Las creencias populares se sustentan en un complicado entramado ideológico. Algo consustancial al ser humano es la superstición, entendida como el miedo irracional y no explicable por los dictados de la ciencia o de la fe. Frente a este temor a los males sobrenaturales cuya explicación es difícil de discernir, el hombre ha encontrado refugio material en la proliferación de los amuletos y talismanes.

Definición de conceptos: amuletos y talismanes

La Real Academia Española define el amuleto como “objeto pequeño que se lleva encima, al que se atribuye la virtud de alejar el mal o propiciar el bien”. Por su parte, el talismán sería un “objeto, a veces con figura o inscripción, al que se atribuyen poderes mágicos”.

Por lo tanto, estamos ante dos tipos de objetos. El amuleto es defensivo frente a determinados tipos de males. Sin embargo, el talismán, como afirma Concepción Alarcón Román es ofensivo (Catálogo de Amuletos del Museo del Pueblo Español, 1987). Otra diferencia radica en la elaboración, más programada la del talismán, ya que se determina con un objetivo preciso: obtener un beneficio o provocar un mal.

Hechicerías, mal de ojo y enfermedad

Y es que tenemos que distinguir igualmente, dos tipos de males a los que combatir. Por un lado nos encontramos con la hechicería. Aquí los especialistas se refieren a especialistas que utilizan rituales o sustancias para dañar a alguien. En este caso, el amuleto sería un objeto protector frente a estas intenciones dañinas.

Pero el amuleto también tiene un valor preservativo frente al mal de ojo. Las causas del mal de ojo pueden provenir de personas con unas peculiares características, pero no de especialistas. Es decir, el mal proviene de la propia circunstancia de esa persona. Por ejemplo, se consideraba que determinadas situaciones pensadas anormales, como tener el pelo rojo o ser bizco, provocaban el mal de ojo.

La enfermedad, siempre que no fuese explicada racionalmente, era considerada como un estado transitorio entre la vida y la muerte. Y su causa, siempre era sobrenatural o espiritual, como nos recuerda Alarcón Román.

Orígenes de los amuletos: los vestigios de la arqueología

La presencia de determinados objetos en yacimientos, casi siempre relacionados con contextos funerarios, nos remite a la enorme antigüedad de los amuletos. Hoy día, nuevas teorías de los profesores Kevin Foster y Hanna Kokko recogidas en la revista Quo afirman que el hecho supersticioso podría estar imbricado en la genética humana, como un mecanismo más de supervivencia.

En la Península Ibérica, en yacimientos prerromanos abundan los testimonios materiales de amuletos depositados en tumbas, sobre todo de mujeres y niños, como demuestra Josep Pradró Parcerisa (Quaderns de Prehistòria i Arqueologia de Castelló, nº23, 2002 – 2003). Estas prácticas se pondrían en relación con la cultura mediterránea, donde abundan ejemplos similares.

J. Carlos Sáenz Preciado y María Lasuén Alegre (Saldvie, nº4, 2004) dan la noticia sobre los amuletos romanos, presentes en gran número en yacimientos peninsulares. En la antigua Roma, se usaban los objetos de formas fálicas para atraer hacia ellos a los causantes del mal de ojo. También era costumbre hacer determinados gestos, como la famosa higa o figa, que se consideraban que ahuyentaban estas influencias negativas.

El amuleto y su presencia en las creencias populares españolas

Los ejemplos antes citados nos dan la base para entender el fenómeno del amuleto en la Península Ibérica. Junto a este sustrato, se fueron añadiendo otros elementos en los siglos posteriores, casi siempre foráneos, que prácticamente han llegado hasta nuestros días. Así, la presencia musulmana o de los judíos favoreció la proliferación de determinados tipos de amuletos, como las manos de Fátima o el Tetragrámaton hebreo.

Por su parte, el Cristianismo se vio desbordado en muchas ocasiones por este fenómeno, demonizándolo a veces o favoreciéndolo en ocasiones. En Santiago de Compostela, se hicieron habituales los amuletos realizados en azabache por auténticos profesionales. Otro ejemplo sería el de la Cruz de Caravaca que protegía, por ejemplo, del rayo, y que contó con una gran aceptación.

Extensión social del amuleto

Pero el uso de amuletos era práctica extendida no sólo entre los elementos que denominaríamos populares. Si atendemos a la pintura realizada en los siglos XVI y XVII, podemos apuntar la presencia de amuletos que protegían a muchos niños y niñas retratados en los cuadros, hasta de la monarquía. Así, Natalia Horcajo Palomero nos describe los pintados en el cuadro del Príncipe Felipe Próspero, debido a la mano de Velázquez (Archivo Español de Arte, nº288, 1989).

El amuleto responde a un determinado sistema de creencias populares. En España, de gran arraigo hasta hace relativamente poco tiempo. Su valor no reside sólo en el aspecto material, sino en su carácter documental como testimonio de unas formas de vida. En la actualidad, centros como el Museo del Traje en Madrid, atesoran importantes colecciones de estos objetos, dignos de contemplación, estudio y respeto.