Autor de "Desayuno en Tiffany's", se peleó con Gore Vidal, nunca fue amigo de Audrey Hepburn y se acostó con Errol Flynn y Marlon Brando quien luego quiso vengarse de él con un puñetazo. Nunca le gustó la política; pero adoraba el poder, el dinero, la fama, el éxito, el caviar, el buen vino, la cocaína y los hombres jóvenes como Edith Piaf. Escribía con ambición y vivió con lujuria.

Truman Capote y The New Yorker

Primero trabajó como corrector para The New Yorker; pero sólo era una táctica. Sin haber pisado jamás una universidad, él quería que esta revista publicara sus cuentos y de paso dar clases de periodismo a esos mecanógrafos que no hacían nada salvo dar latigazos a las máquinas de escribir. ¡Qué equivocados estaban! Si querían hacer periodismo, ellos mismos debían vestirse de verdugos y darse latigazos sin que les temblara la mano.

Como Truman narra en su cuento “Recuerdo navideño”, él recibió varios regalos de Navidad. Uno de ellos fue un látigo.

El crismas decía: “Cuando Dios nos concede un don, éste viene atado a un látigo. Y ese látigo está hecho para autoflagelarnos”.

Muy obediente Truman comenzó a escondidas a darse latigazos. A cada renglón, venía un nuevo azote; y su ser de 160 centímetros se hundía cada vez más en un pozo negro. Siendo un chico hermoso del sur, con una pose de chico Cadinot, se vistió como un verdugo del Ku Klux Klan, de rodillas, con la espalda hecha jirones.

Truman Capote, otro talento que no ganó el Nobel

Sin embargo el primer latigazo resultó musical a sus oídos cuando consiguió que la célebre revista Mademoiselle publicara uno de sus mejores cuentos, “Miriam”, la historia de una niña malévola que asusta con sus apariciones a la vieja señora Miller.

Su aparición en escena parecía sacada de un libro de Edgar Allan Poe a quien admiraba alocadamente. Con sorpresa, los críticos que le concedieron el premio “O’ Henry” se preguntaban de dónde había salido esta adorable criatura que no se sabía el alfabeto; pero escribía muy bien. Increíble; pero cierto.

Con el desparpajo de un niño listillo el pequeño Truman argumentó que se había pasado escribiendo desde los 8 años y que el látigo que Dios le dio era el artilugio de su éxito.

Con 4 años lo llevaron a vivir con sus tíos, los granjeros de Alabama, porque su madre Lillie Mae había huido a Nueva York dispuesta a encontrar un marido rico. Si la llevaron a desayunar con diamantes en Tiffany’s, eso se lo inventó Truman para escribir su futura novela. Lo real es que su madre regresó por él, no sin antes, haberse cambiado de nombre y, de paso, toda una cazadora, haberle encontrado un padre postizo, Joe Capote. El niño no le dio ni las gracias; pero al menos no tuvo mucho que imaginar sobre cuál sería su apellido artístico: Capote. Y tenía que darse prisa para ello porque pronto se haría famoso.

"Desayuno en Tiffany's" y "A Sangre fría", éxitos de venta

De acuerdo con “Desayuno en Tiffany’s”, su libro más célebre antes de que escribiera “A sangre fría”, una prostituta, Holly, se mudaba a Nueva York con un gato al que alimenta; pero al que rehúsa poner un nombre. Truman es esa mascota con uñas que es arrojada a la calle por Holly, el alma gemela de su madre, y que finalmente es adoptada por unos extraños.

Allí en el sur conservador que bien ha retratado George Stevens en su filme "Gigante", en donde el apartheid prohibía a los negros que subieran a los autobuses reservados a los blancos, Truman, un niño afeminado tampoco pudo escapar a la tortura de otros niños blancos con apariencia de Tom Sawyer o Huckleberry Finn.

Sin embargo nuestro felino escritor, pese a la pobreza y al clima hostil de sus compañeros que le tachaban de "marica", fue un gato feliz que comía ratones.

Truman Capote, un homosexual orgulloso

A través de otro de sus cuentos, “Deslumbramiento”, Truman deseoso de tener cuerpo de mujer como su amiga, la voluptuosa Marilyn Monroe, pidió en vano a una falsa bruja que le cambiara de sexo para romper el hechizo de su madre, una bruja con una tiara de diamantes o con culebras en la cabeza.

Lleno de odio contra ella, acabó dando un arañazo en su ataúd. Ella se fue a la tumba avergonzada de tener que prepararle el desayuno a un niño homosexual cuyas manos se movían como las aspas de un molino.

Para Lillie Mae, Truman no solo era gay, sino que era demasiado evidente como para vivir en el armario como Rock Hudson, James Dean, Montgomery Clift y tantos otros homosexuales que reprimieron su naturaleza enfrente de las cámaras.

Truman Capote y su éxito en Hollywood

La venganza consistió en sacar punta a los lápices con una navaja. Pero él no era violento como Perry en "A sangre fría". No iba a clavar la navaja para arrancarle el corazón a su madre; sino para escribir sobre lo que más le atormentaba. Y alcanzó el éxito, con su provocación, su agudeza, su precocidad, su chispa en una sociedad contaminada con el senador McCarthy, su descaro y ese lado temerario que le hizo adicto a las drogas, la cocaína, los somníferos y las amenazas de muerte.

Fue entonces que su inseparable látigo le hizo escribir seis horas todos los días, sin descanso y de paso le convirtió de humilde sureño de Luisiana a Truman Capote, el novelista y guionista del jet set de Hollywood. Así se enriqueció sin tener un pozo de petróleo o una plantación de algodón.