El carácter turístico y lúdico que ha adquirido en los últimos años el camino de Santiago, al mismo tiempo que ha atraído a gran cantidad de personas, como una alternativa para pasar las vacaciones; también ha retraído a otro colectivo, que siente la necesidad de realizar un peregrinaje puro, en busca de un reencuentro con su identidad, a través de una experiencia que se ha mantenido en el tiempo, y que tantas miles de personas han emprendido.

Inicio y entorno del camino primitivo

Para este colectivo en busca de un viaje iniciativo, que le lleve a crecer como persona, existe la ruta o camino primitivo; mucho menos concurrido que el camino francés; pero que aglutina toda la esencia de una vivencia irrepetible.

El camino primitivo, parte de la catedral de Oviedo, para concluir ante la catedral de Santiago de Compostela. Se tratan de aproximadamente 315 kilómetros, con un inicio absolutamente emocionante, ilusionante y magnífico.

La salida de la ciudad de Oviedo, y el contraste inmediato de la urbe con un entorno natural absolutamente excepcional, ilusiona al peregrino. Todo se une en pocos minutos: la ilusión inicial; la emoción por emprender un camino milenario recorrido por tantas personas; paisajes bellísimos repletos a cada instante de estampas inigualables y llenas de vida y naturaleza; y cómo no, los primeros encuentros con otros peregrinos, que serán compañeros de viaje y de penurias físicas inevitables del caminar diario.

Una vez que pasa esa avalancha de emociones, el entorno, la tranquilidad y el esfuerzo hacen que todo lo anterior pase a un segundo plano, y el peregrino puede entrar a fondo en sus pensamientos personales, reflexionando con perspectiva y distancia sobre su vida.

Diferencias del camino primitivo frente al camino francés

Una de las diferencias más apreciables son los albergues; en el camino primitivo predomina la austeridad, la gratitud y las limitadas plazas que invitan a la solidaridad entre peregrinos; nada que ver con los albergues del camino francés, que más bien parecen enormes hostales comunes, con colas para la entrada, y donde las personas se amontonan.

La acogida difiere completamente, se trata de agradecer el refugio; de ser consciente de lo diminutos que somos, y de reavivar cualidades como la humildad y sencillez; no de coger un número y pasar a un camastro rodeado de turistas ávidos de emociones y de recopilar el mayor número de fotos, para dar sentido a su viaje.

Otra diferencia considerable, es la dureza del camino primitivo, con etapas que exigen el sacrificio con senderos casi por formar, subidas y bajadas de gran pendiente sobre caminos repletos de piedras, que unido a la deficiente señalización, hacen el peregrinaje más penoso, y a la vez más gratificante en el momento de superar las diferentes etapas; con especial dificultad, la etapa que parte desde Pola de Allande y termina en Mesa, que si se enlaza con la siguiente con llegada en Grandas de Salime, hacen tambalearse al incauto peregrino y dudar de terminar la experiencia con éxito.

Los caminos se unen hasta la llegada a Santiago de Compostela

Tras pasar la ciudad de Lugo, donde salen al encuentro las autovías y grandes carreteras, llega la unión con el camino francés y la gran decepción al comprobar las tremendas diferencias entre ambos caminos.

La aparición de mochileros, con apenas una bolsita a cuestas para cumplir con los últimos 100 kilómetros y conseguir su objetivo, contrasta con el sufrimiento acumulado del peregrino que lleva a cuestas su gran mochila y 200 kilómetros a cuestas.

En definitiva, dos maneras de emprender el camino, con el mismo final; pero que para unos será un pasatiempo, y para otros supondrá un crecimiento personal difícil de olvidar.