Se cree que son muy pocas las personas que no tienen algo coleccionable, desde lo más simple o superficial, a lo de mayor complejidad o manifiesta necesidad. Objetos de toda clase, grandes y pequeños, son ordenados escrupulosamente por sus propietarios que cumplen bien el requisito de la propia definición de coleccionismo, empleando técnicas ancestrales o recientes, pero que, en todo caso, son muy eficaces para mostrar orgullosos el indudable fruto de su esfuerzo, paciencia y economía.

El coleccionismo en la infancia

Los niños, aún muy pequeños, tienen especial predisposición a reunir botones, canicas o sencillas piezas de sus juguetes preferidos; más tarde, comienzan a juntar cromos de cualquier tipo y de casi todos los del momento y ahí, ya aflora su espíritu coleccionista que defiende y amplía en el colegio; en sus bolsillos llevará esos cromos repetidos, los "repes" para el deseado intercambio con los de sus compañeros y amigos.

Muchas veces, a pesar de todo, el álbum va a quedar incompleto pero no así la creciente ilusión, nacida casi siempre de su imaginación infantil. El coleccionista, en ciernes, empezará a destacar con gran rapidez y, manteniendo su idea primitiva o modificando su preferencia, alguna que otra vez, siempre será defensor del orden y respeto en todo lo que le guste coleccionar.

Tiempo libre y coleccionismo

Aunque el arte de coleccionar no tiene edades ni horas, es lógico que una mayor disponibilidad de tiempo libre, incremente la extensión y valor de las colecciones con nuevas piezas, mejor colocación o recientes complementos que las embellezcan.

Al ser prácticamente ilimitado el número de cosas que pueden coleccionarse, cada interesado, acorde con sus aficiones y gustos, preparará un plan sistemático para iniciar y llevar a buen término su ilusionada empresa, bien empezando por la moneda que le regalaron, el sello de correos que tanto le gustó pegado en un sobre, el billete de banco impreso en magnífico papel inglés o la antigua tarjeta postal navideña deteriorada que encontró entre las páginas de un libro viejo. Todo vale y merece la respetuosa atención así como el valor añadido del que comienza una nueva labor.

Colecciones variadas: Del entretenimiento al negocio

El pintor Honorato Daumier en su cuadro El coleccionista de aguafuertes, precisamente de la colección Viau de París, expresa con agradable sencillez la armonía que existe entre lo simple y lo valioso. Cuántas colecciones iniciadas por afición terminaron en extraordinarios negocios. Pinturas que apenas permitían vivir a sus autores alcanzaron, al poco tiempo, la admiración y cotización propias de un Vela Zanetti con los estupendos óleos y deslumbrantes murales de su destacada producción.

En cambio, el conocido locutor radiofónico Luis del Olmo, dispone de una amplia y curiosa colección de aparatos de radio, de la que orgullosamente ha hablado en diversas ocasiones, fruto de su amor al medio de comunicación que es su medio de vida. Es comprensible que, aún de gran valía, no quiera desprenderse de ella; su valor sentimental está muy por encima de la más favorable tasación económica que le puedan ofrecer. Y para que todos la puedan admirar creó el Museo de la Radio en su tierra natal, Ponferrada.

Cualquier cosa puede coleccionarse

Siempre que se reúnen cosas de una misma clase, ya se tendrá una colección. Tal sencillez, consigue que nada llame la atención cuando se hable de coleccionistas de chapas de cervezas o refrescos, algo muy extendido como actividades escolares; múltiples colecciones de discos o de juegos de las videoconsolas PSP y Nintendo, en sus diversos modelos que hacen las delicias de niños y adultos; pólizas de seguros que, a pesar de la poca simpatía que inspira el tamaño pequeño de su letra impresa, forman atractivas y variopintas colecciones, apreciadas en especial por los profesionales del sector; muñecas de marcas reconocidas, desde la cotizada Mariquita Pérez a la tenebrosa Monster, pasando por la preciosa Nancy y la admirada Barbie con su extensa colección de vestidos y complementos. Todas ellas, entusiasmando en distintas épocas a lo largo de cuatro generaciones, confirma sobradamente la fidelidad y valía de sus usuarios o coleccionistas.

Colecciones imposibles, pero existentes

En uno de sus muchos ensayos literarios, Sigmund Freud afirma que "las ilusiones nos son gratas porque nos ahorran sentimientos displacientes y nos dejan, en cambio, gozar de satisfacciones". Tantas veces se han recreado situaciones cariñosas que nos hubiera gustado vivir o simplemente llegar a pensar momentos inalcanzables en determinadas circunstancias que, sin duda, han ido formando un cúmulo de felicidad, tal vez ficticia, pero gratamente satisfactoria.

¿Por qué no pueden enmarcarse como deliciosas colecciones si unas acompañan a otras en agradable continuidad?

¿Por qué no guardar con el mayor cariño los besos dados si tan bien acogidos fueron?

Si las ilusiones forjadas a lo largo de nuestra vida se mantienen vivas durante un espacio de tiempo, seamos consecuentes y, mientras permanezcan, defendamos ser coleccionistas de nuestra aparente realidad, de nuestros más recónditos sentimientos y de nuestra anhelada felicidad.