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Todos hemos estudiado en la escuela que la democracia nació en la Grecia Antigua; sin embargo no era ni es corriente en nuestras aulas hacer una valoración sobre ella. La primera pregunta que surge es cómo unos valores tan altos eran compatibles con la existencia de esclavos. Es como si toda la belleza del océano la quisiéramos tener dentro de una pecera, negando la existencia de los mares. Los derechos solo para unos pocos conservan su nombre, pero pierden su espíritu.
Con unos derechos democráticos universalmente establecidos no tenemos garantizada su aplicación, siempre es imprescindible que los individuos los encarnemos. Para lograr esta materialización, en el día a día, cada uno debe conquistar la democracia en su propio interior.
Primer valor democrático: la integridad
Las numerosas creencias que han marcado lo que es apropiado pensar y sentir nos han dividido por dentro, básicamente en dos partes: la que aceptamos de nosotros y la que no. Al negar socialmente una de ellas hemos impedido cualquier diálogo entre ambas. De esta manera, hemos renunciado a nuestra integridad, que nada tiene que ver con valores morales, sino más bien con la aceptación total de lo que somos.
No puede haber una verdadera autoestima si marginamos a una parte de nosotros, si enmudecemos nuestro diálogo interior. El respeto de toda nuestra esencia debe ser la columna vertebral sobre la que se edifique una sociedad democrática. Solo de esta manera conseguiremos la solidez necesaria para poder sostener una auténtica libertad de pensamiento.
El camino personal hacia la integridad
Para poder aceptarnos en nuestra totalidad es conveniente antes descubrir las creencias que sustentan nuestros pensamientos más cotidianos. Para hacerlas visibles a nuestro consciente necesitamos de un "líquido revelador": nuestros sentimientos.
Estos muy frecuentemente se oponen a nuestros “deberes”; de hecho, este enfrentamiento es el fermento de casi todos los dramas humanos. Deseamos algo con la fuerza de nuestro corazón, pero hay una raya que nuestra mente no quiere que crucemos. Para sobrellevar este conflicto la humanidad ha inventado mil trucos, casi todos basados en el autoengaño.
La aceptación de nuestros sentimientos es la puerta que nos permite acceder a nuestra integridad. Una vez traspasada, caminamos hacia una auténtica responsabilidad, que es la piedra angular de todos los valores democráticos.
Segundo valor democrático: la aceptación incondicional del otro
Después de la conquista personal de nuestra integridad, nuestra visión del mundo y de la humanidad cambia. Nuestras relaciones ya no estarán basadas en obtener de los demás lo que nos negamos a nosotros mismos, y dejaremos de hacernos dependientes de los otros. Nos acercaremos a las personas sin necesidad de manipularlas, con la pura intención de cocrear momentos maravillosos con ellas.
Desde esta nueva perspectiva, podemos alcanzar un valor democrático fundamental: la aceptación del otro tal y como es. De esta manera, contaremos también con la integridad de las demás personas; dando los primeros pasos hacia una sociedad verdaderamente íntegra.
Es importante no confundir la aceptación de la persona con la de sus actos. A este respecto tenemos la anécdota del padre Flanagan de “La Ciudad de los muchachos” quien, ante la pregunta de cómo había conseguido recuperar a un chico que había asesinado a sus padres, contestó: “Fue muy fácil: lo traté desde el primer día como a los demás”.
De la democracia interior a su manifestación exterior
Una vez asumidos ambos principios, nuestra mirada se ha tornado democrática; con ella estamos en condiciones de crear una auténtica sociedad democrática. Veamos qué maravillas nos podría ofrecer.
Los partidos no existirían para competir entre ellos, sino para complementarse; tal como lo harían nuestras partes internas. Lo mismo ocurriría en el mundo empresarial; dejarían de perderse esfuerzos en una competitividad que encumbra a unos y entierra a otros.
En la enseñanza se primaría la creatividad sobre la acumulación de conocimientos, propiciando así una sociedad en la que cada individuo podría trabajar en lo que realmente siente, pudiéndose de esta manera realizar como persona, con el valor añadido de ser muchísimo más útil a los demás.
Las identidades culturales y nacionales formarían un arco iris que nos recordaría que a toda la humanidad nos une una esencia en común, y que cada color es simplemente la vestimenta que elegimos para manifestar determinadas cualidades.
La espiritualidad se convertiría en un proceso absolutamente personal, que nos enriquecería a todos.
La Tierra sería sentida como la casa de todos y a nadie se le ocurriría la tontería de atentar contra ella. Tampoco nadie pensaría en el resto del universo como un territorio a someter; los viajes espaciales serían una forma de abrir el corazón de la humanidad a nuevas relaciones…
Todo esto parece un sueño. O tal vez sea el proceso natural que lleva al ignorante gusano a convertirse en mariposa.
