Por efecto de los ácidos, el cuerpo de Eva Duarte queda reducido al tamaño de una muñeca grande: un metro veinticinco. El trabajo de embalsamamiento realizado por el anatomista español Pedro Ara, no tuvo fisuras.
Él mismo la exhibe vestida con túnica blanca en una caja de cristal, similar a las que se usan en las iglesias para guardar a los santos, y la suspende con cables invisibles del techo del laboratorio que el viudo le había montado en el segundo piso del edificio de la Confederación General del Trabajo (CGT).
Los militares golpistas querían el cadáver
La "revolución libertadora" de 1955, fue en realidad un golpe de Estado que destituyó al gobierno constitucional de Juan D. Perón. A partir de esta asonada y ya con Perón en el exilio, se decreta la ley marcial, se prohíbe toda manifestación a favor del régimen depuesto, además de perseguir y fusilar clandestinamente a civiles y militares que habían simpatizado con el peronismo. Este hecho marcaría también, el comienzo del vía crucis para el cadáver de Evita.
Si en vida, esta mujer había representado para los sectores más pudientes de la sociedad un símbolo obsceno de la barbarie (por su defensa de los más humildes y desposeídos), muerta sería entonces, el primer trofeo que los vencedores del régimen depuesto irían a buscar.
Moori Koenig, encargado de secuestrar el cuerpo
Cuando el gobierno de facto lo designa para hacerse cargo del "operativo ocultamiento" del cuerpo de Eva Perón, el coronel Moori Koenig era miembro de los servicios de inteligencia y dictaba clases en el colegio militar sobre tácticas de espionaje y contraespionaje.
Al llegar al segundo piso de la CGT, lo recibe el doctor Ara con estas palabras: "Tenga cuidado coronel, las almas de los difuntos detestan ser desplazadas".
A la luz de los acontecimientos que sucedieron después, la frase de Ara le estallaría más de una vez a Moori Koenig dentro de su cabeza.
Evita, un cuerpo que no se deja ocultar
Moori Koenig sabía que debía actuar con el mayor sigilo y disimulo para despistar a los comandos peronistas que actuaban en la clandestinidad y reclamaban como suyo el cuerpo de "la Jefa Espiritual de la Nación y abanderada de los humildes", como la llamaban ellos.
Decide esconder el cuerpo en las cisternas que se encontraban en el subsuelo del edificio de Obras Sanitarias. Pero cuando estaba por llegar al lugar, un voraz incendio en las inmediaciones del edificio, le frustra el plan.
Creyendo que se trataba de un imprevisto, el coronel le restó importancia al percance. Mientras pensaba en un lugar más seguro, eligió pasar la noche adentro del camión, junto al cadáver, en la vereda del Comando de Inteligencia.
Sin poder pegar un ojo en toda la noche, el amanecer lo sorprende con un griterío. Al bajar del camión observa entre atónito e incrédulo, un sinnúmero de velas encendidas y de flores desparramadas. Uno de los guardias que había estado apostado en la vereda, tenía una herida profunda en la cabeza y era auxiliado por otros. Debajo del camión un cartel le advertía: "o la dejas descansar en paz o sos boleta".
Con el tiempo, las maldiciones y amenazas por teléfono a la casa de Moori Koenig se hicieron cada vez más frecuentes. La escena de las velas prendidas y las flores, se repetían hasta el hartazgo y acompañaban al cadáver adonde iba o adonde lo quisieran ocultar sus secuestradores.
Para colmo, sus enemigos sabían distinguir entre el verdadero cuerpo y las réplicas de cera que circulaban para despistarlos. A veces, las velas y las flores se anticipaban a los hechos y ya estaban presentes en el lugar, como en una escenografía, antes de que Moori Koenig y sus secuaces llegaran para ocultar el cadáver. Esto comenzó a inquietarlos: el problema no era solamente que los enemigos los vigilaran, ahora también le adivinaban lo que iban a hacer.
Evita, un cadáver fuera de lo común
El cadáver de Evita es extraordinario. En principio, sabemos que no está expuesto como los demás cadáveres a la descomposición. Pero además, en poder de sus secuestradores, se le va a añadir otra característica: es también un cadáver errante, un cuerpo muerto que deambula.
Debería estar quieto, inmóvil, debería descansar en paz; sin embargo, es un cuerpo muerto expuesto al vagabundeo incesante y por lo tanto, no es "totalmente" un cadáver; es una ambivalencia, una suerte de espantajo, y como tal, una fuente de peligro para los secuestradores.
Los secuestradores caen en desgracia
Los secuestradores mantienen con el cuerpo embalsamado de Evita una relación de amor y odio profundos: no se quieren separar de ella ni un minuto, la maldicen, la orinan, la escupen. Uno de los secuaces cae en lo más bajo de las abominaciones al practicar la necrofilia.
Las desgracias no tardarían en llegar. En un hecho confuso, uno de los oficiales del grupo de Moori Koenig mata a su esposa de un tiro, creyendo ver en ella al cadáver de Evita deambulando por su casa.
Otro oficial choca contra una columna de cemento mientras conducía el camión que transportaba a la difunta. Su rostro queda desfigurado, le tienen que dar treinta y tres puntos de sutura, la misma cantidad de años que tenía Evita cuando murió.
Moori Koenig sufre de delirio paranoico y termina devastado por su adicción al alcohol.
Evita, un largo camino a casa
En abril de 1957, un comando militar a cargo del teniente coronel Cabanillas envía el cadáver de Evita a Italia y lo entierran clandestinamente en el cementerio de Milán, bajo el seudónimo de María Maggi de Magistris. En 1971 un oficial del ejército argentino le entrega el cuerpo al viudo en Madrid, donde estaba exiliado.
El cuerpo de Evita es devuelto a la Argentina en 1974, y desde 1976 sus restos descansan en paz en el cementerio de La Recoleta.
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