El concepto de espacio vital (Lebensraum) no es una invención de Adolf Hitler o del Nazismo, sino del geógrafo alemán del siglo XIX, Friedrich Ratzel, que considerada que una nación podía sobrevivir cuando dispusiera del espacio suficiente para satisfacer sus propias necesidades, disputándolo, a través de la lucha, con otros estados. Esta idea sirvió para justificar, por ejemplo, la expansión colonial de países como Francia o el Reino Unido, o el avance de los Estados Unidos hacia el Océano Pacífico, desde la costa atlántica. Aunque, ya en el siglo XIX se estableció la importancia que podía tener la Europa del Este para Alemania. El espacio vital, por tanto, nace de la lucha entre las naciones, y la victoria conlleva el derecho a disfrutar del territorio que se necesita para poder subsistir. La mayoría de las fronteras en Europa, a lo largo de los siglos XIX y XX, se han trazado con la sangre de los pueblos.

La unificación de Alemania

Cuando en el siglo XIX se unificó Alemania, se intentó crear un estado en el que estuvieran integrados todos los territorios de habla alemana. Sin embargo, esto no fue posible debido, entre otras razones, a la existencia del plurinacional Imperio Austrohúngaro. Además del territorio alemán de Austria-Hungría, tampoco se integraron los cantones suizos germanoparlantes y otros territorios en los que los alemanes eran minoría. Prusia fue la gran dominadora de Alemania y fueron sus intereses los que prevalecieron en el proceso de unificación de Alemania. En Austria, sin embargo, había numerosos partidarios de la unificación con Alemania, y no debemos olvidar que Adolf Hitler nace en la austríaca ciudad fronteriza de Braunau am Inn. Alemania tuvo que conformarse con algunas colonias en África, (Tanganika, Camerún, Namibia) así como algunas islas en Oceanía. En Alemania este imperio colonial era considerado muy insatisfactorio, teniendo en cuenta el peso de Alemania en el seno de Europa. La derrota de la I Guerra Mundial se tradujo en la pérdida de todas las colonias africanas y de Oceanía, así como la considerable pérdida de territorio considerado alemán (Alsacia, Lorena, Silesia, Schleswig-Holstein, las ciudades de Danzig y Memel…). Estas pérdidas serán el origen del resentimiento alemán y de la obsesión por recuperarlas y ampliar el espacio vital de Alemania.

La guerra como consecuencia de la necesidad del espacio vital

La guerra es el resultado evidente de la teoría del espacio vital. Dentro de la política exterior agresiva de Adolf Hitler, hay una línea roja que, al traspasarla, lleva al mundo a la guerra. En la militarización de la Renania, la unión con Austria (Anschluss), o incluso la crisis de los Sudetes, se podría decir que lo que pretende Hitler es crear aquella gran Alemania que unifica los territorios de habla alemana. La invasión de Checoslovaquia, Polonia y la Unión Soviética tienen otro principio. En los primeros casos, Adolf Hitler está afianzando el territorio de Alemania; en los segundos, Alemania está aumentando su espacio vital, es decir, el territorio que Alemania necesita para existir como una gran potencia. De ahí que la guerra en Polonia, y especialmente en la Unión Soviética no siga las mismas reglas que en el frente occidental. En el frente oriental no sólo se vence al enemigo, sino que también se le extermina. De haber ganado la guerra, la cifra de 8 millones de asesinatos en los campos de concentración y de exterminio hubiera quedado ridiculizada con las decenas de millones de muertes que hubieran provocado a polacos, rusos, bielorrusos, ucranianos…

Espacio vital y racismo

Naturalmente la teoría del espacio vital va acompañada de la idea de la superioridad racial de Alemania, y por tanto de la existencia de unos derechos que sí tienen los alemanes, y que las razas inferiores como judíos, gitanos, eslavos… no tienen. A los judíos se les niega incluso la condición de seres humanos, mientras que los pueblos no arios serán utilizados como los servidores y esclavos de los amos alemanes en los territorios conquistados al Este. Los alemanes pobres tendrán como destino ser recolocados en estos territorios.

La idea de la igualdad entre los seres humanos es considerada absurda. El nazismo pretende sustituir la lucha de clases por la lucha racial. Adolf Hitler considera que la frontera entre Europa y las hordas asiáticas no se encuentra en los Urales, sino en la frontera entre el Reich y los pueblos del Este (la Unión Soviética tras el inicio de la II Guerra Mundial). De ahí el desprecio total a la vida de los ciudadanos rusos, así como a la capacidad militar, de quien, en definitiva, acabó derrotando al ejército alemán. De haber conseguido romper el cerco en Leningrado, y haber ocupado Stalingrado, los millones de ciudadanos de estas dos ciudades hubieran sido dejados morir de hambre: son seres inferiores y no merecen otro trato.

El concepto de espacio vital, unido a la concepción racial de la superioridad de la raza aria lleva a Europa a la peor de las pesadillas y a la mayor catástrofe de su historia. La crisis económica provocada por el crack del 29, que permite el acceso al poder de Adolf Hitler en 1933, es la prueba definitiva de la necesidad de crear una sociedad económicamente autosuficiente. La autarquía es el sueño del nazismo: no necesitar nada que no sea alemán para poder subsistir. Para ello necesita el espacio vital de la Europa del Este, así como alguna colonia tropical para conseguir aquellos productos que no pueden encontrarse o cultivarse en Europa.