En los años cincuenta y sesenta ocurriría en España, en el mundo del cine, un fenómeno de interés. Un pequeño desembarco cinematográfico italiano en la culturalmente árida España franquista iba a dar lugar a una interesante pareja de hecho entre las dos cinematografías, que iba a durar un tiempo.

Marco Ferreri, que más tarde sería considerado uno de los grandes directores italianos, iba a rodar sus primeras tres películas en España: El pisito (1958), Los chicos (1959) y El cochecito (1960). En esas obras empieza a verse la fisonomía característica del "matrimonio" hispano-italiano. Al instinto hispano de la comedia y la farsa (a veces grotesca) se le une el bagaje “neorrealístico” de los transalpinos, aquella voluntad de fotocopiar una realidad material hundida, el mundo devastado o en reconstrucción de la postguerra. El espíritu de Roberto Rosellini o de De Sica.

El Verdugo (1963), de Luis García Berlanga

Y las joyas que la inoculación italiana dio a nuestro cine fueron sucediéndose en aquellos años. La farsa española y el trasfondo de denuncia de los italianos iban a dar unas maravillosas comedias negras, un hito de originalidad en el cine europeo. La mejor de esas comedias siniestras iba a ser sin duda El Verdugo, de Berlanga, con Nino Manfredi en el papel principal. Una obra maestra donde restallan el ingenio, la negra ironía, la risa amarga.

Momentos inolvidables, en El Verdugo hay unos cuantos: el personaje de Nino Manfredi, arrastrado por la Guardia Civil para que haga el favor de cumplir con su tarea de verdugo, entre gritos enloquecidos de éste, como si el condenado fuera él, mientras por su parte el reo camina hacia el garrote con aparente dignidad; la Guardia Civil reclamando a Manfredi con un altavoz en medio de un onírico teatro musical, casi felliniano, lleno de turistas y domingueros; o cuando José Isbert, tras cuarenta años en la profesion de verdugo de garrote, le calcula con rápido golpe de ojo el número de cuello de camisa a su yerno (Manfredi).

El pisito (1958), de Marco Ferreri

En El pisito (1958), de Ferreri, con guion del magnífico Rafael Azcona, José Luis López Vázquez (Rodolfo) vuelve a regalarnos otra de sus interpretaciones genialmente antropológicas. De nuevo encarnando como nadie al español medio de la plomiza y kafkiana epoca franquista, ese insecto economico atrapado en un sistema social y laboral blindado, y aplastado por una jerarquia triste y opresiva. Pero que a pesar de todo no olvida su condición de ser humano, y sueña, al menos sueña, con llevar algún dia lo que podemos llamar una vida. En El pisito, Rodolfo hará todo lo posible por hacerse con algo que, entonces como ahora, era un lujo en España: disponer de un espacio digno y privado en el cual vivir y desarrollarse como persona, sin ser por ello económicamente esquilmado.

A Rodolfo y a su prometida Petrita (Mary Carrillo), se les van los años. Llevan doce de prometidos y no consiguen pisito ni de coña. Al final, la desesperación empuja a Rodolfo hacia un proyecto delirante: casarse con la anciana Doña Martina, que está a punto de palmarla, para poder así "heredar" el alquiler del piso. Sí, un pisito frente a la Gran Via madrileña, con cuatro habitaciones y buenas vistas, es la tierra prometida, el paraíso terrenal, y para alcanzarlo hay que hacer cualquier sacrificio, atravesar cualquier penalidad. Como Moises y los israelitas, vamos.

En medio de las situaciones más cómicas, la película destila una gran amargura. Como cuando Rodolfo y Petrita durante una celebración por el cumpleaños de esta (y es que a veces celebramos lo que nos produce horror), se deciden a ponerse en pie y lanzarse a la pista de baile. La mirada perdida de Petrita en medio de las parejas danzantes es de lo más desolador que se haya visto nunca en la pantalla de un portátil.

El spaguetti western

Más avanzada la década de 1960, la unión hispano-italiana daría aún otro fruto: el Spaguetti western, aquellos cuentos de terror ambientados en las Rocosas, de directores como el gran Sergio Leone. El western hispano-italiano no tenía nada que ver con el épico de los norteamericanos. Aquel era crepuscular, casi gótico, como dijo en su dia un crítico de la revista Dirigido por, tremendamente degradado desde el punto de vista humano.

El etiquetado por los americanos spaguetti western (etiqueta que no le gustaba a Leone) supuso una mirada original y muy personal de la Europa del sur sobre un tema radicalmente yankie. Y sin duda, algo más cercano a la auténtica realidad de la colonización del Oeste y su mundo a veces sin ley, que las moralmente estilizadas películas estadounidenses, no por ello menos grandiosas.