En el capítulo seis, Don Quijote compara a los caballeros andantes con la nobleza de salón: "Va mucha diferencia de unos a los otros; porque los cortesanos, sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la corte, se pasean por todo el mundo mirando un mapa (...); pero nosotros, los caballeros andantes verdaderos (...), medimos toda la tierra con nuestros mismos pies...".

Ya medimos en otro artículo la anchura de La Mancha, si no con nuestros mismos pies, al menos sí con el diámetro de los neumáticos de una Yamaha. También recorrimos las dos partes de su novela, buscando las más notables características de su técnica narrativa. Ahora vamos a recorrer algunos puntos de la filosofía cervantina que se trasluce a través del Don Quijote, auténtico mapa de las pasiones humanas.

Relativismo

Igual que el perspectivismo es una de las características narrativas de El Quijote, también el relativismo en lo referente a las ideas. Cervantes en su búsqueda de verosimilitud y de realismo no puede pasar por alto que cada uno ve las cosas a su manera. Así, se precia de introducir, como contrapunto al idealismo de Don Quijote, el realismo de Sancho. Como en el prólogo: “Yo no quiero encarecerte el servicio que te hago en darte a conocer tan noble y tan honrado caballero, pero quiero que me agradezcas el conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza...”.

Dice Don Quijote hablando de Dulcinea: “píntola en mi imaginación como la deseo” y antes “eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa”. Él no percibe el mundo distorsionado, sino que lo amolda a como quiere que sea. Y a veces parece incluso que se burla de este aspecto, como cuando dice “de haberse convertido el jaez en albarda no sabré dar otra razón si no es la acostumbrada: que como estas transformaciones se dan en los sucesos de la caballería...”.

Religiosidad

A pesar de su profundo catolicismo, sus años recluido entre musulmanes y el ambiente de la época, marcado por la irrupción del protestantismo, hacen que adopte también cierto relativismo en cuanto a la religión. El mejor ejemplo se produce al inicio de la segunda parte, cuando hablan nuestro héroe y el cura. Este le niega la existencia de Amadís y, ante la desesperación de aquel y por ver hasta dónde llega su locura, le pide que le describa cómo eran los personajes caballerescos.

Don Quijote se los va describiendo uno a uno, tal como se los imagina. Pero luego el cura le pregunta cuánto debía medir un gigante y él le contesta que hay dudas de que existieran, pero que como la Biblia cita a Goliat, debían existir. El cura reacciona riéndose de su simplicidad, pero ¿quién es el simple? Cervantes está comparando la fe de Don Quijote en los libros de caballerías con la fe ciega de las religiones en sus libros sagrados.

Don Quijote y Sancho Panza podían haber salido a los caminos a ser santos o pastores entregados a la vida bucólica (cosas ambas que el escudero le propone), si no fuera porque como él dice “tengo más armas que letras; y no todos pueden ser frailes...”.

Tres siglos antes de la escritura del Quijote un joven de la ciudad de Asís se vuelve “loco” ante un pasaje de San Mateo y decide imitar a Jesús, despojarse de sus riquezas y salir a la calle a “buscar aventuras” y a predicar. Es un quijote al que no tomarán por loco sino por santo: San Francisco de Asís. ¿No es lo que hace Don Quijote?, solo que como él es “más de armas que de letras”.

Ética para el lector

El conocido refrán castellano que tanto impresionó a Ortega y Gasset, "un hombre no es más que otro", lo completa Don Quijote: "...Si no hace más que otro". También Sancho lo expresa a su modo: "Cada uno es hijo de sus obras". Podemos ver atisbos de protestantismo y, sobre todo, un eco de la Ética a Nicómano de Aristóteles en sus palabras. Para este, los hábitos virtuosos hacen al hombre virtuoso, y no al revés. O sea, parafraseando el refrán, los hábitos sí hacen al monje.

Cervantes era un hombre de acción. Y valora, sobre todo, los hechos y las acciones humanas. Son la única regla con la que se puede medir la valía de un hombre: la nobleza de sangre, la condición de cristiano viejo, la apariencia... no significan nada para él. Además, el concepto de honor y de honra que él usa difiere de la concepción típica de la época, basada en la opinión que se tiene de alguien y no en su virtud, que es donde Cervantes la cifra: “La verdadera nobleza consiste en la virtud”, dice Dorotea en el capítulo treinta y seis. Un hombre es lo que hace.

Elogio de su locura

A Don Quijote se le puede tomar por loco, pero aunque lo estuviera, no hay que olvidar que estamos en una época en la que se elogia la locura. El es un hidalgo que quiere ser caballero andante, crea un personaje al que empieza por poner un nombre, lo cual es ya significativo, se pone su disfraz y sale a buscar aventuras. Cuando dice “yo sé y tengo para mí que voy encantado, y eso me basta para la seguridad de mi conciencia”, ¿no esta diciendo que prefiere creer que va encantado?

“Después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal...” le dice al canónigo que les acompaña mientras va enjaulado. La profundidad psicológica de la novela se puede comprender simplemente con un dato tangencial. Sigmund Freud aprendió español únicamente para poder leer El Quijote en la lengua en que fue escrito.

La cárcel son los otros

Cada uno es lo que quiere ser... o lo que le dejan. Así, en la primera parte los personajes se empeñan en no dejar a Don Quijote ser lo que quiere ser: caballero andante. Pero en la segunda, y al final de aquella, le siguen el juego a modo de burla, y serán ellos los que digan ver, por ejemplo, castillos en las ventas... y será Don Quijote el que les desmienta, ante lo que ellos recurrirán a la explicación de los encantamientos.

Su locura acaba en el último capítulo, poco antes de su muerte, donde dice que “yo ya no soy Don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano...”. Él ha dejado de ser Don Quijote, pero lo había sido. Su locura consiste en pensar y actuar como los personajes de la literatura. Pero él es un personaje literario. Y, como siglos más tarde los Seis personajes en busca de autor de Pirandello, lo sabe.