En el contexto que perfila el final del Imperio Carolingio se produjeron una serie de circunstancias que favorecieron el desarrollo de una economía agrícola-ganadera. La concentración de tierras y de la producción en manos de los señores dibujó una estructura social desigual, en forma de pirámide. El poder de la aristocracia creció y la autonomía de los señoríos aumentó a la par. Así, las diferentes unidades territoriales, mal comunicadas entre sí, se vieron obligadas a desarrollar estrategias económicas autosuficientes, lo que motivó el declive del comercio.

El señorío dominical, el señorío jurisdiccional y el alodio

En el sistema feudal, el carácter autárquico de la economía permitió la construcción de un sistema señorial específico: el señorío dominical (año 1000) que se basaba en la posesión de gran cantidad de tierras (señorío territorial) pero que no incluía poder jurídico sobre la tierra. Las donaciones de tierra hechas por los reyes, más las de los campesinos a cambio de protección, aumentaron la concentración de la propiedad. Esta dinámica derivó en un aumento de atribuciones jurídico-políticas por parte de los señores, lo que dio lugar al señorío jurisdiccional.

Junto a las grandes propiedades subsistieron pequeñas explotaciones campesinas de carácter jurídico libre, el alodio. Este tipo de propiedad es considerado el germen de la comunidad de aldea.

Economía medieval, economía rural

La economía feudal fue una economía de carácter rural. Las actividades económicas estaban en manos del campesinado quien sostenía la producción material de bienes. Sin embargo, la nobleza era quien dirigía y se beneficiaba de la producción al vivir de rentas. Así, el campesinado soportaba la estructura jerárquica y política feudal. Pagaban impuestos por su hogar, su persona y un diezmo de sus cosechas en beneficio de la parroquia. También podía ser llamado para trabajar en la reserva señorial, directamente para beneficio del señor.

Características de la agricultura y la ganadería

Agricultura y ganadería fueron la base económica y en menor medida la artesanía y el comercio que aumentaron su importancia de forma gradual.

En la agricultura destaca el predominio del cereal y del viñedo que evolucionó hacia la primacía del trigo para el hombre y la cebada para los animales. En zonas de montaña se cultivó el centeno.

El periodo se caracteriza por la poca evolución tecnológica hasta los siglos XI y XII. En consecuencia, se mantuvieron los sistemas de cultivo tradicionales (año y vez) aunque hubo, también, sistemas más avanzados como el trienal (asociado a nuevas roturaciones). De carácter minoritario, existían sistemas de agricultura intensiva asociados al regadío. Con respecto al utillaje las novedades más importantes fueron: el arado pesado, mayor presencia del hierro en los aperos agrícolas y la generalización del molino.

El aumento de producción fue posible por la ampliación de la superficie de cultivo. En todo caso, las nuevas roturaciones, a la larga, provocaron un desequilibrio productivo que desembocó en la crisis de alimentos del s. XIV.

Se generalizó la explotación de ganado ovino ligado al comercio de la lana. También fue importante la ganadería doméstica: cerdos, gallinas, pollos , patos, etc.

La propiedad de la tierra: la reserva y el manso

El señorío estructuró la propiedad de la tierra. Por un lado, la parte gestionada por el señor explotada con el trabajo de colonos y esclavos: la reserva. Y por otro lado, una parte controlada por el señor pero explotada por unidades familiares de campesinos: el manso. Junto a estas formas de explotación perduraban tierras comunales y alodiales de carácter pre-feudal.

Cada familia estaba sujeta a condiciones específicas en lo que respecta a la renta impuesta por el señor. Este sistema económico implicaba la cooperación entre las diferentes unidades familiares. Por un lado colaboraron, entre muchos, en trabajos puramente agrícolas, en el mantenimiento de caminos para el ganado, en la explotación del molino, de la fragua, o en la explotación de tierras comunales. Esta dinámica de cooperación estrechó las relaciones entre las diferentes familias que acabaron integrándose en unidades de aldea.

Por otro lado, se delegaron actividades de carácter artesanal en manos de especialistas y artesanos: molineros, carpinteros o herreros. Esta circunstancia les desvinculó del trabajo agrícola y fundamentó una lenta evolución del comercio, unida a diversos factores como el fin de las invasiones externas, la recuperación del poder real o la recuperación de la vías de comunicación.