Los ideólogos de la Ilustración fueron conscientes de que la educación suponía la principal vía para transmitir hábitos cívicos, involucrando a los ciudadanos en la idea del bien público y cohesionando la sociedad. Esta reforma ilustrada de la educación infantil y juvenil aspiraba a conseguir una modernización efectiva de un sistema educativo caduco.

La educación infantil: religión y moral

En muchas localidades de la España del XVIII misma existían escuelas de instrucción primaria de carácter gratuito. En el caso de la villa de Bilbao estas escuelas fueron cerradas tras la Matxinada de 1718 para ser nuevamente abiertas en 1724. La apertura de una escuela para niñas en 1732 fue una de las innovaciones en lo que a la instrucción pública se refiere. Asimismo, debieron existir escuelas privadas, abiertas por particulares, tal y como se colige de las reglas estipuladas en 1732 al tiempo de la apertura de la Escuela pública de niñas.

Concretamente se estipula que “ninguna mujer abra escuela de niñas aunque sea de balde, ni enseñe públicamente sino la que quiera y eligiere el Ayuntamiento pues de aquí pende la conservación y fruto de la escuela y la enseñanza ”. En el fondo se trata de controlar los contenidos y el tipo de educación a recibir por los niños y niñas, tanto vecinos y naturales de la Villa, como foráneos.

El programa educativo infantil

El programa educativo descrito en las Reglas y el Reglamento de las escuelas tiene un fuerte contenido religioso: se trata de encaminarlas en la religión y una estricta moral cristiana, disciplinarlas en relaciones sociales sólo con personas de su sexo, evitando lugares de sociabilidad mixtos como las “calles, zaguanes y corrales”, especialmente los días de fiesta y “recogerlas a que se entretengan juntas los días de fiesta y libres de peligro”.

Una ordenanza municipal de ese mismo año también prohibirá que enseñe a las niñas a tocar el clavicordio y el aprendizaje de danzas extranjeras. A finales del siglo XVIII Sociedades de Amigos del país como la Vascongada intentaron, sin conseguirlo, que la educación de la mujer se desarrollase fuera del ámbito y del control religioso.

El precitado programa de aprendizaje tenía como principales materias la lectura, escritura, aprender a contar, costura, bordado, calceta y encajes. A cada una de estas actividades se les asignó una cuota a pagar, siendo las más económicas la enseñanza de calceta y lectura. Los aprendizajes más caros eran los más especializados: las actividades intelectuales se quedaban en lo más básico, mientras la de tipo artesanal llegaban a un grado de especialización alto.

Por otra parte, el aprendizaje de la lectura había de realizarse en la cartilla y el Libro del Padre Astete, libro de oraciones y doctrina cristiana; el resto de libros de lectura obligatoria tras aprender a leer eran un compendio de doctrina católica y el de los ejercicios de San Ignacio. Al servicio de estas niñas se ponían dos maestras “de vida cristiana y de habilidades y prendas de leer, escribir y demás propias de la buena educación y crianza de las niñas”.

Educación y caridad

La escuela admitía de caridad a las hijas de padres pobres, esto es, hijas de quienes no tuvieran ni oficio ni bienes- ni viñas, ni hacienda- “sino el jornal del campo”. Se trataba no sólo de caridad, sino también de atenuar ciertas barreras sociales al exhortar a las maestras a dejar a estas niñas en libertad para relacionarse con las niñas pudientes. Un factor que probablemente generó tanto importantes redes de “patronazgo”, como rencillas. Sea como fuere, la educación superior quedó restringida a las clases superiores: quedaba claro que generalizar la educación no implicaba hacerla igualitaria.

Las escuelas superiores

Otros centros de enseñanza instaurados o que continuaron abiertos durante el siglo XVIII fueron el Seminario de San Lázaro, la escuela que tenía la Casa de Misericordia de la villa, la Escuela de Primeras Letras y Latinidad abierta en 1769, antiguo Colegio de los Jesuitas, expulsados en 1766. También el convento de San Francisco tenía aulas de Latinidad, Religión y Moral, Teología y Matemáticas, siendo las clases gratuitas. P. Feijoo concluye que la expulsión de los jesuitas tuvo una influencia negativa en la calidad de la enseñanza impartida en la villa de Bilbao.

Tras su expulsión, más miembros de la clase pudiente enviaron a sus hijos a estudiar a colegios franceses y al Seminario de Bergara; los que se quedaban en la villa bien seguían sus estudios bajo la dirección de este último o tenían maestros privados, los muchachos, e institutrices las niñas.

La alta burguesía, consciente de la necesidad del aprendizaje de idiomas para dedicarse al comercio, también envió a sus hijos a estudiar al extranjero “donde contactaban con los socios comerciantes de sus progenitores”.

A finales de siglo existía en la villa de Bilbao una escuela de Dibujo establecida por la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, sociedad que incentivaba el estudio estableciendo premios anuales a los mejores estudiantes; ocho escuelas de primeras letras con 680 alumnos y 4 maestras con 307 alumnas; una Escuela de Náutica y otra de Latinidad.

Las Escuelas de Naútica

La preocupación por “facilitar la carrera de marina y habilitar a la juventud en ella” impulsó al Ayuntamiento, a l Consulado y la Diputación General del Señorío a fundar la Escuela de Náutica de la villa de Bilbao en 1739-1740. Bilbao fue la primera de este tipo de Escuelas, a la que siguieron las de Barcelona, Arenys de Mar, Mataró, A Coruña, etc.

En la escuela se impartieron asignaturas de Náutica y Matemáticas, contando entre sus profesores con brillantes teóricos de la materia como José Vicente Ibáñez de la Rentería, primer maestro de la escuela, Miguel Archer, que ocupó el cargo entre 1742 y 1752, autor de las Lecciones de Náutica, manual de aprendizaje tanto en esta escuela como en otras durante todo el siglo XVIII.

En su primera época las clases se impartían en el Museo Matemático -la clase estaba dotada de instrumentos náuticos- durante 4 horas diarias, siendo las clases gratuitas para los que eran naturales del Señorío. Del éxito de la escuela nos deja constancia el hecho de que Miguel Archer pronto necesitó un aula de mayores dimensiones para poder albergar un mayor número de alumnos.

A finales de siglo se uniformizaron los estudios de navegación ateniéndose al llamado Plan Winthuysen, aprobado en 1790. Este plan establecía que los estudios tendrían una duración de 2 años, dependiendo la Escuela del Ministerio de Marina y con asignaturas de Matemáticas, Dibujo, Cosmografía, Navegación, Maniobra y Dibujo. La Escuela de Náutica de Bilbao estuvo bajo la dirección de Ignacio de Albiz desde 1755 a 1798, año en el que pasó a su hijo, Agustín de Albiz.