La moda es un fenómeno social, un espejo de nuestros tiempos, un medio por el cual las generaciones expresan ideas y filosofías que llenan de imágenes inolvidables las páginas de la historia. La moda y los movimientos artísticos han tenido siempre una conexión muy particular.

No podemos dejar de notar, por ejemplo, que las vestimentas graciosas y pizpiretas de períodos como el Rococó y el Barroco mucho distan de la sombría humildad que se llevaba en el Gótico. Pero no sería sino hasta las cercanías del siglo XX, con sus vanguardias artísticas, que los artistas saldrían al mundo, flexibilizando las hasta entonces rígidas barreras del arte.

1900, bohemia y nuevos aires

A fines del siglo XIX, el Art Nouveau se oponía al academicismo clásico con formas inspiradas en la naturaleza. El arte debía salir al mundo; dándole estilo a la arquitectura, al diseño de muebles, la publicidad y, por lo tanto, a la moda.

El Art Nouveau trasladó a la indumentaria su frescura y naturalidad, y su manera bastante informal y auténtica de ver el mundo. Se empezó a cuestionar el uso del corsé o los vestidos muy estructurados, ya que afectaban negativamente al físico y proponían una figura femenina disciplinada y ajena a la realidad; tal como hacía el academicismo con el arte.

A fines del siglo XIX, desfilaban por los cafés y centros de diversión de París los provocativos atuendos que rompieron con los modelos clásicos y conservadores de la época. El diseñador Paul Poiret fue un gran exponente del momento, con sus nuevos cortes holgados y sus estampados casi artísticos, con reminiscencias de Klimt o Dufy.

Modernismo geométrico

Unos años después, el Cubismo redujo todo a formas geométricas y colores neutros. El impacto en la sociedad de los trabajos de Picasso empezó a hilvanarse en los diseños modernos, simplificando los patrones y reduciendo los cuerpos.

A partir de 1908, la moda renunció al volumen y fue a buscar el plano, las transparencias y la superposición de capas. Es lo que se llamó el “desinflamiento” del vestido; la transformación de las diosas protuberantes y vaporosas de la Belle Époque en sofisticadas y elegantes vampiresas. La obra de Coco Chanel es fundamental en este cambio.

El Cubismo marcó a fuego la estética del siglo XX, inspirando movimientos como el Futurismo Italiano o el Art-Deco. Este último fue un estilo de diseño que llenó de belleza el devastador paisaje de la posguerra. Puso de moda los materiales sobrios y lujosos como los metales, las piedras preciosas y las pieles.

Elegante, funcional y moderno, el Deco se aplicó al diseño de joyas, carteras, zapatos y accesorios. En busca de confort, la ropa se volvió más cómoda. Las portadas se llenaron de siluetas lánguidas y distinguidas. Las mujeres lucieron maquillajes oscuros, plumas, boquillas, largos collares de perlas, cortes de pelo como el bob o el eton crop, y todo lo que les aportara algo de misterio y exotismo.

¿Fantasía o realidad?

Otro movimiento de ruptura que marcó su época fue el Surrealismo, no sólo por influenciar fuertemente el terreno publicitario (valiéndose de la fantasía y el deseo), sino por inspirar a varios diseñadores a jugar con lo existente. Elsa Schiaparelli fue una de ellos.

Esta italiana fue una gran creativa que se codeó con artistas como Dalí y Cocteau, y llevó mucho de eso a sus diseños. Vestidos de harapos, sombreros con forma de zapato, estampados de crustáceos… Modelos que quizás no causaron furor en los conservadores años treinta, pero que contribuyeron para que la moda sea el juego libre que es hoy en día, con estilos como los de Jean Paul Gaultier o Phillip Treacy.

Sociedad de masas y cultura popular

A mediados de siglo, el mundo era otro. La píldora anticonceptiva, la muerte de Marilyn y James Dean, Vietnam, los asesinatos de Kennedy y Luther King… El ambiente estaba movilizado y el mundo entero era parte de eso. Se empezó a hablar de la sociedad de masas. El consumismo y la producción en serie ponían todo al alcance de todos.

Andy Warhol y el Pop Art utilizaron elementos cotidianos para transformarlos en arte. Pintaron latas de tomates como las del súper, celebridades como las de la televisión, y pusieron eso en los museos. El aura de la “obra única” desapareció, tanto para un cuadro como para un vestido.

Cada vez más personas iban vestidas a la moda, independientemente de su situación económica. La ropa había dejado de ser un lujo: se compraba y consumía compulsivamente, y del mismo modo se desechaba para sustituirla por una nueva. Aparecen secciones de ropa en los almacenes, y surgen las boutiques, una a la vuelta de cada esquina.

El movimiento también llegó a la alta costura de la mano de Yves Saint Laurent con su colección “Pop Art” de 1966, inspirada en los trabajos de Warhol, Wesselman y Liechtenstein. El diseñador francés también es responsable del vestido Mondrian, que causó furor llevando los cuadros de colores primarios del neoplasticista a las vidrieras.

Paralelamente, surge una línea de arte abstracto con formas y efectos hipnóticos. El Op Art engañaba a la vista del espectador con ilusiones ópticas. Derivado del racionalismo de la Bauhaus y el uso del color del Suprematismo, se aplicó no sólo en pintura sino también en diseño gráfico, fotografía e indumentaria.

Las tramas alucinatorias se trasladaron rápidamente a estampados psicodélicos que adornaban la mayoría de los vestidos y minifaldas a fines de los años 60. Los más destacados diseñadores que incursionaron en el movimiento son Mary Quant, Geoffrey Beene y, principalmente, Pucci.

Este punteo es un escueto recorrido por algunos movimientos del siglo XX, que no hace más que corroborar que la moda se ha ganado un importante lugar dentro de la sociedad como medio expresivo. Si bien un jean no es un objeto de museo (por ahora…), también habla de un momento histórico y lo que ahí sucedía. Aunque no tenga un marco dorado a la hoja, ni esté valuado en millones.