Todas las religiones creadas con intención de conducir al hombre hacia Dios, son antológicamente iguales. No hay religiones superiores ni inferiores. Las diferencias se basan en su inconfundible modo de plantear sus objetivos.

El Budismo se consolida como la religión del sosiego mental, el Cristianismo como la religión de la caridad, el Hinduismo la religión de la mística, y el Islam, de la contestación ante la tiranía. Obviamente las religiones abarcan todas las necesidades del ser humano, de otra forma no hubieran llegado a ser religiones de masas, pero estos rasgos son lo esencial de ellas.

Por el contrario, los barreras que algunas religiones deben sortear son: el Judaísmo, su excesivo ritualismo y la creencia de ser el “pueblo elegido”; el Cristianismo, la ausencia de una sana comprensión de la sexualidad humana; el Hinduismo, su complejidad metafísica; el Budismo, su dificultad de adiestrar físicamente al mundo occidental; y el Islam, el tema del relegamiento de la mujer.

¿Cómo es Dios?

Mientras el Cristianismo y el Judaísmo creen en un Dios personal, con la capacidad de consuelo como un padre o un amigo, el Hinduismo y el Budismo tienen la idea de un Dios cósmico intelectualmente poderoso. Sólo el Islam, debido a su compleja realidad teológica, mantiene ambas posturas.

Superficialmente, las religiones de hoy en día parecen diferir mucho unas de otras. Pero si les quitamos las diferencias producidas por el clima, el idioma, su tierra nativa y otros factores específicos, son sorprendente similares.

Catolicismo versus Budismo

Si tomamos el Catolicismo de Occidente y el Budismo de Oriente y pensamos que no pueden tener nada en común, veremos que ambas comparten muchos ritos y ceremonias: el uso de velas, incienso, agua bendita, imágenes de santos, devocionarios y hasta la señal de la cruz. Ambas tienen órdenes de monjes y monjas, y se caracterizan por el celibato de los sacerdotes, días de fiesta sagrados y alimentos especiales.

Esto se debe a que tienen ciertas enseñanzas y creencias que son universales: el alma humana es inmortal, hay una recompensa celestial para los buenos y tormento eterno para los malos, existe un purgatorio, se cuenta la historia de dioses o semidioses que vivieron entre los humanos y produjeron descendencia sobrehumana, hay una diosa madre de Dios o reina del cielo, y un diluvio catastrófico que devastó a casi toda la humanidad.

El Paraíso

Muchas religiones hablan de una “edad de oro” que fue cuando comenzó la humanidad. No existía la culpa y los hombres eran felices en estrecha comunión con Dios y no existían enfermedades ni muerte. De ahí se desprende que Dios creó al primer hombre y a la primera mujer y los colocó en el paraíso. Fueron felices hasta que al poco tiempo se hicieron rebeldes, por lo que perdieron el paraíso y pasaron a una vida de trabajo, dolor y sufrimiento.

Con el tiempo, la humanidad se hizo tan mala que Dios castigó a los hombres enviando un enorme diluvio que destruyó a toda la gente excepto a una familia. Al multiplicarse esta familia, algunos descendientes formaron un grupo y empezaron a edificar una inmensa torre en desafío a Dios. Dios frustró su proyecto al confundir su idioma y dispersarlos hasta los extremos de la Tierra.

¿Secta o religión?

Consciente o inconscientemente, se asume que profesar una religión está bien y pertenecer a una secta está mal. La secta sugiere algo negativo, una connotación despectiva derivada de los casos que, desde Jonestown (con Jim Jones invitando al suicidio a 900 personas), se han sucedido llevando a sus seguidores a la muerte.

Pero, ¿por qué dejamos que lo establecido por tradición, costumbre familiar, lugar de pertenencia, antigüedad, poderío político, social o económico, se acepte como favorable para el individuo, si vive bajo el continuo temor de que un error lo condenará al infierno eterno por cometer un pecado, decir una blasfemia o romper alguna regla sagrada impuesta por seres humanos tan imperfectos como él?

Las sectas satánicas no existirían si no hubiese una fe, cuyo pilar fundamental es la supuesta lucha contra el mal, al cual se ha personificado y dotado de toda una historia de desobediencia a las reglas de su dios. Las autoridades religiosas de alto poder insisten en asegurar a sus fieles que el diablo existe y deben cuidarse de él. La forma de hacerlo, por supuesto, es continuar siendo devotos a su fe y no desobedecer a sus respectivas autoridades.

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