Son las seis treinta de la tarde, sin nada qué hacer me dispongo a escribir. Ahora son las seis treinta y tres de la tarde y sigo sin nada qué escribir. Un poco después son las seis treinta y cuatro de la tarde y caigo en cuenta de que el ocio no es el padre de todos los vicios. ¿Qué es pues un vicio? Una pronta respuesta sugeriría que es la manera con la cual el ser humano escapa a su cotidianidad.

El vicio, ha estado siempre asociado a la ruptura de lo cotidiano. La monotonía no tiene cabida en el vicio, el adicto no es un ser que escape de la monotonía sino un individuo que busca en el vicio un nuevo sentido a la vida. En este sentido, el vicio funciona como una puerta hacia este otro estado de sensibilidad que escapa a nuestra cotidianidad. El vicio puede asociarse más con la aventura que con la monotonía, que se presenta como la oposición clásica de la aventura.

La primera se asocia normalmente con los instantes enternos del aburrimiento constante mientras la segunda se piensa como ese momento que escapa a la monotonía precisamente por su naturaleza única e irrepetible, el instante se convierte en la piedra de toque de la felicidad humana dentro de nuestras sociedades post-modernas.

El mundo post se rige entonces bajo dos pilares inneludibles: la fugacidad y la irrepetibilidad. Estelas que se erigen en medio de un mundo virtual que coloca a la hiperrealidad como la única posibilidad real dentro de un mundo ininteligible. Fenómenos socio-digitales como twiter y facebook posibilitan la irrepetibilidad de lo cotidiano. Un mensaje de texto o una fotografía tomada en un tiempo-espacio específicos aparecen como la evidencia innegable de unicidad.

La repetibilidad del instante

Sin embargo, esto es solo apariencia. La supuesta unicidad se esfuma cuando uno se pone, en su espacio de ocio, a comparar perfiles digitales y descubre que la mayor parte de las personas comentan o escriben algo similar. Tanto Facebook como Twiter ponen en evidencia nuestra carencia de individualiad y como tal nuestra incapacidad de vivir en el instante. Seguimos pues la búsqueda que se dice emprendieron Neal Cassady, Thompson o Kerouac, considerados como los iniciadores del movimiento beatnick, verdaderos outsiders, dispuestos a arriesgarlo todo.

Intentaron hacerlo con psicotrópicos, montados en coches veloces, haciendo auto-stop. Pero no han sido los únicos, y naturalmente, no lo serán. Desde tiempos sin nombre hemos recurrido a la ingesta de sustancias prohibidas para poder "leer" el mensaje oculto en la naturaleza del mundo. Sin embargo, la distinción radica en que ahora se hace por el puro interés sensorial, dejando de lado cualquier interpretación de este supuesto mensaje, la embriaguez se levanta como el verdadero sentido del mundo.

El afán de lo novedoso se tiende como una red comunicativa entre las sustancias "prohibidas" y el hambre de aventura que funge como el pretexto perfecto para lanzarse al abismo. El "qué mas da" es el nuevo símbolo patrio al que le rendimos culto. Y aquí radica el problema del outsider, puesto que el culto asemeja lo mítico e imita a la cultura, nos encontramos de nuevo inmersos en una narrativa social determinada, ya hecha, construida y recorrida de antemano. Lo novedoso ha fracasado ante la voluptuosidad del instante.

Lo novedoso de la cotidianidad

Y no queda más que rendirse ante la incapacidad aperceptiba del instante construyendo a su alrededor narrativas que asemejan su naturaleza cambiante: moda, hiperrealidad, facebook, twiter, fotografías digitales, etc. Son los tenues esfuerzos que nuestra especie post ha intentado desarrollar para acercarse más a aquello que por sí mismo se escapa a nuestros sentidos: el instante: el máximo sentido exacerbado en un orgasmo universal en donde el todo tiene cabida en la partícula mínima de una carcajada.

La cotidianidad no tiene nada de nuevo ni de significativo, tal vez sea por ello necesario recurrir a distintos tipos de alicientes. Tal vez el recrudecimiento del consumo en los estupefacientes sea solamente una de las respuestas que nuestras sociedades post están dando ante la imperiosa necesidad de identificación, de seguridad. Después de todo lo cotidiano otorga una ilusión de tranquilidad en oposición al sentido máximo de la existencia que puede encontrarse en el abismo.