Tener hijos adolescentes es encontrarse con que, si de pequeños los cambios significativos eran respecto al físico, de repente ahora los cambios son de carácter, gustos o pensamientos; es decir, psicológicos. Los jóvenes cambian tan a menudo de maneras de pensar, apetencias o comportamiento, que los padres acaban amoldándose y despreocupándose un tanto de lo que hacen o cómo lo hacen, mientras parezca tan solo algo pasajero.

Por ese motivo, muchas depresiones en adolescentes pasan desapercibidas, hasta que se complican demasiado. Se calcula en diversos estudios que uno de cada ocho jóvenes en edad adolescente sufre de depresión; y eso que, como decimos, el cálculo es complicado porque muchos casos no están diagnosticados.

Los síntomas son confundidos fácilmente con “poses”, reto u oposición a la autoridad de los padres, dejadez, vagancia, rebeldía ante lo establecido, o las populares consecuencias del cambio hormonal. Eso provoca un clima conflictivo que en nada ayuda al joven enfermo, o bien una desidia resignada por parte de la familia, que intenta tener paciencia con las “rarezas” del joven.

Depresión, causas y síntomas

Muchos son los motivos por los que una persona adolescente puede sufrir dedepresión. Puede tratarse de algo derivado de la propia etapa de crecimiento, como el estrés asociado a la normal maduración, la influencia hormonal, conflictos de independencia o reafirmación del carácter frente a los padres. O puede tener un componente añadido y más traumático, como la pérdida de un ser querido, rupturas sentimentales muy interiorizadas, enfermedades, divorcio de los padres, fracaso escolar, o problemas de integración social, agresión, abuso o acoso, etc.

Mientras los cambios anímicos normales tienen una rápida data de caducidad y son aleatorios, la depresión mantiene a los jóvenes en una tristeza y un aislamiento que va a más en el tiempo y que no les permite tener grandes muestras de alegría o bienestar. Esta debería ser la primera señal para la familia para preocuparse por el estado de un menor, pero hay más:

  • Dificultad para tomar decisiones.
  • Irritabilidad, violencia, agitación o inquietud.
  • Cambios en el apetito que, comúnmente, disminuye, pero a veces aumenta.
  • Dificultad de concentración.
  • Episodios de pérdida de la memoria.
  • Habitual cansancio o fatiga, sin motivación.
  • Menospreciarse o sentimiento de minusvalía, desesperanza, tristeza u odio hacia sí mismo.
  • Perder interés en actividades que antes les divertían, o hacerlas a desgana, sin disfrutar.
  • Pensar o hablar acerca del suicidio o la muerte, a veces idealizándolos.
  • Trastornos del sueño, ya sea insomnio, sueño excesivo, o somnolencia diurna.
  • Tendencia a querer estar solo largo tiempo, aislamiento de familiares y amigos, con tristeza y apatía.
En realidad, es difícil hacer un diagnóstico de depresión, a estas edades, pero se recomienda buscar ayuda psicológica si se observan varios de estos síntomas juntos, y que duran varias semanas.

El joven depresivo y su entorno

Habitualmente, ni el propio joven entiende lo que le está pasando. Si se le pregunta, posiblemente le cueste expresar sus sentimientos- síntoma muy común en la depresión, en general- y solo diga que está triste, o intente eludir el tema. La depresión, de por sí, hace sentir al sujeto incomprendido y solo, e incapaz de expresarse.

Muchos jóvenes consiguen enmascarar su depresión, agrupándose con otros adolescentes en “tribus” urbanas que adoptan poses externas de melancolía o “culto” a lo tétrico, como los llamados “emos” o los “góticos”. Lo que podría parecer, al menos, una actitud de sociabilizarse, es en estos casos y en esos grupos, como en otros, altamente peligroso por poder potenciar la tendencia a la tristeza, la negatividad ante la vida y el consumo de productos que crean adicción, o el exceso de alcohol.

Tratamientos

La FDA (Agencia de Alimentos y Medicamentos), en Estados Unidos, prohibió casi todos los fármacos habituales contra la depresión, para el tratamiento de los niños o adolescentes. Los antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS), llevan la advertencia de que pueden potenciar los pensamientos o actitudes suicidas, por lo que pueden incrementar ese riesgo en los menores.

La fluoxetina (Prozac) y el escitalopram (Lexapro) son los únicos medicamentos aprobados por la FDA, para tratar la depresión mayor en niños y adolescentes, en edades de los 12 a los17 años. La fluoxetina también está permitida para niños mayores de 8 años. Cualquier tratamiento farmacológico debe ser recetado y controlado por un especialista médico, y sus instrucciones deben llevarse a cabo minuciosamente. Ningún tratamiento con antidepresivos debe ser abandonado abruptamente.

La psicoterapia suele dar buenos resultados, al facilitar a los jóvenes la oportunidad de expresarse fuera del conjunto familiar o social conocido, haciéndoles sentir en mayor intimidad y sin que nadie les juzgue por lo que sienten o piensan. Además, comprobar que se les dan claves para entender su sintomatología y manejar sus preocupaciones, que no son excepciones y que pueden hacer frente a los sentimientos negativos, les da mayor confianza para encarar el problema.

Existen diversas clases de psicoterapias, por ejemplo:

  • Terapia cognitiva conductista, que muestra formas de combatir los pensamientos negativos. Los adolescentes con depresión aprenden a ser más consciente de sus síntomas, detectar qué es lo que parece empeorar la depresión y las habilidades para la resolución de problemas.
  • Terapia de familia, adecuada si un conflicto de familia está contribuyendo a la depresión. Se potencia el apoyo de la familia, los profesores e incluso los amigos más cercanos, si es necesario para ayudar con los problemas escolares o similares.
Integrarse a un grupo de apoyo, con personas que están experimentando problemas como el suyo también puede ayudar.

En contados casos, puede ser necesario el ingreso en una unidad psiquiátrica, para pacientes que sufren una depresión severa o corren alto riesgo de intento de suicidio.

Los tratamientos psicológicos tienen un alto grado de resultados positivos, si no existen complicaciones añadidas a la depresión, como adicciones, otras alteraciones o problemas psiquiátricos, o nuevos traumas o conductas perniciosas.