Educar la empatía (I)

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Empatizar - Verónica Martín
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Al igual que otras habilidades, la empatía también se educa y ella fundamenta un conjunto de valores necesarios para la convivencia.

Gandhi estaba convencido de que si fuésemos capaces de andar con los zapatos de los demás, la mayoría de los conflictos entre humanos no se darían. No es una frase textual del padre de la independencia de la India, pero sí la idea que le movió toda su vida y que le hizo merecedor de convertirse en el símbolo de la lucha pacífica por los derechos de los pueblos.

En esta primera parte nos acercamos a las descripciones que se han hecho de ella. En la segunda parte (ir) intentamos aproximarnos a su educación.

Una aproximación a su definición

El término tiene una larga tradición tanto dentro de la filosofía como de la psicología. Procede de la palabra griega Παθεûv, que tiene una significación cercana a “sentir dentro.” Se ha ido introduciendo como concepto explicativo y expositivo y como constructo en la psicología, la filosofía , la fenomenología y otras disciplinas de la mano de un amplio repertorio de autores y pensadores. Como ejemplo Theodor Lipps quién la presentó desde un punto de vista más psicológico, Schopenhauer más filosófico, Freud para el estudio del inconsciente, Piaget con una visión pedagógica para entender las conductas prosociales en los niños, Edmund Husserl desde una perspectiva fenomenológica, visión antropológica de la mano de R. Rickman o con Edith Stein desde una perspectiva antropológica/teológico-ético-espiritual. Sería muy extenso detenernos a exponer cada una de las distintas definiciones y acepciones del constructo. Intentar abarcar las distintas imágenes elaboradas desde la historia del concepto no ha lugar en este breve artículo, pero si debemos decir que no se agota en ninguna de sus definiciones. Todas quedan abiertas y tienen como elemento común conservar la esencia de su origen etimológico.

De las definiciones de empatía que podemos encontrar en las variadas disciplinas que han teorizado sobre ella nos quedamos con la que hace el padre de la fenomenología Edmund Husserl, compartida por su discípula Edith Stein, que la entiende como “aprehensión de las vivencias ajenas, apercibimiento del vivenciar del otro.” En esta definición tanto Husserl como Stein van más allá de la comprensión del sujeto como un yo físico frente al que nos situamos cognitivamente para entender su existencialidad, ni siquiera a su comprensión anímica, sino que se acerca a la visión de la conciencia ajena situando al otro en el propio yo y el yo en su esencia pura.

La condición de judía de Stein le llevó a huir a Polonia por la persecución nazi y, posteriormente, recluida en el campo de exterminio de Auschwitz, donde murió. Es interesante apuntar esto porque la originalidad de Ediht Stein está en la propia vivencia de la empatía, o en su caso, de la falta de empatía de una parte de la sociedad alemana y mundial que se inhibió ante genocidio de la segunda gran guerra. La valía de los estudios de Stein, realizados muchos de ellos en la época del auge del nacional-socialismo de Hitler, pueden ser contemplados desde una perspectiva actual. Los mecanismos que subyacen en la constitución del individuo empático no difieren en cada una de las épocas. Los desencadenantes ambientales, genéticos, predisposicionales son los mismos, con algún matiz, para cada uno de los tiempos. Por esto, la condición individual de Stein, con todos los factores en contra de la disposición, merecen ser visto como modelos empáticos.

Neurología y empatía

Determinar cuáles son las estructuras cerebrales, los procesos bioquímicos, los descriptores endocrinos o las funciones neuronales que preceden a los mecanismos neurobiológicos de la empatía, no merman el valor, la bondad y la belleza que hay tras el ejercicio empático. Dos elementos son necesarios para poner en movimiento esta conducta: un correcto desarrollo psicobiológico y el proceso educativo modulador.

Desde la perspectiva psicobiológica nos planteamos la pregunta de cómo hemos llegado a adquirir los dispositivos que elicitan la empatía. ¿Es solamente una articulación adaptativa?

Para encontrar alguna respuesta habrá que acercarse a diversos estudios llevados a cabo sobre la raíz neurofisiológica de la empatía. Se distinguen dos tipos: empatía cognitiva y empatía afectiva. Los estudios de Sharmay-Tsoory, Goldsher, Aharon-Peretz y Berguer sobre teoría afectiva de la mente y sobre las bases neuronales de la empatía , sitúan la primera en la región orbitofrontal que, simplificando, es una zona del cerebro relacionada con la voluntad y la asociación de sensaciones y emociones. Una zona nodal de la red neuronal que permiten organizar y decidir la conducta más adecuada en cada caso en función de la memoria pasada y almacenada. La empatía afectiva, según estos autores, se encuentra en la región dorsolateral. Los daños en estas zonas, concluyen, dificultan la comprensión de las emociones y expresiones faciales emocionales. En personas con daño cerebral adquirido, cuando las lesiones afectan a estas regiones de ambos hemisferios, acusan un deterioro de la percepción y emisión emocional. Encontramos que hay razones neurocientíficas que explican el lugar de la empatía. Las investigaciones neuropsicológicas de las regiones cerebrales que desempeñan un papel activo en la empatía es aún escasa, pero su estudio e investigación es importante para entender los procesos de la experiencia empática.

Pero nosotros queremos ceñirnos a la razón cognitiva como construcción de la personalidad. Por eso intentaremos definirla despigmentándola de las sinonimias identificativas que se han añadido a lo largo de la historia del constructo.

Lo que la empatía no es

En la historia del articulado de su definición y expresión teórica se han ido anexando conceptos que se han identificado con ella pero que no son sino, en el mejor de los casos, expresiones del comportamiento empático, pero no ello en sí mismo.

La empatía no es solidaridad. La solidaridad es una actitud que se manifiesta en un comportamiento que nos inclina a responder positivamente a las necesidades de nuestro grupo. Es un valor propiamente humano con un contenido afectivo que reconoce el bien y mueve la voluntad. Sin embargo es una conducta con un punto de inicio y un registro final que se activa ante circunstancias semejantes y significativas emocionalmente para el sujeto. La solidaridad es provocada ante una tensión interna discrepante. El acto solidario se ejecuta como solución ante la disonancia.

La empatía no es compasión. La compasión en su sentido más original expresa una acción intrínseca de padecimiento ante lo que E. Stein llama el cuerpo vivo percibido externamente. La percepción del dolor y la necesidad ajena induce sensaciones interoceptivas o propioceptivas del padecimiento externo pero no hay una aprehensión del mismo.

La empatía no es una emoción. La psicología de la emoción describe seis emociones básicas o primarias y universales. El resto son secundarias y se catalogan como sociales, es decir, necesitan de la percepción de la influencia de otras personas. Todas estas son controladas por una estructura cerebral denominado sistema límbico. Al igual que la solidaridad la emoción tiene que ser elicitada por condiciones significativas y su activación y vigencia es limitada en el tiempo.

La empatía no es altruismo. El altruismo es una conducta pro-social, lo que significa que está más implicado en la propia conservación de la especie y posee un componente de corresponsabilidad social, tiene un interés de cohesión social. El altruismo es un tanto más controvertido puesto que también se le asigna una condición egoísta. La adjetivación de tal condición viene dada por los teóricos de la genética de la evolución que indica la necesidad del mismo para el éxito evolutivo. Y no menos controvertido es la condición de fundamento de la moralidad que se le asigna, donde el altruismo, con la búsqueda del bien común, establece el carácter descriptivo y normativo de la función moral, indicando la relación entre el bien deseado y el mal rechazado. El altruismo modularía el principio de moralidad.

Podemos añadir más constructos, todos ellos se identifican con valores y, por tanto, deseables, pero no son más que la expresión parcial de la condición y comportamiento empático. (Ir segunda parte)

Mariano Román Alpiste, Archivo propio

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