Acciones tan habituales en los seres humanos como las ganas de acariciar a la persona amada, la fuerte atracción sexual en situaciones emocionantes o las miradas de confianza tras una vida en común, tienen todas una base fisiológica indentificada.

A pesar de las grandes diferencias, personales y culturales que existen en las relaciones afectivo-sexuales, entre los seres humanos, multitud de estudios han delimitado nítidamente los niveles de descarga hormonal más elevados en cada uno de esos estadios.

Las formas de afrontar una relación afectivo-sexual son muy variadas. Los diferentes comportamientos de los amantes, ya sean más humorísticos, despreocupados o comprometidos, afectan a las posibilidades de futuro de la relación. Sin embargo, todos los seres humanos tienen las mismas hormonas, y resulta muy interesante comprender su efecto sobre el organismo, a la hora de entender comportamientos.

Es reconocido que una relación afectivo-sexual recorre tres fases o estadíos:

  • De atracción física
  • De pasión erótica
  • De establecimiento del vínculo afectivo
En cada una de esas fases es un tipo de hormona distinta la que más está influyendo en el comportamiento de los amantes.

Atracción física: la testosterona

Se ha comprobado que hay una relación directa entre los rasgos físicos que atraen a un individuo y las descargas de testosterona. Cuando los niveles de esta hormona suben, los hombres fijan su atención en los rasgos femeninos, lo mismo sucede en el caso de las mujeres.

Cuando los niveles de testosterona bajan, los gustos y los aspectos que más llaman la atención a los individuos también. Por eso en entornos que favorezcan la aparición de esa testosterona, las personas se sienten más atraídos por rasgos físicos. En contextos más tranquilos, donde los niveles de esta hormona estén más controlados, la atracción puede ser provocada por otro tipo de rasgos, menos ligados a elementos del aspecto físico.

Pasión erótica: la dopamina

Las primeras etapas de la relación afectivo-sexual están dominadas por sensaciones de intenso placer y entrega total, tal y como han reflejado estudios como los de la bioantropóloga Helen Fischer.

La intensidad de los afectos que rige la fase del enamoramiento está relacionada con altos niveles de dopamina. Hormona que también se encuentra de forma mayoritaria en otros procesos como el sueño, el humor, la atención y el aprendizaje.

Establecimiento del vínculo afectivo: la oxitocina

Una vez superadas las etapas previas de la relación amorosa, estas pasan a convertirse en relaciones basadas más en la confianza, el compañerismo y en la solidez de los afectos mutuos.

La hormona que interviene de forma más importante en esta tercera fase es la oxitocina, que ayuda a prolongar los lazos emocionales positivos y aumentar la confianza entre los miembros de la relación, una vez superada la tormenta hormonal de las primeras fases. Es de destacar la importancia que tiene la segregación de elevados niveles de esta hormona tras el orgasmo y durante el parto, con el objetivo de favorecer las situaciones de confianza mutua con los que desarrollar afectos y vínculos duraderos.

Base biológica de las relaciones humanas

Todos estos estudios han ayudado a entender las relaciones humanas como lo que realmente son: una construcción social y cultural sobre una base biológica. La influencia de las hormonas en las relaciones es muy importante, tanto como lo es en situaciones de peligro o bienestar.

Conocer los efectos de esas descargas hormonales sobre el organismo y sus efectos en los estados de ánimo de los individuos ayuda a arrojar algo de luz sobre el complejo y variado mundo de las relaciones afectivo-sexuales.