Pese a consistir de tan sólo ocho títulos, la filmografía de Julio Medem se revela clave para entender el cine español contemporáneo, tanto por lo innovador de sus insólitos largometrajes como por la consideración internacional que posee. Sin embargo, el cine del donostiarra ha gozado siempre de una irregular aceptación en nuestro país. Su espíritu inconformista se revela más propio del cine de autor europeo que del habitual conservadurismo formal patrio.

Digno heredero de directores como Iván Zulueta o Víctor Erice

Licenciado en Medicina, especialista en psiquiatría, Medem se inició en el cerrado panorama del cine nacional llevado por la pasión que en él despertaban las posibilidades expresivas del celuloide. Tras varios cortometrajes arriesgados y años de lucha consigue llevar a la gran pantalla el arriesgado guión de su primer largo, Vacas, en 1992, que a la postre le valdría el Goya a la mejor dirección novel.

Con esta poética historia rural ambientada en el País Vasco, nuestro cine recupera el espíritu fresco y valiente de directores como Iván Zulueta o Víctor Erice, auténticos outsiders de los que Medem es directo heredero.

"Cine total" que ha llegado a admirar a Stanley Kubrick

Se inicia así la filmografía de uno de esos escasos cineastas españoles que, a fuerza de erigirse en auténticos "raras avis", consiguen hacer avanzar el lenguaje cinematográfico. Son realizadores que se caracterizan por proponer un "cine total" que, más allá de modas y tendencias, explota todos y cada uno de los recursos del séptimo arte para exponer universos extremadamente personales pero sugestivos.

Una estirpe de auténticos artistas. Llevados por un afán de perfeccionismo e investigación expresiva, su línea creativa les emparenta con maestros tan esenciales como Stanley Kubrick. Precisamente el genio neoyorkino se declararía ferviente admirador del segundo trabajo de Medem, La ardilla roja (1993).

Simbolismo y "realismo mágico"

En concreto, el universo personal del donostiarra, aun así inclasificable, bascula entre los complejos y atípicos polos del simbolismo y el "realismo mágico".

Por un lado, los símbolos son el leit motiv sobre el que se articula toda su estructura narrativa. Medem elabora así historias abiertas, llenas de sugerencias y susceptibles de infinitas lecturas. Muchos de sus símbolos son arquetipos de la psicología, como el faro fálico de Lucia y el sexo.

Otros poseen una dimensión mucho más atávica, como es el caso del círculo en Los amantes del círculo polar. Especial importancia poseen en su cine los animales, un auténtico bestiario pagano que dota a sus filmes de un enfoque irracional y vitalista, algo evidente en títulos como Vacas o La ardilla roja.

Por otra parte, su "realismo mágico" se basa en una concepción de la realidad llena de lirismo. Medem no duda en introducir mediante el montaje, la música y la fotografía una "superrealidad" poética en la que todos los recursos son válidos. Se enfatiza lo sensorial y los elementos fantásticos o extraños pueblan sus imágenes. En ellas hay un claro afán de crear un cine alejado de lo racional, emparentado directamente con el sentimiento. Una magia que potencia la maravillosa música de Alberto Iglesias, su colaborador habitual.

Una fuerte dimensión psicológica

Conectando con el simbolismo, el conjunto está marcado por una fuerte dimensión psicológica que procede de su pasión por la psiquiatría. El resultado se llena así de complejidad, de introspección y de ambigüedad. Es sintomático el uso de recursos como la amnesia (La ardilla roja), el desdoblamiento (Tierra), la confusión de la realidad (Lucía y el sexo), la regresión (Caótica Ana)...

Tampoco es casual la importancia que el sexo adquiere en sus películas, con especial importancia del elemento femenino. Aunque su enfoque es predominantemente romántico, el donostiarra no desdeña la dimensión primaria de la libido de sus personajes, tan arrastrados por sus estados mentales como por sus pasiones. En todo ello es básica la contribución de los actores, puesto que su carnalidad es la base de su cine esencialmente antropocentrista.

Cine innovador y controvertido

Con todas estas premisas no es de extrañar que la filmografía de Julio Medem haya gozado de un éxito irregular y de mucha controversia, puesto que su base inconformista no le hace precisamente apta para públicos masivos.

Su debut en 1992 con Vacas fue más un éxito crítico que público. Otro tanto se podría decir de la claustrofóbica e insólita La ardilla roja (1993), con su musa Emma Suárez y su actor fetiche Nancho Novo, que sin embargo le abriría el mercado internacional, hasta el punto de ser tentado por Spielberg. Tierra (1996), su película más simbólica, se convertiría en la piedra angular de su cine, puesto que recoge todos sus arquetipos y obsesiones principales. El personaje del bipolar Ángel, interpretado por un inmenso Carmelo Gómez, es ya un mito del cine español.

Los amantes del círculo polar (1998) amplía cotas de complejidad y de prestigio, una hermosa historia ambientada en Finlandia sobre los procesos cíclicos del azar, protagonizada por unos impecables Nawja Nimri y Fele Martínez. Polémica en lo temático (por sus escenas de sexo explícito) y en lo formal (por su transgresora fotografía en HD), sería Lucía y el sexo (2001), que encumbró el talento de la sensual Paz Vega. Mucho más controvertido sería el valiente documental La pelota vasca. La piel contra la piedra (2003), sobre el tema tabú del terrorismo vasco, que levantó un enorme revuelo político en su momento.

La filmografía de Medem se ocupa de contar

Con sus dos últimas películas, público y crítica se suman en su incomprensión hacia la visión de Medem. Caótica Ana (2007) explora en la forma, hasta límites casi experimentales, el insólito tema del matriarcado, mientras que Habitación en Roma (2009), remake de la chilena En la cama, reduce la expresión al canon de la tragedia griega para centrarse en la carnalidad de sus dos protagonistas femeninas: Elena Anaya y Natasha Yarovenko.

Una filmografía que, en palabras del propio Medem, "se ocupa de contar".