Hay un prólogo con peligro de no ser percibido. A menudo los espectadores conversamos con tal énfasis que si la primera escena es fugaz, lo mismo la perdemos. He comprobado que en esta función a veces sucede, y es una pena: en el prólogo hay claves que se cerrarán al final.

En ese prólogo: en un extremo del escenario una muchacha con el brazo escayolado intenta salvar una situación muy angustiosa. En el otro extremo: un hombre ha sido abatido al grito de "¡Maricón!".

Luego se añadirán el padre de la muchacha escayolada y la esposa del hombre abatido y entre todos una serie de acontecimientos que se buscan a sí mismos entre mentiras y medias verdades, sin mala intención de ninguno, pero con intenso egoísmo inconsciente, y por eso mismo terriblemente peligroso; todos se mueven por impulsos de autoprotección, excepto la víctima: esa muchacha que durante demasiado tiempo se ha negado a aceptar que el generoso familiar que la adora... es un monstruo sin amor, y por tanto indestructible...

Sumisión y negocio en un mundo despiadado

Una muchacha con la sexualidad imbricada en un mundo que la posee sin misericordia, un objeto de deseo en una familia disfuncional, desprotegida en la educación escolar y preciada presa de los peores instintos... Un panorama de extraordinaria actualidad en España y el mundo entero; un mundo que sirve en bandeja de plata las cabezas de menores y jóvenes al abuso familiar aceptado, cuando no la explotación sexual como una de las mayores "recaudadoras" de mujeres y el dinero que circula a partir de su espantosa sumisión.

Muchos son los temas aquí planteados y sugeridos en torno a estos parámetros. El autor, Borja Ortiz de Gondra, ha sabido articular una obra con mucha acción y preciado nivel de intriga hasta un final de discutible valía, pero por eso mismo muy digno de poner sobre la mesa y discutir los vaivenes de los personajes y su resolución.

La gran pregunta: ¿Qué hubiera hecho yo?

En cualquier caso, la cosa funciona: personajes muy ricos interpretados por profesionales brillantes como Marcial Álvarez y Alberto Huici —a su vez ayudante de dirección de Josep Maria Mestres— quien realizó una puesta en escena con mucho ritmo, sin puntos muertos, con creciente dinamismo que incluye escenas de violencia física muy contenida, muy bien resuelta.

Es muy práctica —armónica en colores y resoluciones plásticas— la escenografía de José Tomé, el hombre de teatro que fue protagonista del último Macbeth, maravillosamente dirigido por Helena Pimenta: una reunión familiar si se tiene en cuenta que Ana Pimenta es la intrépida y cínica periodista de la función junto a la desesperada joven interpretada por Celia Pastor.

Unos y otros están muy bien dirigidos, con una medida precisa de los silencios y los golpes meramente anunciados o dados sobre un brazo... y otro más, los gritos grabados, la huida de personas que deambulan a ciegas a merced de su miedo; miedo al fracaso, a la pérdida de lo que tienen, a la necesidad de amar y a la vez gozar de otros placeres, miedo a esa soledad distraída con buenas dosis de alcohol, y a la fragilidad de la joven con imperioso deseo de ser amada por un hombre mayor todo corazón y crueldad, y un joven hermoso, seductor, víctima del racismo imperante, centro del drama, pero que nunca aparece en escena.

El título Duda razonable tiene que ver con la figura judicial del In dubio pro reo: que quiere decir que ante la duda, el juicio será favorable al acusado. Un hecho que en algún momento se produce en esta función, pero que también va más allá de todo planteamiento jurídico: esa duda razonable puede abarcar desde el célebre "ser o no ser" hamletiano, hasta el mar de oscuridades en las que gente considerada "normal" avanza a tientas en busca de su propio destino... o éxito a cualquier precio, y la gran pregunta que le queda al espectador: "¿Qué hubiera hecho yo de haber recibido esa llamada?".

Duda razonable, de Borja Ortiz de Gondra, en la Sala Cuarta Pared hasta el 22 de julio. Una creación de Vaivén Producciones. Un enjambre de mentiras y medias verdades capturadas por diferentes grados de miedo.