
- Hijos felices tras un divorcio - M.Montero
¿Aunque él o ella hayan sido inadecuados maridos o esposas, tras el divorcio han de ser también, necesariamente, malos padres o madres? Si eran buenos progenitores cuando vivían en pareja, no dejan de serlo después, por lo que no se debe privar a los hijos de su amor, sólo por el hecho de que los cónyuges ya no se soporten.
Porque aunque la gran mayoría de las separaciones suponen procesos tremendamente dolorosos y difíciles para los adultos, tras ellas nunca deben olvidar su principal obligación: evitar todo el sufrimiento posible a los hijos. No sólo porque de ello depende en gran parte su felicidad futura, sino simplemente porque no se pueden defender.
Pero además necesitan oír, textualmente, que no son los culpables de la situación, y que ambos padres luchan por llevárselos consigo porque –ambos- los quieren.
Cómo hablar con el ex o la ex sin hacer infeliz al hijo
No todos los hijos oyen a sus padres divorciados ponerse verdes entre sí, ya que existen soluciones para las situaciones más delicadas.
- Cuando se necesita discutir un tema desagradable con la expareja, se puede:
- Introducir una carta cerrada en la maleta del niño diciéndole que son cosas de papá y mamá de las que no se tiene que preocupar.
- Hablar por teléfono con el cónyuge cuando el niño esté dormido.
- Cuando ambos padres se encuentran presentes ante el niño, se puede:
- Sonreír y actuar con normalidad ante hijo y progenitor (aunque se sufra por dentro)
- Hablar del otro en los mismos términos que antes, en lugar de ignorarle: “ahora te vas con papá/mamá un ratito que también quiere estar contigo. Que lo paséis bien”
- Cuando se esté a solas con el hijo y haga preguntas comprometidas, se puede:
- Si son pequeños, explicarles las cosas de forma sencilla, o ante situaciones realmente embarazosas recurrir al “ya lo entenderás cuando seas mayor”.
- Dejar que, con la adolescencia, descubran por sí solos los defectos del que ya no está, sin opinar directamente sobre él, o utilizando evasivas como: “cuando nos casamos nos queríamos mucho, pero a veces las personas cambian con el tiempo”.
- A los casi adultos se les debe contar la propia versión sin agresividad, y luego añadir: “pero pregúntale a tu padre/madre porque también tendrá la suya”, lo que les ayudará a formarse una opinión y a valorar la sinceridad del que les habla.
- Les hace felices:
Ver lo más posible al que se ha marchado; para lo que habrá que pensar siempre antes en el bien del niño que en los propios sentimientos. Si el ausente puede vivir cerca, aunque sea en peores condiciones, mejor que mejor.
Poner fotos de la expareja en la habitación del hijo (aunque sea en un rincón discreto, si hacen sufrir al cónyuge que vive en la casa).
Hablar de las cualidades que tenía el /la otro/a antes del divorcio: “se me ha quemado. Papá si que cocina bien ¿eh?”
- Les hace desgraciados:
Oír criticar constantemente al que no está. Es la mejor manera de que decidan vivir con él o ella a los 18 años, para comprobar si se tenía razón al ponerlo/a verde.
Colmarlos de regalos para paliar el poco tiempo que se pasa con ellos. Se les convierte en egoístas y aprenderán a querer tan sólo en función de lo que se les de.
La debilidad del que se queda, pues necesitan sentirse seguros. La provocase quien la provocase, la separación no puede conllevar dejar que el niño agreda (cuando es pequeño) o insulte (cuando crezca).
Impedir que se relacionen con su familia “política”, porque siguen necesitando a sus abuelos, tíos y primos del “otro lado”, para sentirse queridos.
Las terceras personas o las nuevas parejas pueden querer a los hijos del cónyuge
Cuando la separación la provoca una tercera persona es cuando más odio genera en el/la abandonado/a. Sin embargo, dicha animadversión puede volverse contra el propio hijo si uno se refiere a la nueva pareja del ex en términos peyorativos, ya que el niño se encontrará indefenso en el campo del “enemigo”.
Mucho más absurdo resulta criticar a una pareja posterior -que ni existía durante el divorcio-, y que puede llegar a querer de corazón a nuestra descendencia, con la que, no olvidemos, convive. Tanto en este caso como en el anterior un “te agradezco mucho lo bien que te portas con mi hijo” en la maleta hace milagros.
Por último, si se rehace la vida y se tiene que convivir con hijos de matrimonios anteriores, lo ideal es, aún hablando de todo delante de ambos cónyuges para no aislar a ninguno, que cada uno se ocupe de educar a los suyos, una vez previamente unificadas estrategias a solas.
Si posteriormente se tienen más hijos, podrán educarse en común.
(Mas información: "Hijos felices de parejas rotas", Donata Francescato. Ed. Ariel)
