La dependencia es una realidad desde el momento en que se nace. Efectivamente; se viene al mundo con una dependencia absoluta, y a medida que se va creciendo aparece la necesidad de independencia, de “encontrarse uno mismo”. Sin embargo, esa lucha por la independencia está jalonada de obstáculos que, en muchos casos, no son más que dependencias de todo tipo con disfraces más o menos llamativos.

Quien no ha oído –o él mismo ha hecho– la asociación entre la libertad o la rebeldía y el hecho de fumar. Y en el fondo todos saben que el tabaco es una adicción que, como tal, crea dependencia. La dependencia, finalmente, es un asunto recurrente en la vida del ser humano, y en muchos casos va indisociablemente unida al autoengaño.

La dependencia también se relaciona con una baja autoestima, con la debilidad, la inmadurez, la pasividad o la incapacidad de enfrentarse a la vida y a asumir responsabilidades. La dependencia, en definitiva, puede ocasionar ciertos problemas e incluso ser patológica. Pero la dependencia también es imprescindible en la vida del ser humano. Podría decirse que la independencia es un deseo, una necesidad, una búsqueda necesaria que, al final, se integra en la inexorabilidad de la dependencia vital –y más aún mortal– que no puede eludir el ser humano.

La dependencia es inevitable

La dependencia tiene múltiples acepciones y es difícil no estar de algún modo “atado” a unas circunstancias o situaciones concretas. De hecho, ya de lo más básico no podemos prescindir: dependemos del oxígeno o de los alimentos para seguir vivos. O sea, algunas dependencias son absolutamente inevitables. También pueden padecerse enfermedades o limitaciones que, en grados más o menos elevados, conviertan al sujeto en dependiente.

Otras dependencias como la subordinación al trabajo o el cuidado de los hijos u otros familiares, aunque sean aceptadas y, en muchos casos, gustosamente aceptadas, no dejan de ser una dependencia a una situación en concreto, pero como ya se apuntaba al principio, no toda dependencia tiene porque ser negativa. Es más, algunas dependencias son tan necesarias como positivas.

Dependencia emocional o afectiva y codependencia

Uno de los tipos de dependencia más extendido es aquel que tiene que ver con las relaciones humanas; sobre todo en lo que concierne a las dependencias asociadas a las relaciones de pareja. Probablemente sea en este punto donde las dependencias se muestren con una mayor vehemencia y con un alto grado de desórdenes psicológicos.

Las dependencias de índole emocional o afectiva se dan cuando uno de los integrantes de la pareja necesita una constante reafirmación por parte del otro, ya que el miedo al abandono, la pérdida y la soledad son más fuertes que cualquier otro sentimiento. Esta necesidad dependiente puede terminar destruyendo la relación.

Con la codependencia sucede otro tanto; aunque en este caso las carencias se reparten y, en cierto modo se equilibran, aunque lo hacen en un sentido negativo. En el codependiente, su dependencia consiste en “arreglar” la vida de su pareja; una actitud que, por supuesto, encubre la incapacidad de arreglar diversos aspectos más o menos graves de la propia. Lo habitual es que la pareja del codependiente tenga problemas, por lo general de tipo adictivo. Este círculo vicioso de dependencias puede prolongarse considerablemente en el tiempo.

Interdependencia

La interdependencia sería el factor positivo de las dependencias. Aunque todos aspiramos –o deberíamos– a la independencia, este es un acto que debe hacerse comprendiendo que la independencia es relativa, no absoluta. Ya se ha visto que no se puede prescindir de todo tipo de dependencias, por lo tanto, lo más sano y razonable es buscar la mejor relación posible con el entorno.

Aunque el ser humano aspire siempre a cierto grado de independencia, los grandes logros de la humanidad siempre han tenido mucho que ver con la cooperación; es decir, se han llevado a cabo gracias a la interdependencia. Pero ya no solo los grandes logros, la sociedad humana en sí misma es completamente interdependiente y en ello, precisamente, se basa nuestra civilización y todo lo conseguido hasta el momento –que no siempre ha sido bueno, por otra parte–.

La interdependencia contempla factores como la solidaridad y la empatía, mientras que la independencia, más allá de sus aspectos positivos, también puede contener elementos egoístas o egocéntricos.

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