En Los Arcos hay patio, vespertino sol otoñal y viento: ideal para tender. El mañoso, que se declara mártir de su familia por ser sólo camarero, prepara de la nada unas lentejas gloriosas. El independentista dulcificado toca la guitarra. Todo el albergue canta. El director, alto, rubio, arquetipo de sargento SS, se comporta como tal. Cada uno tiene sus ideas, pero nadie está por el catolicismo funcionarial. Las diez es demasiado temprano para dormir. La luz eléctrica no puede costar más que las velas medievales, rumiamos enfadados.

Logroño

Joseantonio, ejecutivo madrileño de amante y BMW que lo ha dejado todo, pregunta: “¿Pide?” Hallazgo maravilloso: en La Rioja el vino de mesa nunca pide gaseosa. Entramos cantando en el albergue abarrotado, que nos recibe con ovación cerrada. “El samurai”, uno que no habla con nadie y camina con un hatillo por mochila y un tronco de berza por bastón –se debate si en misión asesina–, quita a otro la litera. Será la única mala acción del Camino.

En las afueras espera Marcelino, leyenda jacobea. Bajo, fornido, luengos cabellos y barba, semeja un patriarca bíblico. Regala uvas, peras y... ¡varas! Trueco mi rama torcida. Escrito en un cartón, “GRATIS PARA PEREGRINOS”.

Una de las hermanas malabaristas canarias va muy mal de los pies por bajar imprudentemente el Erro en chanclas playeras. Dos horas de repechos después, reaparece Marcelino. La ha llevado 6 Km en volandas, tras lo cual regresa tan campante para hacer la comida. Insistiendo, acepta antes un refresco.

En el albergue la canaria quita los calcetines. La visión sobrecoge: un amasijo de carne viva, muy roja. Imposible que pueda continuar. Al desayuno nos cuentan que mientras dormíamos apareció alguien apodado “El Brujo”, que pasó largo tiempo tratando lo que fueron unos pies. Un día después la chica camina. Cuesta no creer en milagros.

Nájera

Por aquí Pedro el Cruel, o el Justiciero según otros, venció en batalla al usurpador, posteriormente rey de Castilla, Enrique de Trastámara. En la Torre de Londres la corona imperial luce el famoso rubí que Pedro entregó al Príncipe Negro de Inglaterra por su apoyo en tal ocasión. Frustrante, el monasterio de Santa María la Real está cerrado por rehabilitación.

Los bicicleteros pasan zumbando. Hacen los 750 Km en 10 días, al precio de perdérselo todo. A caballo hay pocos peregrinos; requiere mucha logística y dinero. El mejor sistema es a pie, para poder ver, oír y hablar. La velocidad no ayuda en términos jacobeos.

Visitamos el espectacular monasterio de Yuso en San Millán de la Cogolla. Por suerte, la bienintencionada pero desastrosa desamortización de Mendizábal no acabó con nuestro patrimonio cultural. Sobre una losa se hallan reproducidas las primeras palabras en castellano (Glosas Emilianenses). Frente a mí, el folio 72r del códice 60, mi auténtico carnet de identidad, expedido hace mil años.

Santo Domingo de la Calzada

La sex-symbol del Camino se llama Silvie. Francesa, encantadora, rubia, con trenzas infantiles. Su edad genera mucha especulación. De lejos, 20; de cerca, 50, incluso 60. Perversamente ingenua, camina con neopreno ajustado arriba y vaquero ultrarrecortado abajo. Tomando un café, un señor con boina la escruta sin ambages y al rato le pide formalmente matrimonio para su hijo. Tienen casas y tierras y no le va a faltar de nada. Silvie opina que los españoles son... pintorescos.

Se adjuntan Félix, farmacéutico murciano de nariz cartaginesa (“el fenicio”), melómano indesmayable –transporta voluminoso reproductor más discografía–, y Antonio, extremeño con pelo, perilla y bigote cortados por el barbero de Don Juan Tenorio. Félix tiene medicamentos para todo y Antonio razonamientos jeroglíficos. Alegran el día.

Los pies de muchos ofrecen un espectáculo colorista tipo fiesta china. Las ampollas se atraviesan con una aguja, con orificio de entrada y salida en el que se deja un hilo para drenar el líquido sin perder la piel. Con muchas vejigas, el pie parece la cabeza de un dragón con una crin multicolor detrás.

Silvie y su amiga Françoise se alargan con la charla y, llegado el momento de desvestirse, captan que treinta pares de ojos traviesos –casi todos masculinos– las observan. Alguien entona el “tarara tarara” de las canciones de strip-tease. Ellas pulsan el interruptor y la sala queda a oscuras. Inmediatamente se enciende una constelación de linternas, bolígrafos láser y mecheros que dan una luz mucho más profesional a la situación. Las francesas se refugian en un providencial hueco oscuro que descubren en la pared. Una estruendosa carcajada colectiva sacude la sala. Todos nos dormimos esa noche con una expresión risueña en la cara.

Belorado

Insomne, sábado noche todavía, abandono el albergue. No encuentro las conchas amarillas y deambulo, perdido, por el pueblo. Un tipo me hace una propuesta homosexual sumamente guarra; con el look de peregrino que llevo no concibo despertar interés alguno, salvo para un apasionado de los disfraces.

Una pandilla de chavales ebrios me da la lata; cuando zafo me llaman pringao y gritan que voy en dirección contraria. Tardo en descubrir que tienen razón. Al fin consigo ubicarme. Respiro aliviado y tomo una senda. Una oportuna voz en inglés me grita que nuevamente me equivoco. Hay días nefastos. Suerte que el milagro diario no falla. Entramos en Castilla.

Burgos

Sabiamente, puenteamos en autobús el arrabal industrial y ganamos tiempo para dedicarlo a la preciosa catedral. Se acuerda formalmente una noche de juerga. El coste, sabido es, dormir al raso. El frío aniquila. Alguien, no se sabe porqué, abre una ventana del albergue. Uno de nosotros se cuela y abre al resto. Más milagros.

En el larguísimo y desolado tramo final hasta Hontanas el peregrino toma contacto con la soledad. Uno se pregunta cómo llegarían allí sus predecesores, sin capa impermeable, botas de Goretex, reservas de agua y alimento... Ya no me extraño de los innumerables cementerios que jalonan el Camino. Moría más del 50%. Al partir se despedían de familiares y amigos y hacían testamento. Lo más frecuente era no regresar. Diviso el pueblo como un náufrago la tierra firme.