Es preciso formar en principios cívicos. No basta la educación teórica sobre leyes y derechos ciudadanos. Una persona educada, lo será también en deberes ciudadanos. No basta el énfasis sólo en el derecho, es importante la formación de las personas como ciudadanos.

Leyes y constitución

La mayoría de los países legisla para el bien común. Las leyes son reguladores de la conducta de las personas para vivir en un contexto de orden y respeto.

Sin embargo, la ley y la constitución, por muy elaboradas que estén, no sirven en sí mismas si todo ese aparataje legal no va acompañado con una clara formación cívica.

Experta en ética y educación cívica, la española, Adela Cortina en un artículo titulado “La educación del hombre y del ciudadano”, publicado en la Revista Iberoamericana de Educación, postula que: “La estabilidad social precisa de una virtud ciudadana —la civilidad—, difícil de desarrollar si no ha empezado a adquirirse a través del proceso educativo”.

Esto implica que la formación cívica no es automática, precisa de educación formal e informal. Los componentes de la sociedad deben unirse para lograr que el ciudadano sea educado en la civilidad.

Ciudadanos garantes de la estabilidad

El estado y sus miembros, son seres humanos. Los ciudadanos y el pueblo, también lo son. ¿Cómo lograr que unos y otros convivan de manera armónica? ¿Cómo lograr que el ciudadano común se interese por el bien común?

La solución no es la coersión, típica de gobiernos autoritarios; la eliminación del ciudadano en procura de un estado totalitario, modelo comunista; o la regulación absoluta del mercado como ente estabilizador, modelo neo-liberal; sino la educación.

Educar al niño para que se convierta en ciudadano que defienda el bien común. Enseñar al joven para que aprenda la importancia del derecho. Formar al adulto en el respeto por la sociedad democrática.

El individuo un ser moral

Según el planteamiento del filósofo español Xavier Zubiri (1898-1983), todos los seres humanos somos seres estructuralmente morales. No hay ser humano que se encuentre situado “más allá del bien y del mal”. Sea que respete la moral o no, su actuar será de algún modo guiado por una conducta moral. El ser humano se ve forzado a elegir qué tipo de realidad quiere vivir.

Siguiendo la fórmula de Zubiri, el ser humano no vive de espaldas a la realidad, está inmerso en ella y tiene que decidir. La educación en este contexto se convierte en un medio para crear posibilidades, para abrir ante el sujeto las opciones con las que cuenta.

La defensa de la comunidad

El neoliberalismo ha hecho primar al individuo, por sobre la comunidad. Se precisa una educación cívica que fomente la importancia del bien común. La comunidad importa tanto como el individuo.

En el contexto griego “moral” —nos recuerda Cortina— se entendió como “el desarrollo de las capacidades del individuo en una comunidad política, en la que tomaba conciencia de su identidad como ciudadano perteneciente a ella; lo cual, además, le facultaba para saber cuáles eran los hábitos que había de desarrollar para mantenerla y potenciarla, hábitos a los que cabía denominar virtudes”.

En una sociedad individualista la persona pierde el norte, se desarraiga. La comunidad provee los elementos básicos para dar identidad. Es el referente del actuar. Da las directrices por las cuales la persona se ha de guiar.

La comunidad ayuda a forjar el sentido de pertenencia, y es precisamente ese componente psicológico, el que hace que los individuos puedan ser formados en su civilidad en el contexto comunitario.

En la educación, nos recuerda Cortina: “la comunidad política tiene la obligación de hacer sentir al niño que, además de ser miembro de una familia, de una iglesia, de una etnia, de una cultura, lo es también de una nación, que espera de él que participe activamente como ciudadano”.

Cuando no hay sentido de comunidad, entonces, la formación cívica no es posible porque no se puede realizar.

Autonomía ciudadana

La educación cívica no consiste en educar a personas para que sean parte de una masa informe, sumisa y dócil. Eso es parte del juego totalitario de poderes.

Cortina elabora algunas de las características de un ciudadano, que debería destacarse en la formación cívica:

  • Tiene autonomía personal. El ciudadano no es vasallo ni súbdito.
  • Se entiende a sí mismo como un individuo.
  • Posee conciencia de derechos que deben ser respetados.
  • Conoce lo que son sus derechos, y también entiende sus deberes.
  • Tiene un sentimiento del vínculo cívico con los conciudadanos, con los que se comparten proyectos comunes. Una sociedad exige la participación e interrelación de sus componentes. Participación responsable en el desarrollo de esos proyectos.
  • Hay un sentimiento de vínculo con cualquier ser humano y participación responsable en proyectos que lleven a transformar positivamente nuestra “aldea global”.
En otras palabras, un individuo, educado en civilidad, entiende que es parte de una comunidad social y que en dicho medio tiene obligaciones y derechos.

Comunidad política y educación cívica

Si la comunidad política no asume su compromiso con la formación cívica de sus ciudadanos, haciéndoles sentir que son parte de una sociedad que se interesa y les aprecia, entonces, no es posible crear ciudadanía.

La democracia es un producto propio de ciudadanos que entienden su rol y función dentro del contexto social en el que viven. Eso implica integrar, no discriminar y no excluir a nadie. Una persona discriminada, excluida o no integrada, difícilmente puede ser educada en el sentido cívico de pertenencia a una comunidad social.

La educación cívica es un elemento fundamental en el desarrollo de los pueblos. Un ciudadano no nace, se hace. Es preciso formarlo.