Las diferencias naturales en las características humanas, si bien, en algunos casos son exaltadas y admiradas, en otros, derivan en rechazo, incomprensión o discriminación.

¿Qué factores hacen que las personas acepten ciertas características como “buenas” o “malas”?, ¿Hemos construido un tejido social que contempla una actitud poco tolerante hacia lo diferente?, ¿Nuestros valores estéticos, económicos y sociales son vigentes?

Estratificación social

El sincretismo cultural, resultado tanto de la migración natural de las comunidades como de la globalización, han modificado nuestra forma de relacionarnos con los demás en lo que se presenta socialmente como una batalla entre la conservación de rasgos propios y la adopción de otros.

Lo anterior, influye en la manera en que las sociedades se conforman y conviven, distinguiendo entonces unos sectores de otros de acuerdo a rasgos que les hagan sentir su pertenencia o no a un grupo determinado. De tal manera, es común encontrar en una misma ciudad desde clubes sociales o centros de esparcimiento exclusivos hasta colonias o zonas residenciales que se diferencian de otras con base en características sociales o económicas, preferencia religiosa e incluso origen étnico.

Esta “diferenciación” del tejido social en sectores, derivado en parte como respuesta a necesidades naturales de comodidad, familiaridad o de ubicación, también se ha deformado en disgregación social, exclusión y discriminación.

¿Legado incómodo?

En México, de acuerdo al Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) la población indígena asciende a 7 millones, los cuáles hablan alguna de entre las 89 lenguas indígenas existentes en el territorio.

Cada una de las comunidades indígenas que prevalecen en el país posee una idiosincrasia determinada y cosmovisión propia que se expresa día a día no sólo en sus tradiciones ancestrales sino en su interacción con los demás.

La extensa labor antropológica realizada en territorio mexicano, ha permitido que en la actualidad se pueda difundir internacionalmente la riqueza histórica, cultural, étnica e intelectual que los indígenas asentados en esta geografía obsequiaron al mundo.

Es así como tenemos de los mayas la invención del cero y sistema decimal; de los aztecas sus valiosas observaciones astronómicas que derivaron en el calendario solar, conocido como “La Piedra del Sol” o de los teotihuacanos sus imponentes pirámides y arte mural, por mencionar algunos.

Sin embargo, pese al valor que se le puede otorgar a los conocimientos heredados por estas comunidades y que aún conservamos vigentes, en México la exaltación de los indígenas antiguos y la denigración de los indígenas actuales, es una realidad.

México: multiétnico y multidiscriminatorio

Antropólogos sociales afirman que la discriminación por condición racial en México se manifestó claramente desde la época de la Conquista española (1519-1521) y se intensificó en el periodo colonial con la aparición de la denominada “Casta divina” u oligarquía, que representaba a las familias dominantes que, en su gran mayoría eran criollos o mestizos.

La discriminación no sólo fue racial sino también religiosa. Se instituyó el catolicismo como religión oficial, se derrumbaron templos y con ellos la identidad de un pueblo que fue educado durante siglos a valorar bienes y atributos que no correspondían a su idiosincrasia sino a formas eurocentristas de ver el mundo.

Actualmente, los grupos indígenas continúan dentro de los sectores vulnerables de la sociedad mexicana (al igual que las mujeres, niños, adultos mayores y personas con discapacidad). El trato generalizado hacia éstos es de rechazo y de exclusión, ubicándolos prácticamente fuera de la estructura social moderna y vulnerando sus derechos fundamentales.

No es sorpresa entonces que en México se considera ofensivo llamar a alguien “indígena” pues se equipara con ignorancia, pobreza o escaso civismo. El color de piel, la forma de vestir o incluso de llevar el cabello es motivo para ser llamado “indígena” o “naco” (término cuyo origen se ha relacionado con el náhuatl “xinacátl” que significa “desnudo”).

Esfuerzo conjunto

En 2003 se promulgó la ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación (lfped), un año después en 2004 se crea el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), el cuál se encarga de velar por el respecto, la protección y el cumplimiento del derecho a la no discriminación y a la igualdad de oportunidades en México.

El país avanza en la lucha contra la discriminación gracias a una ciudadanía cada vez más abierta a la pluralidad y consciente de la diversidad étnica. Además de contar con organismos como el Conapred, que en su Encuesta Nacional Sobre Discriminación en México (Enadis 2010) señala: “…12 estados del país cuentan con una cláusula no discriminatoria en su constitución; 17 entidades cuentan con leyes para prevenir la discriminación; siete contemplan organismos que conocen de los casos en materia de discriminación (diferentes a las comisiones estatales de derechos humanos); y 13 códigos penales estatales tipifican la discriminación como delito.”

A lo anterior se suman la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) y la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), organismos que evalúan las acciones de gobierno en pro de este sector de la sociedad y pugnan por la preservación de las comunidades indígenas en nuestro país, así como el respeto a sus derechos básicos como individuos.

“Las ideologías nos separan, los sueños y la angustía nos unen” Eugene Ionesco

La discriminación es un mal con muchas aristas que despersonifica a los individuos y los excluye por su condición racial, étnica o laboral; preferencia religiosa o sexual; su edad o género; situación económica, social o capacidades físicas diferentes, entre otras.

La prepotencia e intolerancia son características que acompañan el actuar discriminatorio. Las transgresiones de las que es víctima la persona que sufre discriminación son huellas que a su vez generan rencor y animadversión hacia el resto de la sociedad.

Como individuos habría que trabajar en construir una sociedad consciente de la pluralidad, capaz de reconocer y respetar la diversidad ideológica, física y emocional del ser humano, un ejercicio que en vez de vulnerar nuestro núcleo social, lo enriquecerá y además ampliará nuestra visión de un mundo donde las diferencias pueden ser nuestra mayor fortaleza.