segunda etapa, "es en la vida y a lo largo de su desarrollo donde el poder establece su fuerza; la muerte es su límite, el momento que no puede apresar", dice Foucault en su libro Historia de la sexualidad, Vol. 1.

Cuerpos y biopolítica

Este proceso es lo que Foucault, en Vigilar y castigar, denomina como anatomopolítica del cuerpo humano, donde lo que prima es la disciplina. La disciplina funciona como una producción de cuerpos que logran ser sometidos, ejercitados, programados: cuerpos dóciles. A través de diversas instituciones (hospitales, escuelas, fábricas, cuarteles militares, cárceles) se lleva a cabo un continuo disciplinamiento. En estas instituciones el individuo es controlado, vigilado, examinado, llevando a una desarticulación y recomposición de su cuerpo: la disciplina funciona como una "anatomía política del detalle"; todo es controlado, nada queda al azar.

El poder sobre la vida, que se desarrolla hacia mediados del siglo XVIII, se centra en el cuerpo-especie; y es en este período cuando surge la biopolítica de la población que tiene como función principal invadir la vida de cada ser humano; la vida pasa a formar parte del control y la intervención del poder.

Sexualidad y poder

La vida está completamente regulada; la vida es el objetivo del poder. Es en esta instancia en que el sexo toma un papel esencial: depende de las disciplinas del cuerpo y participa de la regulación de las poblaciones. El sexo es acceso a la vida del cuerpo, matriz de las disciplinas (exámenes médicos, controles, vigilancias), y también es acceso a la vida de la especie, principio de las regulaciones (medidas masivas, estadísticas). La sexualidad es controlada en todos sus detalles, controlada en sus conductas, e investigada hasta en los sueños.

En su libro El hombre postorgánico, la antropóloga argentina Paula Sibilia afirma que "el sexo fue un blanco privilegiado de las tecnologías disciplinarias y de las operaciones biopolíticas, siempre en la mira de los impulsos normalizadores de la sociedad industrial". Según Foucault, se le presta reverencial temor al sexo; se lo trata como algo más importante que el alma misma y que la propia vida, "de ahí que todos los enigmas del mundo nos parezcan tan ligeros comparado con ese secreto, minúsculo en cada uno de nosotros, pero cuya densidad lo torna más grave que cualquier otro".

Para contrarrestar el dispositivo de sexualidad, el ataque no debe emerger desde el sexo-deseo, sino de los cuerpos, de los placeres. Al liberarse de la instancia del sexo, el hombre logrará invertir los mecanismos de la sexualidad y, así, hacer valer su cuerpo, sus placeres, la posibilidad de resistencia: hacerlos valer contra el poder.

Subjetividad y control

Giorgio Agamben, siguiendo y prolongando el análisis de Foucault, afirma que el desarrollo del capitalismo no habría sido posible sin el control disciplinario llevado a cabo por el bio-poder que ha creado, a través de las tecnologías adecuadas, los cuerpos dóciles que le eran necesarios. Se produce un proceso en que se transforma "un cuerpo esencialmente político en un cuerpo esencialmente biológico, en el que se trata de controlar y regular natalidad y mortalidad, salud y enfermedad. Con el nacimiento del biopoder, cada pueblo se dobla en población, cada pueblo democrático es, al mismo tiempo, un pueblo demográfico", dice Agamben en su libro Homo Sacer.

Para este pensador, Foucault no llevó su pensamiento al lugar de la biopolítica en los Estados totalitarios del siglo XX, en particular a los campos de concentración implantados por el régimen nazi. El campo de concentración en el espacio político moderno, se instituye como estado de excepción. Foucault abandona el enfoque tradicional del problema del poder basado en modelos jurídico-institucionales a favor de un análisis no convencional de los modos en que el poder penetra en el cuerpo de los sujetos y en sus formas de vida.

Al oponerse al enfoque tradicional del problema del poder, se esfuma la ubicación del cuerpo del poder, la zona indiferenciada en que se relacionan las técnicas de individualización y los procedimientos totalizantes. El estudio de Agamben no separa la confluencia del modelo jurídico-institucional y del modelo biopolítico del poder. Determina entonces que "la producción de un cuerpo biopolítico es la aportación original del poder soberano. La biopolítica es, en ese sentido, tan antigua al menos como la excepción soberana".

El cuerpo en el estado de excepción

Lo central en este autor es la cuestión de la excepción; se pregunta por qué la política occidental se constituye por medio de la exclusión de la nuda vida. La excepción es esencial para la política de Occidente: si la política es el lugar donde el vivir se convierte en vivir bien, la nuda vida debe ser politizada. La nuda vida es "aquello sobre cuya exclusión se funda la ciudad de los hombres". Se produce un doble juego: la nuda vida es el individuo que puede ser eliminable, puro desecho; pero también, se construye la exclusión.

Agamben afirma que la exclusión y la inclusión entran en una zona de indiferenciación: cuando la "excepción se convierte en regla, el espacio de la nuda vida que estaba situada originariamente al margen del orden jurídico, va coincidiendo de manera progresiva con el espacio político". Al mismo tiempo que el poder hace del hombre el propio objeto específico, la democracia moderna a medida que crece, el hombre deja de presentarse como objeto, y lo hace como sujeto del poder político: se vislumbra la libertad del hombre al mismo tiempo que se sella su servidumbre.

Para salir de esta concepción (de que la nuda vida está presa de la excepción, de algo que sólo es incluido por medio de la exclusión), debe presentarse una nueva política que no se convierta en la excepción de la nuda vida.

El cuerpo en el campo de concentración

En el campo de concentración surge una denominación para designar a aquellos prisioneros que estaban en el umbral extremo entre la vida y la muerte, entre lo humado y lo inhumano; surge lo que Agamben denomina el musulmán. En los campos se pone en juego el seguir siendo o no un ser humano. Eran prisioneros que renunciaban a cualquier reacción, se convertían en "objetos"; renunciaban a sus cualidades de personas -a pesar de mantener la apariencia de hombre, el hombre dejaba de serlo. El musulmán abdicó del margen irrenunciable de libertad, perdió cualquier resto de vida afectiva, de humanidad: el campo es el lugar de un experimento en que la moral y la humanidad se ponen en duda.

Es por esto que "Auschwitz marca el final y la ruina de toda ética de la dignidad y la de la adecuación a una norma". El musulmán se convierte en guardián del umbral de una ética y de una forma de vida que empieza allí donde la dignidad acaba.

Lo que ofende a la dignidad no es la vida, sino la muerte; la muerte de un musulmán no puede llamarse muerte. Esto lleva a que los cadáveres no deben ser llamados cadáveres; por eso se habla de Auschwitz como "fábrica de cadáveres": ahí no se moría, se producían cadáveres; cadáveres que no habían llegado a serlo por medio de la muerte. La función decisiva del campo de concentración no es sólo "el lugar de la muerte y del exterminio, sino también y sobre todo, el lugar de la producción del musulmán".