Las prácticas derivadas de un modelo de vida considerado licencioso e inmoral condujeron desde la marginalidad a un modelo de delincuencia que las diferentes autoridades medievales con mayor o menor éxito intentaron erradicar.

En los burdeles

A lo largo del siglo XV el concejo de Murcia tomaría distintas disposiciones contra los rufianes, que permiten conocer su modo de vida y actuación: tenían mujeres en la mancebía pública, vivían y dormían con ellas y con frecuencia se peleaban entre sí.

Peleas, robos y desórdenes provocados por los amigos de las mujeres de partido eran la causa de diversos preceptos municipales. En 1384, los rectores de la capital del Segura vedaron a las prostitutas tener amigos en público o en privado bajo la pena de 60 azotes y si un mesonero los albergaba se le impondría 60 maravedíes de sanción.

En 1413, se pregonó por las calles de Murcia la prohibición relativa a que pudiesen mantener una vida en común, el incumplimiento de tal medida conllevaría que ambos recibiesen 50 azotes públicos. Sólo cuatro años más tarde se multará con 12 maravedíes a la meretriz que se hallase junto a un rufián.

Tales disposiciones debieron servir de poco, porque en 1435, el concejo murciano reconocería que ricos hombres, caballeros, oficiales mayores y jurados acogían en sus casas a rufianes, malhechores y hombres baldíos, que no tienen otro trabajo que vivir de las mujeres públicas convirtiéndose en una fuente continua de problemas.

La endémica y cotidiana inseguridad medieval de una Castilla fronteriza dividida en banderías y ensangrentada por luchas civiles, haría común la contratación de estos personajes con el fin de engrosar las fuerzas armadas de las facciones enfrentadas.

No obstante, en 1469, las cortes de Ocaña, en un intento de erradicar tanto la figura del proxeneta como los desmanes y atropellos que semejantes individuos protagonizaban, impondrían unas penas que irían de los cien azotes por la primera condena a la muerte en la horca por la tercera.

En los baños públicos

Los baños públicos en la mayoría de los casos no dejaban de ser establecimientos prostibularios, lugares de mala fama y continuadores de las grandes orgías desarrolladas en las antiguas termas romanas.

Las mujeres que frecuentaban estas instalaciones, en su mayoría de partido, no sólo iban a la busca de esporádicos encuentros sexuales, sino también con el fin de cuidar su propio cuerpo, a diferencia de las mujeres honestas que recibían estos servicios en sus propias casas.

Y si estos establecimientos eran lugares comunes de reunión de prostitutas también lo fueron de sus protectores, rufianes y proxenetas, de ahí las reiteradas denuncias de peleas y riñas en el marco de unos lugares tan indicados para los encuentros entre los dos sexos. Y es que en estas instalaciones, además de la visión de cuerpos desnudos y de la correspondiente promiscuidad, se apreciaba la complicidad de los sirvientes, en su mayoría mujeres, las cuales se encargarían de practicar masajes con ungüentos perfumados.

En las tahurerías

Casas de juego o tahurerías no se quedaban atrás con respecto baños y burdeles en lo que se refiere tanto a la mala fama como a la cantidad de disposiciones municipales de las que eran objeto. En aquellos lugares donde se jugaba y se apostaba era normal que los enfrentamientos riñas y tumultos fuesen constantes. En estas casas, las prostitutas pululaban entre las mesas de los jugadores a la búsqueda de clientes más susceptibles de recibir sus servicios cuanto más llenas estuviesen sus bolsas de dinero y sus estómagos de vino.

Así nos podemos hacer una idea de lo que era una tahurería en la baja Edad Media, un lugar que servía como casa de empeños y de préstamos, donde se bebía vino y donde se jugaba constantemente, si a todo esto le añadimos la presencia de meretrices con el fin de reclutar clientes, no es de extrañar la intensa conflictividad que podían llegar a engendrar estos establecimientos.

La pasión por el juego degeneraría en un semillero de riñas, blasfemias y otros excesos. El concejo valenciano para tratar de evitar este estado de cosas dictaría disposiciones prohibiendo bajo multa de 20 sueldos que en los garitos montados para tal efecto, casas particulares y otros lugares se jugase a los naipes, la grescha y la rifa entre otros juegos igualmente perniciosos para la moral pública.

Lo cierto es que originariamente por lo menos en Castilla se consintieron las tahurerías que se arrendaban a particulares por cuenta de la corona. Una prueba evidente de la reglamentación castellana sobre las casas de juego se encuentra en el Ordenamiento de las tafurerías, promulgado por Alfonso X el Sabio en 1276. A pesar de la regulación del juego, continuaron los escándalos, riñas y hasta muertes.

En las tabernas

Es lógico pensar que en estos sitios donde se servía vino no resultase difícil que los clientes se embriagasen y de la borrachera pasasen a lo que las fuentes denominan "escándalo". El abuso del vino daría lugar a graves altercados, disturbios y riñas que en muchos casos derivarían en delitos de sangre. Tampoco era extraño que la embriaguez llevase al abandono del hogar o al maltrato de las esposas así como a desocuparse de las haciendas como lo refleja una de las ordenanzas de Baza.

Las diversas tropelías que se podían llegar a dar en las tabernas hicieron que el concejo ecijense dispusiese que los aposentos de los mesones y tabernas tuviesen cerrojos y aldabas, en prevención de que los huéspedes fueran objeto de cualquier atropello tanto por parte de los propios taberneros, como de sus criados u otros huéspedes.

Conclusión

En un periodo caracterizado por la inestabilidad a derivada de una crisis inherente a todas las facetas del modelo feudal, las autoridades locales intentaron preservar en el ámbito urbano, un orden público, continuamente amenazado por las violencias y atropellos que desde la marginalidad de ciertas prácticas consideradas licenciosas e inmorales se proyectaban sobre la totalidad de la sociedad.