Sucedió en el año 2003. El investigador académico, escritor y periodista Ray Moynihan se sentó frente a la pantalla de su ordenador. Hacía apenas unas horas que acababa de publicar un duro informe contra la industria farmacéutica y la manipulación que ésta ejercía de los criterios médicos en función de sus intereses comerciales y económicos. Ray miró con asombro a su bandeja de entrada, llena de respuestas de profesionales que le daban su apoyo.

La conferencia de Cape Cod

En mayo de 1997 tuvo lugar en Cape Cod (Nueva York) la que sería conocida como "The Cape Cod Conference", un encuentro de especialistas médicos organizado a iniciativa de nueve compañías farmacéuticas, y en el que los especialistas reunidos deberían determinar el perfil clínico de la "disfunción sexual femenina".

El hecho de determinar un perfil clínico y una definición clara de dicho trastorno era algo completamente imprescindible para desarrollar un tratamiento farmacológico. Todos los asistentes a aquél encuentro habían sido previamente elegidos por las compañías farmacéuticas organizadoras del evento. Los parámetros marcados por las compañías organizadoras era muy claro: "diseñar la estrategia adecuada para crear una nueva patología en función de sus intereses comerciales y económicos".

El éxito de Pfizer y de Viagra

El éxito de la empresa Pfizer en 1998, al comercializar su medicamento conocido como Viagra y orientado a resolver los problemas de la disfunción sexual masculina hizo preguntarse a los directivos de la compañía sobre la posibilidad de conseguir un éxito similar con un producto dirigido al sexo femenino.

De esta forma, en octubre de 1998 se celebró, promovida por ocho compañías farmacéuticas, la primera conferencia internacional en busca de un consenso clínico sobre la disfunción sexual femenina. Curiosamente, 18 de los 19 autores que participaron en la formación de esta nueva definición confesaron tener intereses directos con las compañías farmacéuticas organizadoras de la conferencia.

Una definición interesada

La definición de la nueva enfermedad contenía varios pasos para identificar a la población enferma. Estos pasos eran los siguientes: 1) Se elaboró una lista con siete síntomas, 2) se pasó la lista en forma de cuestionario a un grupo compuesto por 1500 mujeres, 3) cualquier respuesta afirmativa una sóla de las preguntas se consideró como criterio suficiente para diagnosticar la enfermedad. Una de la preguntas era sobre la ausencia de deseo sexual.

Tal y como se recoge en el libro de Teresa Forcades, "Los crímenes de las grandes compañías farmacéuticas", bastaba con que las mujeres respondieran de forma afirmativa a la ausencia de deseo sexual durante los dos últimos meses, daban igual los motivos, para que fueran consideradas como enfermas disfuncionales y pasaran a formar parte del porcentaje de candidatas potenciales para el tratamiento a desarrollar.

En los años 2000 y 2001 la compañía norteamericana Pfizer promovió dos nuevas conferencias en Boston, junto a otras veinte compañías farmacéuticas. La excusa para estas conferencias era la creación del Fórum para la Función Sexual Femenina, un grupo de trabajo creado en una reunión anterior en la que más del 50% de los asistentes habían reconocido tener intereses en la industria farmacéutica.

Una denuncia muy oportuna

En el año 20036 el periodista, investigador y escritor Ray Moynihan denunció los intereses y la manipulación a la que era sometida la opinión pública por las grandes compañías farmacéuticas. La denuncia, realizada a través de la prestigiosa revista médica "British Medical Journal", explicaba la manipulación a la que eran sometidos los criterios médicos en función de los intereses comerciales de las farmacéuticas.

Prohibición de la agencia reguladora

Pero el verdadero mazazo lo dio la agencia reguladora de los medicamentos de Estados Unidos, cuando en 2004 prohibió la comercialización del primer medicamento orientado a la disfunción sexual femenina. Los estudios clínicos que habían sido presentados para su aprobación habían sido financiados y supervisados por las farmacéuticas Proctor y Gamble.

Estos estudios habían sido presentado de forma que quedaran salvaguardados los intereses comerciales y económicos de las compañías farmacéuticas, y en ellos se habían presentado como beneficios lo que eran unos probables y peligrosos efectos secundarios (posibilidad de enfermedad cardíaca, etc..).

Tal y como afirma Teresa Forcades "la disfunción sexual femenina,a igual que cualquier otra enfermedad, tiene que ser estudiada en función de los intereses médicos de las mujeres afectadas y no en función de los intereses económicos y comerciales de algunas de las empresas más ricas del planeta.