El crímen de Puerto Hurraco fue el cenit de una larga historia de odios, rencores y venganzas enfermizas que se desarrollaron a lo largo de tres décadas entre dos familias: los Izquierdo, conocidos como los “Pataspelás”, y los Cabanillas o “Amadeos”. Nueve muertos y seis heridos graves fue el balance de la matanza acaecida en la noche del 26-08-1990.

El principio de la locura

La enemistad de las dos familias comenzó allá en los inicios de la década de los sesenta por una cuestión de lindes de unas fincas, enemistad que se transformaría en odio mortal cuando la historia de amor entre Luciana Izquierdo y Amadeo Cabanillas acabó con la muerte de éste acuchillado salvajemente por Jerónimo Izquierdo, el mayor de los hermanos, en enero de 1967.

Después de este trágico crimen llegaron las amenazas, los insultos, e incluso diversos apuñalamientos en varias reyertas. Pero por si esto no fuera suficiente leña para avivar aún más la candela, el 18 de octubre de 1984 muere Isabel Izquierdo, la madre, en un incendio intencionado cuya autoría nunca pudo ser desvelada por las autoridades. Sin embargo, los miembros de la familia Izquierdo pronto acusaron a los Cabanillas y, posiblemente, al mundo entero, creciendo su sed de venganza. Estaba a punto de escribirse uno de las páginas más terribles de la crónica de la España negra

La noche de la matanza.

Pasaban unos minutos de las diez de la noche del 26 de agosto de 1990 cuando dos hombres, Antonio y Emilio Izquierdo, se bajaron de un Land Rover, escondiéndose en las sombras de un callejón del centro del pueblo, a pocos metros de la calle Carrera, eje principal de Puerto Hurraco. Portaban cada uno una canana repleta de cartuchos y una escopeta del calibre 12. Las primeras víctimas que aparecieron a tiro fueron Antonia y Encarnación Cabanillas, dos niñas de la familia rival de 14 y 12 años respectivamente, que murieron en el acto.

El sonido de los disparos sembró la confusión entre los vecinos que paseaban tranquilamente disfrutando de las primeras horas de la noche. Manuel Cabanillas, de 57 años de edad, fue abatido cuando salió del bar para auxiliar a las niñas que yacían en el suelo entre un gran charco de sangre. Antonio Cabanillas, hijo de Manuel y de 25 años, recibió un disparo en la espalda: Poco tiempo después, Araceli Murillo moriría en el acto mientras tomaba el fresco sentada en una silla.

José Penco, de 43 años de edad, recogió a dos personas heridas por los primeros disparos y consiguió llevarlas en su vehículo hasta el centro asistencial del vecino Castuera. Al regresar a Puerto Hurraco a por nuevos heridos los hermanos Izquierdo le salieron al paso y, sin darle tiempo a bajarse del coche, le descerrajaron dos disparos que acabaron con su vida.

Ya sin ocultarse, los “Pataspelás” recorrieron la calle principal apuntando a puertas y ventanas indiscriminadamente. Manuel Benítez, su hermano Reinaldo y su cuñada Antonia Fernández lograron subirse a un coche con la intención de escapar del pueblo lo antes posible pero no les dio tiempo. Los Izquierdo les tirotearon sin piedad causando la muerte de los dos últimos y dejando malherido a Manuel.

Los vecinos que consiguieron escapar avisaron a la Guardia Civil de Monterrubio de la Serena que se personó en la localidad con una patrulla. Pero con el mismo modus operandi, los Izquierdo les dispararon hiriéndoles gravemente. Estas fueron sus dos últimas víctimas ya que a partir de este momento, minutos antes de las once de la noche, dieron por terminada su sangrienta cacería escapando a la cercana serranía. El balance resultó estremecedor: siete muertos en el acto y ocho heridos graves, dos de los cuales fallecerían al poco tiempo. Del resto, Guillermo Ojeda, de ocho años de edad, quedó hemipléjico ya que los disparos le alcanzaron en la cabeza. Antonio Cabanillas, herido en la espalda, resultaría imposibilitado en una silla de ruedas para el resto de su vida.

El final de sus vidas.

Inmediatamente, la Guardia Civil organizó una batida por el monte desplegando un impresionante operativo en el que participaron cerca de 200 agentes apoyados por vehículos todo terreno, helicópteros y perros adiestrados. Tras nueve horas de rastreo, Emilio Izquierdo fue detenido cuando estaba apostado junto a la casa de dos de sus víctimas, mientras que Antonio, alias “el Tuerto” fue acorralado en la sierra de la Lora. Los dos fueron conducidos a los calabozos del juzgado de Castuera. Sin embargo, la mayoría de los vecinos de Puerto Hurraco (Badajoz) afirmaron ante la Guardia Civil que las verdaderas inductoras del múltiple crimen habían sido sus dos hermanas: Ángela y Luciana. Desaparecieron de la comarca en cuanto se conocieron los acontecimientos, siendo detenidas cuatro días después en la estación de Atocha de Madrid. El informe psiquiátrico ordenado por el juez titular de Castuera, Casiano Rojas, aseguró que las hermanas y hermanos sufrían “trastornos mentales de tipo paranoico que pudieron desencadenar la matanza”.

Dos años después, Luciana y Ángela fueron exculpadas al no poderse encontrar pruebas concluyentes que demostrasen su participación en la masacre. Sin embargo, fueron ingresadas en el hospital psiquiátrico de Mérida donde fallecerían en enero y noviembre de 2005 respectivamente. Antonio y Emilio fueron condenados a 684 años de cárcel y recluidos en la prisión de Córdoba. En diciembre de 2006 fallecería por causas naturales Emilio mientras Antonio se suicidaría en abril de 2010.