Hoy día hay mucha gente, sobre todo mujeres, que se opera para tener un diastema (espacio entre los dientes). Este defecto bucal fruto de una discordancia entre encía y dientes, que desde siempre se ha operado para hacerlo desaparecer, se convierte ahora en un “objeto de deseo”. La cantante Vanessa Paradis, que decidió no operarlo por considerarlo marca única suya, es el referente.

Este inexplicable cambio de cánones que a muchos sorprende es algo que lleva sucediendo desde que el hombre pisó la tierra y vio su reflejo en el agua. Es decir, fue consciente de que su presencia provoca algo en los demás y en él mismo, sea rechazo o atracción.

La belleza es más objetiva que subjetiva

La belleza se encuentra en algo, sea real o imaginario, que nos provoca placer. Por su propia definición cabe pensar que no hay nada más subjetivo. Y es lógico pensarlo, ya que no a todos nos atraen las mismas cosas ni con la misma intensidad.

Sin embargo, se observan dos razones de peso que verifican la premisa inicial: la belleza sí puede considerarse un valor universal, que toda persona de cualquier cultura es capaz de reconocer porque lo lleva impreso en su psique. Es cierto que admite variaciones en sus manifestaciones externas (que se advierten fácilmente) según la cultura o época, pero no en su esencia.

La belleza se asocia a la idea de bien

Una primera idea es que, a pesar de los cambios sufridos por los cánones de belleza, se mantiene la idea de fondo que asocia a la belleza con el bien. En los cuentos que se narran a los niños, el personaje malo y de oscuras intenciones es el feo en una mayoría de los casos. Goethe llega a afirmar que consideramos bello aquello que está exento de mal y en armonía con nosotros y con el mundo.

No es una frase simplemente bonita la de Saint- Exupery: lo esencial es invisible a los ojos. En lo que se refiere a la belleza, al menos un cincuenta por ciento de esa afirmación es cierta, ya que etiquetar a alguien de bello suele ser fruto de advertir su belleza interior (su buen hacer, coherencia de vida, simpatía, inteligencia…) y, no menos importante, su atractivo físico, entendiendo que éste lo poseen las personas con salud corporal (que se manifiesta entre otras cosas en tener rasgos simétricos), juventud y medianidad.

También se ha sugerido que el dimorfismo sexual y los rasgos neonatales pueden ser especialmente atractivos.

Las mujeres que se visten de mujeres

Esta cita es de Catherine Zeta Jones. Además de afamada actriz, posee una exuberante belleza entre mediterránea y nórdica. En una entrevista afirmaba que a ella le gustaban las mujeres que vestían de mujeres. Esto salía a raíz de la tendencia andrógina que se ha ido extendiendo en muchas pasarelas de renombre, y en muchos iconos de moda.

Pero vestir como un hombre cuando se es mujer, o viceversa (es decir, no dejar claro el sexo al que se pertenece), no despierta más interés ni más atractivo. Al contrario, se ha demostrado que es la clara diferenciación entre hombre y mujer lo que más atrae.

Detrás de los cánones hay factores en común

Visto todo lo anterior, llegamos a la segunda razón por la que cabe pensar que la belleza no es tan relativa como pensamos. Más bien es una consecuencia lógica de lo citado hasta ahora.

Se comprueba que los cánones, en el fondo, no han cambiado tanto.

Por ejemplo: en el siglo XXI, seguimos admirando el glamour que derrochaba Marilyn Monroe, aunque este siglo encarnado en la figura de Scarlett Johansson. El hombre perfecto que propusiera Da Vinci en “El Hombre de Vitruvio” podría ganarse la vida hoy día como modelo. Las niñas de todo el mundo seguirán pensando, como hasta ahora, que La bella durmiente, La sirenita, La bailarina que bailaba para el soldado, Blancanieves y hasta su propia madre son los seres más hermosos del mundo.

Incluso ésta última más que las demás, porque descubren en ella un ser bueno en cuyo corazón solo hay buenos deseos.