Parte de lo que iba a suponer la obra fundamental del pensador alemán, La Voluntad de Poder, los fragmentos que configuraron este pequeño libro fueron adquiriendo autonomía frente al resto hasta darle definitiva forma en 1888. Lejos de la sistematicidad de La Genealogía de la Moral o de Más allá del Bien y del Mal, El Anticristo condensa en sus breves sesenta y dos aforismos lo más esencial de la filosofía de Friedrich Nietzsche.

El presente artículo se apoya en la conferencia que, titulada Descenso a la Tierra; “El Anticristo” y Nietzsche, impartiera el profesor Don Óscar Gónzalez-Castán dentro del VIII Curso Filosófico del distrito de Barajas.

El evangelio murió en la cruz

No es lo mismo ser cristiano que el cristianismo. Para Nietzsche existe un abismo entre la figura de Jesucristo y el desarrollo posterior del cristianismo, la Iglesia, de tal forma que éste no es necesario para una vida cristiana.

  • La figura de Jesús: el idiota.
Nietzsche presenta a Jesús como un santo anarquista que impele a la rebelión contra el estatus dado en su época. Su misma vida, su fe, es el mismo Reino de Dios: es la praxis cotidiana de Cristo lo verdaderamente relevante. Cristo es incompatible con la sociedad donde desarrolla tal praxis hasta tal punto que Nietzsche le compara con el personaje de la novela de Fedor Dostoyevski, El Idiota (1869), un personaje completamente errante en su propio mundo. Es precisamente esta comparación la que queda censurada la primera vez que El Anticristo es publicado. La inactividad de Cristo, su carácter neutro ante las diversas situaciones, son resaltadas por el pensador alemán para configurar una imagen contraria a los cánones morales de la época.

  • El cristianismo: el disangelio.
Si, de alguna forma, Nietzsche emparenta la figura de Jesús con la esencia del evangelio, hace lo propio con el cristianismo con aquello que denomina disangelio, todo lo contrario a lo predicado por aquél. El mismo Ludwig Wittgenstein alude a esta diferencia con una muy clara analogía: «Allí (en Jesucristo) hay chozas; en Pablo, una Iglesia». Para Nietzsche, el cristianismo es una creación humana destinada a crear un mundo teórico, alejado de la praxis propia de Jesucristo y, por ende, de la propia vida.

Para interpretar la construcción posterior que supone el cristianismo, de la misma forma que ya lo hiciera Baruch Spinoza, Nietzsche afronta la lectura de las escrituras con una crítica hermenéutica fundamentada en la erradicación de todo protagonismo de la providencia divina en el desarrollo del relato, tamizando este con un rigor cientificista con el fin de desentrañar la finalidad moral del mismo.

El nihilismo: el declive de la cultura occidental.

El verdadero trasfondo de El Anticristo, lejos de constituirse como una crítica hacia la Iglesia en cuanto construcción artificial del ser humano, queda formado por una censura contra la cultura occidental, de la cual el cristianismo es una mera fenomenología. Nietzsche arremete contra la metafísica platónica, cuyo desarrollo posterior en la Edad Media ha devenido en una forma de vida débil, anclada en ideales trascendentales de la vida verdadera, en la nada. En la filosofía nietzscheana, el concepto de nihilismo adopta cuatro sentidos bien definidos:

  • Negación de la vida.
En la época en la que se escribe El Anticristo se configura, a partir del surgimiento de la antropología como ciencia, el mito del buen salvaje: las formas de vida pertenecientes a otras culturas mucho menos elaboradas que la occidental parecen aportar una mayor felicidad al ser humano. Es la cultura occidental la que, como detallaría Sigmund Freud (El Malestar de la Cultura – 1929), frustra la necesidad de satisfacer las necesidades instintivas mediante el placer. Para Nietzsche, la forma cultural emanada del platonismo niega, por tomar como referencia elementos trascendentales, la propia vida instintiva.

  • El dualismo. El sentido de la vida.
Como se ha dicho, tanto el cristianismo como el platonismo, metafísica que lo sustenta filosóficamente, construyen una estructura artificial, unos ideales, respecto de la vida en sí. Tal estructura ofrece a la vida, siempre trágica por estar cimentada en la brutalidad y la violencia, un sentido. Sin embargo, paradójicamente, este sentido de la vida, al estar apoyado en valores trascendentales, es una negación de la misma, un olvido premeditado. El ser humano paga porque le sea otorgado un sentido a su propia vida, para ser rescatado de la tragedia de la misma, su servilismo al poder de tales ideales. La reacción contra aquéllos introyecta en el ser humano el sentimiento de culpa.

  • Negación de la voluntad de poder.
Al ser humano le es consustancial el querer dominar la realidad. Tal dominación se lleva a cabo por diferentes medios pero su efecto es el de controlar y enseñorearse de la misma. El cristianismo, en cuanto síntoma de declive de la cultura occidental, supone una voluntad de poder contra la misma vida, a la que apaga y aminora.

  • Inversión de la vida.
La creación de un segundo plano de referencia ajeno a la vida, los ideales trascendentales, quita todo posible valor a ésta. Es lo que se denomina la transmutación de todos los valores.

El «mundo detrás del mundo»

«El idealista, como el sacerdote, tiene todos los grandes conceptos en la mano (¡y no solamente en la mano!) y con desprecio condescendiente los opone a la “razón”, los “sentidos”, los “honores”, el “bienestar” y la “ciencia”; todo esto lo considera inferior, como fuerzas perjudiciales y seductoras sobre las cuales flota el “espíritu” en estricta autonomía...» (El Anticristo – 8º aforismo)