Como simples seres vivos, todo aquello que nos rodea nos provoca filias y fobias que se traducen en reacciones de atracción o rechazo. En estas relaciones causa-efecto instintivas puede encontrarse la base del fenómeno de la atracción sexual de las especies. Pero, además, como seres humanos conscientes, procesamos estas reacciones instintivas y las enriquecemos sentimentalmente logrando manifestar la atracción hacia nuestra persona amada con una gran variedad de matices.

La fisio-química del amor

Puede que incluso a escala atómica se insinúe ya una incipiente sexualidad, si observamos cómo los protones femeninos son de algún modo asediados por los activos electrones hetero-masculinos, contando además con la inquietante presencia de los homo-neutrones; y que ello explique muchos de nuestros comportamientos como especie socialmente evolucionada.

Los humanos al estar formados por moléculas y células, que de una manera natural sienten atracción o repulsión hacia determinados elementos de su entorno, reaccionamos químicamente a favor o en contra. Un hombre primitivo siente frío, eso le repele, y mata a un animal para cubrirse con su piel; una mujer siente en su seno el atractivo calor de un bebé, eso le complace, y lo amamanta.

Como curiosidad, a la vista de cómo un imán atrae los objetos de hierro, podríamos especular acerca de si su magnetismo no podría también ser otra forma primitiva y peculiar del fenómeno amoroso, y de si ello induce en las moléculas del imán algún sentimiento de placer. Nadie ha probado que no sea así.

El amor propio

Hay aspectos del amor que afectan al sujeto pasivo del mismo, referidos a la sensación placentera que produce sentirse amado. Y aquí se plantea una interesante cuestión acerca de si quien ama es egoísta o altruista al amar. De si se ama para auto proporcionarse placer, o para proporcionar placer al ser amado. Conocer la esquiva respuesta a esta inocente "pregunta del millón" resolvería con seguridad gran parte de los problemas de pareja.

Si damos por buena la existencia del amor egoísta, se le puede adornar aún más con toda una serie de adjetivos en la misma línea: amor de un solo día, amor de usar y tirar, amor interesado, amor posesivo, amor físico o amor sádico.

En contraposición, existe también un amplio abanico de posibilidades dentro de la categoría del amor altruista (por definición, el verdadero amor) que complementan al egoísta: amor eterno, amor fiel, amor desinteresado, amor entregado, amor platónico o amor masoquista.

Los extremos del amor

Se conocen muchas clases de amor, todas casi siempre oscilando en diversos grados de un extremo al otro de su categoría. En función de los sujetos pasivos o activos implicados existe por ejemplo el amor a sí mismo, amor a la pareja de uno, amor a la pareja de otro, amor paterno, amor filial, amor al prójimo, amor a la patria, amor a la humanidad, amor a Dios (por ende, amor al universo).

Pero en lo que respecta a la funcionalidad del amor hay que señalar que la más transcendental justificación del amor no es otra sino la de perpetuar el milagro de la vida; o más adecuadamente asegurar la no extinción de una determinada especie. Este es el destino crucial en donde conceptos biológico-sociales subjetivos que nos parecen muy importantes como el sexo y el amor, se subliman en conceptos objetivos infinitamente más universales como la maternidad y la descendencia.

Amor en compañía

Cuando el amor se comparte con otras personas, las posibles variaciones se multiplican entonces visiblemente. El amor a la pareja se puede extender a la pareja amante, al trío consentido, a la bigamia, a la poligamia, al harén al estilo musulmán, a la comuna... o llegar hasta la promiscuidad total de enamorarnos de cualquiera que nos pase por delante.

En estos casos se plantea la conflictiva interrogante de la exclusividad en el amor; de si se puede admitir la posibilidad de amar simultáneamente a más de una persona a la vez. Porque lo que curiosamente nadie cuestiona en nuestra sociedad es que sí se puede amar con la misma fuerza a un número indefinido de personas, siempre que ello se produzca secuencialmente; como es el caso de los sucesivos noviazgos apasionados propios de la juventud, o los divorciados o viudos que contraen nuevas nupcias.

En cualquier caso, el derroche de vistosos corazones rojos que en el Día de San Valentín pretende otorgar a ese órgano un protagonismo amoroso inadecuado, debería siempre adjudicarse más apropiadamente a los átomos originarios de nuestras células, o mejor aún a nuestra evolucionada y compleja mente consciente.