El deseo sexual tiene sus raíces en el instinto natural de los sexos. La naturaleza se sirve del instinto para sus fines. A la naturaleza lo que más le importa es que la especie se perpetúe y las relaciones amorosas son el medio del que se sirve para la continuidad de las futuras generaciones. Por tanto, sin darnos cuenta, contribuimos con la voluntad de la especie, proporcionando vida.

Pero el instinto sexual en el ser humano no es solo biológico, sino que también vale para comunicarnos, para conocernos íntimamente, para amarnos y trasmitir afectividad, ternura o admiración. Y, así, el instinto se impregna de amor y de ilusión, creando vínculos duraderos, necesarios en la naturaleza humana, a la que le interesa motivar la voluntad del individuo y que el deseo sexual beneficie definitivamente a la especie. Es decir, el amor es el medio principal que esta última utiliza y está orientado, sobre todo, a la reproducción.

El deseo sexual es diferente en el hombre que en la mujer

Los hombres y las mujeres tenemos los mismos derechos; esto es algo incuestionable. Pero no tenemos los mismos deseos. El deseo sexual en el hombre es casi instantáneo y se desencadena más fácilmente a partir de estímulos visuales que en la mujer, lo que explica por qué los hombres consumen más pornografía y prostitución. En cambio, para las mujeres el deseo está más ligado a la palabra que a la imagen.

Los pensamientos sexuales fluyen en el cerebro masculino muchas más veces al día, por término medio, que en el de la mujer, donde ocurren solo una vez al día, o, quizás, tres o cuatro veces en sus días más fértiles.

El hombre es, por naturaleza, “hipersexual”; la mujer “hiposexual”

Esto se explica porque los hombres tienen una alta producción de testosterona. Esta hormona mantiene, generalmente, al hombre dispuesto siempre para las relaciones sexuales, mientras que la mujer depende más de los ciclos hormonales. Como el deseo sexual tiene por fundamento un instinto dirigido a la reproducción de la especie, a la naturaleza le interesa que el hombre sea más activo sexualmente, ya que el hombre puede engendrar con facilidad más de cien hijos en un año, si tiene mujeres a su disposición, y la mujer, por el contrario, aunque estuviese con otros tantos hombres, no podría tener más de un embarazo cada año.

Esto lleva consigo que el deseo sexual en el hombre sea más fuerte y más constante, hora tras hora y día tras día, que en la mujer, para la cual dicho deseo obedece, más bien, a los ciclos hormonales. Por ejemplo, se ha demostrado que las mujeres están más predispuestas a las relaciones sexuales durante los días posteriores a la ovulación, que son los días fértiles, en tanto que los hombres suelen ser fértiles por naturaleza durante todo el mes y, en general, siempre están dispuestos a compartir su prodigalidad, una condición perpetua que Baumeister, catedrático de psicología de la Universidad norteamericana del Estado de Florida, denomina la tragedia del impulso sexual masculino.

El hombre aspira al cambio

Aunque hay algunos hombres que son fieles y satisfacen su impulso sexual sin tener que recurrir a otras mujeres, hay muchos otros que, aunque quieran mucho a su pareja, son incapaces de controlar el impulso sexual y tienden a buscar estímulos nuevos, manteniendo relaciones casi siempre de tipo sexual, sin implicación emocional, puesto que el hombre, a diferencia de la mujer, tiene la capacidad de separar fácilmente lo sexual de lo emocional. La mujer, en cambio, suele permanecer fiel a un hombre, porque la naturaleza, por instinto, le lleva a conservar junto a ella a quien le ayuda a alimentar y proteger a su familia, tendiendo a la estabilidad e implicando en sus relaciones no solamente el sexo, sino las emociones y los sentimientos.

De modo que la fidelidad en la pareja es artificial para el hombre y natural para la mujer y, por consiguiente, "a causa de sus consecuencias contrarias a la naturaleza, la infidelidad de la mujer es mucho más criticable y menos perdonable que la del hombre". (Schopenhauer).

A la naturaleza no le preocupa cómo se lleve la pareja

Puesto que a la naturaleza lo único que le interesa es la procreación, la ilusión instintiva que sentimos cuando nos enamoramos es, en realidad, la estrategia que dicha naturaleza utiliza para conseguir sus fines. Que, después, la pareja discrepe y que ambos se den cuenta de que no tienen nada en común y de que existe un desacuerdo absoluto en todo, no es ya asunto de la naturaleza. Si reflexionamos seriamente, podremos explicarnos así la enorme cantidad de divorcios que se producen a diario, aunque haya hijos de por medio.

Todo ello demuestra que es la naturaleza la que interviene con más fuerza en los comportamientos sexuales.