De todos los relatos que Charles Perrault publicó en su tomo “Cuentos de la Mamá Oca”, “Barba Azul” ha sido el que menos ha tardado en desaparecer del repertorio dedicado a los más pequeños por razones más que evidentes: en el relato, a diferencia del resto, no aparecen ogros, hadas, animales parlantes, ni hace presencia la magia, exceptuando un breve recurso literario en forma de llave mágica, la cual resulta casi fatal para la heroína.

Para rematar la cuestión, Barba Azul es un ser humano corriente con unas tendencias psicopáticas y sádicas que ha hecho pagar a sus siete anteriores esposas, superando en realismo y morbosidad a otros cuentos que no le andaban a la zaga, precisamente, tales como Hansel y Gretel, Caperucita Roja y Cenicienta, por poner solamente unos ejemplos sobradamente conocidos. El terror que inspira la escabrosa historia se ve reforzado por el hecho de estar basado en un siniestro personaje auténtico del siglo XV, Gilles de Laval, barón de Rais, quien también fue conocido –entre otras cosas, como veremos- por adornar su atuendo con una espesa y negra barba que parecía emitir destellos azules.

El singular y único Gilles de Rais, servidor de Juana de Arco

Antes de confesar más de doscientos asesinatos, perpetrados contra niños y jovencitos, varones en su gran mayoría, el barón de Rais fue un personaje largamente admirado por sus coetáneos y compañeros de armas. Su destreza y coraje en la batalla fue muy preciado en la dura época que le tocó vivir, envuelta en uno de los conflictos bélicos más sangrientos de la historia, la Guerra de los Cien Años.

Fue un incondicional de Jeanne d’Arc en su lucha contra ingleses y borgoñones (aliados franceses de aquellos) en el citado conflicto, una jovencita de clase humilde iluminada por el mismo Dios para coronar a Carlos VII y expulsar a los isleños de Francia y que terminaría en la hoguera acusada de hereje por sus enemigos en un juicio que pasó a la historia por su fraudulencia y desvergüenza. Fue este hecho el que pareció inclinar completamente a Gilles hacia sus pasiones e instintos más sangrientos.

Gilles de Rais, un Par de Francia en el retiro

Desde entonces, y siempre según sus propias confesiones -bajo tortura, todo hay que decirlo-, se refugió en sus distintas posesiones y empezó a capturar niños y jóvenes a los que infringía todo tipo de martirios de diversas maneras hasta la muerte, destino único posible para aquellos pobres desgraciados que caían en sus redes, unas veces mediante engaños, otras por la fuerza.

Es difícil explicar la complejísima personalidad de este héroe de guerra nacional, amante de las artes y profundamente creyente. De hecho, fue la amenaza de excomunión y no las torturas la que provocó su confesión, la cual sacudió al mundo medieval de una manera no conocida hasta la fecha, cosa significativa en unos tiempos asolados por la Guerra más larga que el mundo había conocido y en una Francia arrasada.

La caída de un monstruo

Rodeado de una corte rendida a sus crímenes y extravagancias, el fasto empezó a pasar factura y al cabo de unos años de Rais había consumido una extraordinaria fortuna, la más grande de toda Francia. Las continuas denuncias por parte de los habitantes más perjudicados de sus posesiones feudales llegaron a oídos del obispo de Nantes. Al tiempo, en un castillo que había pertenecido al barón, se encontraron decenas de cadáveres pertenecientes a jóvenes de entre 8 y 20 años.

Pasión por la sangre

Las declaraciones de de Rais no tienen desperdicio. Aunque las acusaciones oficiales fueron herejía, sodomía y asesinato, Gilles confesó sentir una atracción indomable hacia la sangre, que le excitaba sexualmente, y una fijación por la muerte, que le fascinaba.

Reconoció haber violado a jóvenes mientras los degollaba o destripaba sintiendo un inmenso placer que le hacía dormir durante largas horas después de convulsos orgasmos.

En el cadalso, al cual fue condenado, se arrepintió públicamente y pidió perdón a los familiares de los afectados

No cabe decir que Perrault se quedó bastante corto con su “Barba Azul”, a tenor de lo visto y oído en aquel sorprendente juicio de hace ya más de medio milenio.