Tras la batalla de Lepanto en 1571 Venecia alcanza su más grande apogeo, pero, posteriormente, durante el siglo XVIII la ciudad adormecerá en medio de su opulencia y quedará vencida por los ejércitos de Napoleón ante unos habitantes que se abandonaron a los placeres del carnaval, una fiesta en la que según W. Benjamin “la exageración es necesaria, sólo que a los necios les parece verosímil y a los distraídos notable”.

La Venecia de la Edad Media con sus industrias y comercios

Ya existen referencias de la existencia del carnaval en el siglo XI cuando Venecia comenzaba a ser una potencia marítima, pero esta festividad no fue declarada oficial hasta dos siglos más tarde.

Esta ciudad se convirtió desde finales del siglo XIII en una república aristocrática donde se desarrollaron el comercio y unas florecientes industrias de encajes, tapices, mosaicos y cristalerías.

Durante el siglo XVI, con la victoria de la gran batalla de Lepanto, Venecia alcanza una supremacía incuestionable convirtiéndose en la ciudad más bella del mundo. Pero es en este momento, en el que la nación llega a su máximo apogeo y comienza el festín, cuando se inicia esa misteriosa fatalidad que la lleva a la decadencia.

Venecia en el siglo XVIII con su decadencia militar y marítima

Durante este siglo, el comercio abandona al Adriático para franquear el cabo de Buena Esperanza. La República pierde entonces su importancia comercial, pero seguía glorificándose con su lujo y esplendor. Pese a su declive militar y marítimo, la existencia de la vida era frívola pensándose que esta situación duraría para siempre.

En esta época, Venecia se abandona a la búsqueda del placer. Durante todo el año se ofrecían toda clase de diversiones siendo la más célebre la del carnaval capaz de atraer a numerosos extranjeros.

El carnaval en la Venecia del siglo XVIII

Durante los siglos XVII y XVIII la ciudad de Venecia se convirtió en la ciudad de los placeres donde acudían los desocupados, pródigos y ociosos con un carnaval que alcanzó su máximo apogeo durante el XVIII.

Este carnaval empezaba en Navidad y no tenía nada que ver con la idea que nos podríamos hacer en la actualidad. Este carnaval distaba mucho de los brillantes trajes y las ruidosas alegrías. Los habitantes de Venecia portaban en sus carnavales unas máscaras que resultaban graves y silenciosas, unas máscaras blancas que los venecianos llevaban durante la mitad del año, tanto en el carnaval como en las fiestas de San Marcos, en los meses de octubre y noviembre, durante la feria de la Asunción, en días festivos y ocasiones extraordinarias.

Esta máscaras andaban silenciosas por la ciudad y una hora antes de ponerse el sol, la multitud se congregaba en la Plaza de San Marcos donde se tramaban intrigas de todo clase.

De entre los placeres más buscados por los venecianos, se encuentran los ridotti, pequeños cuartos donde la nobleza abría sus casas de juego. Otros atractivos del carnaval fueron los teatros, los festini o bailes públicos, los teatros de marionetas con sus principales personajes Pantalón y Polichinela, las bailarinas de vestidos elegantes y coquetos, los paseos a través de la ciudad, las malvoisies o tiendas donde se despachaba vino y el fresco o paseo en góndola.

Una vida así, terminó por corromper a la nación, con unos patricios y ciudadanos que sólo pensaban en divertirse y donde el patriotismo formaba parte del pasado. Las costumbres se relajaron y el sentimiento cristiano se debilitó.

En 1793 el general Baraguay-d’Hilliers desembarcó, con tres mil hombres, en las lagunas de Venecia. La República de San Marcos dejó de existir, el carnaval quedó prohibido por Napoleón Bonaparte ante el temor a las revueltas y no fue restablecido hasta el año 1979 de forma oficial.

La República de Venecia en su aparente riqueza exterior fue víctima de la despreocupación de sus ciudadanos que llevaron a la nación a la decrepitud y debilidad.

En la actualidad y con la invasión de los turistas la festividad ha quedado recuperada en unos escenarios arquitectónicos donde, aunque se hayan añadido otros colores a los trajes, predominan esas vestimentas del año 1700 y las maschera nobile, caretas blancas con ropajes de seda negra y sombrero de tres puntas vestigios de sus años de esplendor.