El egoísmo podría definirse como una relación de exclusividad con uno mismo, ignorando a los demás o bien utilizándolos como un medio para satisfacer las propias necesidades y deseos. Ignorando el principio de reciprocidad, con una actitud depredadora y anclado en el razonamiento subjetivo mucho más que en el objetivo, el egoísta persigue sus metas personales menospreciando la comunidad de la que forma parte.

El egoísta parte del principio de que sus opiniones e intereses son más importantes que los del resto de los mortales. No se siente culpable por ello, sino que considera que eso es lo que debe hacerse y, en definitiva, lo que todos deberían hacer.

No debe confundirse el egoísmo con el amor propio o con una elevada autoestima, pues está última pretende convivir con el entorno, mientras que el egoísmo sólo busca servirse del entorno.

El ego, la raíz del egoísmo

El egoísta protagoniza un culto al propio ego, llegando a un narcisismo patológico, idealizándolo y pasando todos los acontecimientos vividos por un tamiz, cuya falta de objetividad y de empatía, hace que los hechos sean necesariamente interpretados según los efectos positivos o negativos que hayan tenido sobre el propio ego. No existen consideraciones intermedias; el “yo” está siempre en el centro de sus intereses y por encima del resto de personas que configuran su entorno, incluso el más próximo, aunque ello no significa que tras esa fachada se esconda un sentimiento de inferioridad.

En cierta manera, ser egoísta equivale a la renuncia de una de las partes más importantes de la condición humana, ya que no tiene cabida el amor, la compasión, el altruismo ni otros muchos sentimientos que conforman la naturaleza humana.

El egoísmo; una manera de vivir

El egoísta no lo es ocasionalmente, y aunque si bien es cierto que todos, en un momento dado, pueden haber vivido un episodio egoísta, para quien el ego lo es todo, nada es ocasional. El egoísmo es un modo de vida, una manera de ser; sentirse el centro de todo cuando acontece; de ahí el término egocéntrico. Todo su comportamiento, aunque a veces no sea notorio ni perceptible, está encaminado a lograr objetivos manifiestamente egoístas. La sabia combinación entre el “yo” autónomo y el “yo” percibido –por los demás– que busca el equilibrio a través de una actitud asertiva, en el egoísta sencillamente no existe.

Erich Fromm, psicólogo, filósofo y humanista alemán, habla del egoísta en estos términos: “La persona egoísta sólo se interesa por sí misma, no siente placer en dar sino únicamente en tomar. Considera el mundo exterior sólo desde el punto de vista de lo que puede obtener de él; carece de interés en las necesidades ajenas y de respeto por la dignidad e integridad de los demás”.

El egoísta luchador

Una persona egoísta puede ser percibida por los demás como un luchador. Este tipo de persona es percibido como alguien enérgico, incluso ostentando el liderazgo en algunas facetas, y por tanto generando cierto grado de admiración y respeto. Pero detrás de esta máscara está la persona egoísta con recursos que se vale de ciertas estrategias para lograr objetivos estrictamente personales. Si bien es cierto que esta puede ser una de sus características, conviene advertir que lo que en verdad lo distingue de otros luchadores, es que su lucha no es “a favor de”, sino “en contra de”, obedeciendo siempre su actuación a seguir alimentando un ego que nunca tiene suficiente. En el fondo se podría afirmar que un egoísta es adicto a sí mismo.

El egoísta pasivo

El egoísta pasivo persigue los mismos objetivos que el egoísta luchador, solo que no posee los recursos del segundo.

El egoísta pasivo suele ser una especie de “vampiro emocional”, dando la imagen de ser desvalido que requiere la atención y los cuidados de todos los que le rodean, por lo general la familia y la pareja, tal y como sucede en algunos casos de dependencia emocional.

Su debilidad y su sentimiento de inferioridad pueden tener el origen en la infancia. Falta de atención, abusos sexuales, negación narcisista y otras carencias en el aprendizaje pueden llevar al individuo a desarrollar métodos paralelos con el fin de lograr objetivos que de otro modo no son capaces.

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