El pensamiento, como hecho característico y diferencial del ser humano, no se puede definir en unas pocas palabras. El pensamiento es una actividad ligada a la inteligencia; un proceso de múltiples aplicaciones que puede plasmarse en aspectos eminentemente prácticos, pero también adecuarse a otros planteamientos de tipo más abstracto. En el sentido práctico nos resulta útil para anticiparnos a las consecuencias que dimanan de una determinada conducta, permitiéndonos elegir entre un modo de actuación u otro. Y por lo que se refiere a la variante abstracta, que quizá es lo que más nos distingue de cualquier otra forma de vida conocida, el pensamiento nos permite tomar conciencia de nuestra propia realidad, de nuestro yo, del sentido de la vida y de todo lo que estas cuestiones comportan de trascendente, aspectos todos ellos, que conforman la esencia peculiar y distintiva del ser humano.

Origen y evolución del pensamiento

Es incuestionable que la capacidad humana para reflexionar sobre cualquier aspecto de la vida al que tengamos que hacer frente y, en consecuencia, encontrar la resolución más adecuada de los problemas, es uno de los rasgos distintivos que sitúan al hombre en una posición inalcanzable para cualquier otro ser vivo. La pregunta del millón, o las preguntas, mejor dicho, son ¿cuándo sucedió tal cosa? ¿En qué momento? ¿Y por qué ocurrió? Para muchos la respuesta, como veremos más adelante, no ofrece ninguna duda: Dios. Sin embargo, para otros, la respuesta tiene que hallarse en algún punto del proceso evolutivo de la raza humana. Se trata de una controversia –la evolucionista y la creacionista– que se desató tras los postulados de Charles Darwin al publicar su obra “El origen de las especies” y, sobre todo, en 1871 “El origen del hombre”. La biología se convirtió en el campo de batalla para que la ciencia y la religión defendieran sus posturas, a veces, de forma encarnizada. La idea de que el hombre desciende del mono era algo inasumible para buena parte de la sociedad de finales del siglo XIX, sin embargo, la antropología ha demostrado que esa es nuestra realidad y no otra, por más que algunos sectores sigan aferrados a creencias inamovibles.

Es una evidencia que tanto animales como plantas se adaptan al medio o, en caso contrario, son eliminados. Se trata de un proceso conocido como la selección natural. Lo que hizo del ser humano una especie única, fue su capacidad de superar este aspecto biológico, logrando, en un proceso más o menos largo, adaptar la naturaleza a sus propias necesidades, invirtiendo el orden natural al que se hallaban adscritos el resto de los seres vivos.

Pensar porque pensamos

Es evidente que la facultad de pensar nos ha convertido en lo que somos. Aunque pueda coexistir en nuestra naturaleza una parte instintiva, refleja u otros comportamientos que nos acerquen a otras especies animales, sin duda, el atributo del pensamiento es lo que nos distingue y nos hace únicos. Como decía Buda: “Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado; está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos”. El pensamiento, por otra parte, actúa como modulador; es decir, la capacidad de reflexionar se convierte en un acto mediante el cual podemos tomar la decisión de actuar o de manifestar aquello que nos parece más conveniente en cada caso. Pero no siempre sucede así, de ahí que, tal como decía Jacinto Benavente con cierta ironía: “Cuando no se piensa lo que se dice es cuando se dice lo que se piensa”.

La capacidad de pensar y de reflexionar sobre todo cuanto nos rodea es lo que nos ha permitido categorizar nuestro entorno. De este modo adquirimos conciencia sobre la bondad o la maldad, de lo que es oportuno o inoportuno, de lo trascendente o de lo trivial. No obstante, estas percepciones se establecen a partir de nuestra perspectiva humana, desde nuestra propia conveniencia. En este sentido, William Shakespeare lo dejaba meridianamente claro al afirmar: “No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace aparecer así”.

Para qué sirve pensar

A fin de cuentas, si algo hay de característico en el ser humano, es el anhelo de saber. Nuestra capacidad para pensar y reflexionar sobre todo cuanto nos rodea, sea tangible o intangible, forma parte de nuestra esencia. A partir de ahí cabría preguntarnos para qué nos sirve pensar. Es evidente que nuestra evolución está inextricablemente ligada al pensamiento. Nuestra naturaleza está determinada por este atributo. Entonces, quizá la pregunta debería ser: ¿Adónde nos llevará el pensamiento? Es curioso observar que la verdadera fuerza de nuestros actos está siempre en la pregunta, no en la respuesta; en el camino, no en la meta. Nuestro pensamiento siempre se dirige hacia nuevas preguntas, que es donde se encuentra la fuerza que nos permite avanzar, aunque no siempre tengamos muy claro hacia dónde vamos. Querer saber es el motor de nuestra existencia; saber algo es tan solo el peldaño para querer saber otra cosa más.

Antes nos preguntábamos sobre el origen del pensamiento. Si a ojos de la ciencia, como es obvio, entraña una notable complejidad establecer una sucesión evolutiva que nos dé la respuesta definitiva, a ojos de la religión está mucho más claro. En el Génesis se expone de esta manera: “He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre”. El hombre, tal y como nos informa la Biblia, accedió al árbol de la sabiduría contraviniendo las órdenes de Dios. Es cuanto menos curioso que, considerando que Dios no quería que tal cosa sucediera, no revirtiera esta situación no deseada, preocupándose tan solo de castigar a los infractores y de tomar las medidas necesarias para que no pudieran tener acceso al árbol de la vida, evitando, de este modo, que pudiéramos tener acceso, también, a la vida eterna.