En su obra “El examen escolar: siete temas de reflexión”, el pedagogo mexicano Ángel Díaz Barriga expone sus argumentos en torno al concepto de “evaluación educativa” en el ámbito académico.

El problema de la ambigüedad conceptual

La ambigüedad conceptual, sostiene el autor, subyace en el concepto de evaluación contemporáneo, ya que el mismo es empleado inicialmente para referirse a cuestiones de aprendizaje, pasando luego del rendimiento escolar a la evaluación educativa. En este sentido, ha presionado para que se conforme un ámbito disciplinar específico, mostrando, simultáneamente, un ámbito de la evaluación en crisis.

Por otra parte, manifiesta que el concepto de evaluación, como rendimiento escolar, ha tenido un significado fabril, reflejo de un conjunto de conceptos pregnados por lo social que han emergido en el campo de la educación en el siglo XX. Este sentido implícito se vincula a los principios científicos de la administración, entre los que la evaluación se define como control.

Por lo tanto, la definición moderna de “evaluación educativa” responde a la idea de control tanto hacia el estudiante como hacia el docente, el plan de estudios y la institución educativa. A partir de una aproximación a la historia del aprendizaje, el autor muestra como el examen no nace en la práctica educativa ni en la relación educativa, sino como un instrumento social, de vigilancia continua e ininterrumpida, en un sentido foulcaultiano.

Calificaciones, promoción y teoría del test

El examen contemporáneo aparece desligado del método, como la parte que otorga la promoción, con el riesgo de caer en el facilismo pedagógico. Las calificaciones poseen así un origen social, vinculado a la exigencia del Estado Nación de certificar los conocimientos adquiridos, en un contexto de sociedad disciplinaria, articulada por instituciones de control como la escuela. Ante este conjunto de problemas, el examen se ve imposibilitado de cumplir con el papel educativo.

Por otra parte, el siglo XX incorpora la teoría del test, y con ella la suposición de un aprendizaje como cambio de conducta, susceptible de ser medible y verificable, legitimando como naturales a las desigualdades sociales, es decir, funcionando desde una teoría política como instrumento de selección social.

Este pensamiento neoconservador se instala en América Latina desde los años 80. De este modo, la noción de evaluación aparece como más científica y neutra, sin dejar de recoger el sentido implícito de control de la administración científica del trabajo y la medición de la teoría del test.

¿Relaciones de aprendizaje o relaciones de poder?

A partir de este análisis, el autor sostiene cuatro afirmaciones básicas en relación al examen:

  1. Es falso el principio que implica que a mejor sistema de exámenes se da un mejor sistema de enseñanza.
  2. Toda noción de examen lleva implícita una de aprendizaje.
  3. El examen no puede ser justo ni objetivo.
  4. A través del examen se pervierte la relación pedagógica.
Así, este instrumento convierte en relaciones de poder las que deben ser relaciones de saber, los problemas sociales en problemas técnicos, reduciendo los problemas metodológicos a problemas de rendimiento.

La distinción entre evaluación y acreditación

La evaluación se concibe como interpretación de medidas, o bien como control, mientras que debería distinguirse de la acreditación. La evaluación tiene como objeto básico proporcionar los elementos para la comprensión de lo que sucede en el aula; se trata de un acto de conocimiento, de interrogación, de problematización.

En contraposición, la acreditación responde a una lógica institucional, no del aprendizaje, cubriendo un papel social y personal, valorando o devaluando al sujeto, produciendo un acto de alienación y de falsa identificación, fijando requisitos y actividades que hay que realizar para tener derecho a la promoción.

La redefinición de las prácticas de examen

Díaz Barriga presenta como alternativa un concepto de evaluación formativa, creado por Michael Scriven, diferenciándola del examen meramente final, proponiendo que la acreditación consista en una serie de tareas y trabajos desarrollados en el curso, ya que lo importante para el estudiante no es que pueda retener todo en su memoria, sino que pueda acceder, usar y elaborar la información: la asignación de la nota no refleja el aprendizaje.

Por lo tanto, nos encontramos ante la necesidad de redefinir las prácticas de examen. A partir de las ideas de Célestin Freinet, el autor postula la obligación de los docentes de experimentar continuamente, innovar, salir de la rutina, lo que implica necesariamente un cambio de método. Aquí cobran importancia experiencias alternativas como la autoevaluación y la acreditación grupal, entre otras.

Así, la “evaluación educativa” puede constituirse como una forma alternativa de verificar el grado de aprendizaje de los educandos, a partir de su capacidad de operar con los conceptos trabajados y de realizar un aprendizaje significativo.