El paisaje cambia. De los verdes valles navarros y la lozana campiña riojana se pasa a la inabarcable, frecuentemente monocroma, planicie castellana. Etapas largas para ensimismarse o disfrutar de compañías antiguas y nuevas. Un día el peregrino descubre que los otros son sus hermanos. Puede dirigirse a quien desee y será recibido con una sonrisa. Puede pedir y se le dará. Para los creyentes es la verdadera comunidad de Cristo en movimiento; para los demás, la prueba de que es posible un mundo mejor.

En una cuneta, un ejecutivo suizo al que no veré más me cuenta que el estrés lo aniquila. Dispone de pocos días. Hago el cálculo y, estupefacto, me sale una media de 45 Km/día. El hombre se echa a llorar. Lo consuelo lo mejor que puedo. Se disculpa por la prisa, tiende la mano y sale disparado.

Viejas ruinas atestiguan continuamente la pujanza de la ruta. Monasterios, conventos, hospederías, hospitales, órdenes religiosas especializadas en determinadas enfermedades, órdenes militares que velan por la seguridad del caminante... una infraestructura apenas concebible un milenio atrás.

Silvie relata que un conocido escritor pseudojacobeo con nombre de conejo y disfraz de místico intentó una vez beneficiarse a una chica y, viéndolo mal, recurrió al elegante expediente de preguntar: “¿Sabes cuánto dinero gano al día?”. El sufismo, se ve, es compatible con el sexo mercenario. La chica es la hermana de Silvie.

Dejamos atrás Castrojeriz por una cuesta tan empinada que parece llevar a la estratosfera. Más joven, Óscar se rezaga para que no la suba solo. Después de comer siempre cuesta más; aquel día resulta demoledor. Mi mochila, que pesa los 8 kilos preceptivos, hoy transporta puro plomo. Las botas no reciben suficiente tracción, ni los pulmones aire. Noto regueros de sudor surcando mi espalda.

Frómista

El Canal de Castilla humedece el ambiente. Alegra ver una línea de líquido cruzar el inmenso secano. Me planto ante la sencilla, coquetísima iglesia románica de San Martín. Allí está la pareja de Texas que viaja con su nieto adolescente. El abuelo señala los arcos, el ábside, todas las formas, y explica. El chaval, callado, concentrado, absorbe como una esponja. Aquel muchacho, pienso, cuando vuelva a Houston arrasará en arte, y contará que sus abuelos lo llevaron a lugares remotos apenas más hollados por pies americanos que la superficie de la Luna.

Por evitar la aburrida senda paralela a la carretera tomamos gallardamente la antigua Vía Trajana. Llueve sin cesar, sin cobijo posible. Gruesas piedras destrozan los pies. La pista no acaba nunca. Según los mapas el albergue de Calzadilla debería estar allí, pero no está. No entendemos nada. Joseantonio, más entero, desaparece por la izquierda. Al poco, un grito. Lo ha encontrado, oculto en una hondonada. Descender acaba de machacarte. Prácticamente saqueamos la tienda. La cocina, bien equipada, se presta a una opípara cena comunal, licor de hierbas incluido. El paraíso, a veces, está muy cerca.

León

No me canso de mirar la catedral, la más francesa, la más bella de todas. En el Barrio Húmedo hacemos justicia a los placeres del paladar. El médico pregunta a un compañero cuándo descansamos. Nunca. El facultativo dice que estamos locos. Qué maravillosa locura.

Al día siguiente me siento mal. Joseantonio renuncia a la etapa por acompañarme en taxi al albergue de San Miguel. Allí, Samuel, cocinero veinteañero, comparte su historia y delicados espaguetis. El padre, eminente médico cordobés del Opus Dei, maneja la familia como una secta. Bronca constante por proteger los hermanos menores del lavado de cerebro. Al final huye de casa, encuentra trabajo en Israel. Él ha escapado; su mente no. Le proponemos directamente que piense más en chicas y menos en religión. Algunos padres merecen lo mismo que dan: cárcel.

Lluvia y viento golpean sin piedad ascendiendo el Monte Irago. La capa se rasga, encharcándome.

Manjarín

Los templarios han improvisado, en el pueblo abandonado, un refugio. Carecen de todo, pero ofrecen generosamente lo que tienen: techo, macarrones y buena conversación. Orinar de noche bajo el vendaval es deporte de riesgo.

A la mañana aparece Tomás, otra leyenda jacobea. Pone el uniforme, cruz roja sobre fondo blanco y, sujetando la espada ceremonial, pronuncia conmovedoras palabras de bendición a los peregrinos, agarrados en corro de las manos. Me pregunto qué les pasará por la cabeza. Son australianos.

Molinaseca

Primorosa arquitectura norteña de piedra y pizarra. Una mujer tan atractiva que duele mirarla nos acompaña de vinos. Un patán bebido destroza el momento. ¿Por qué la Divina Providencia, habitualmente tan operativa, no lo fulmina? Tenía un lunar junto a la boca. El “qué habría pasado si...” me perseguirá siempre.

Pasada Villafranca, diluviando, la entrada en Galicia tiene lugar más por agua que por tierra. En el refugio de Ruitelan un competente hospitalero y masajista recoloca los músculos de la pantorrilla, exiliados en los tobillos hace tiempo. Es como estrenar piernas. Subo el Cebreiro como una centella. En lo alto, la belleza me sobrecoge. Pardo, marrón, verde, amarillo, rojo... toda la paleta otoñal. Jamás había visto tan hermosa mi tierra. En el pueblo, una tortilla industrial para turigrinos –los que miden el kilometraje mínimo para recibir la compostelana y enseñarla a las amistades– rompe el hechizo y me avergüenza.

En Melide degustamos pulpo á feira que sí mantiene la dignidad étnico-culinaria. Lamentablemente, un aguardiente huérfano nos retiene en la mesa casi hasta el anochecer. En un bar de carretera nos dicen que el trayecto es largo, sinuoso, imposible explicarlo de noche. Ante la magnitud del desafío, reforzamos el GPS natural con cubalibres. Nos adentramos totalmente a oscuras en montes plagados de bifurcaciones. Llegamos al albergue a la primera, sin una vuelta de más. Es el último milagro.

En Santiago, abren la Puerta Santa para nosotros. El arzobispo oficia con calidez, y una monja con buena voz nos canta. No sé por qué, no consigo dejar de llorar. Si ha sido un paseíto de nada...

Buen camino, hermanos peregrinos.