
- Cartel de 'Defamation' de Yoav Shamir - Defamation
Cuenta el cineasta Yoav Shamir, nacido y criado en Israel, que cuando estrenó su documental Checkpoint –sobre controles militares a ciudadanos palestinos–, le llovieron las acusaciones de antisemitismo. Consciente de que la historia de exterminio a los judíos es el argumento estrella de los políticos de su país para eternizar el conflicto con Palestina, Shamir decidió investigar. ¿Está el mundo realmente en contra de los judíos?, se pregunta el documental Defamation (2009).
Shamir jamás ha experimentado que la gente odie su religión
"Hasta entonces no había considerado nunca el papel central que el antisemitismo juega en nuestras vidas", explica Shamir. "Tras reflexionar, me di cuenta de que es como un zumbido constante, siempre de fondo, siempre molesto".
Partiendo del hecho de que él, como judío de Israel, jamás ha experimentado odio por su religión, Shamir se dirige en tres direcciones: se introduce en la Liga Anti-Difamación con sede en Nueva York, sigue un viaje de estudiantes a Polonia para conocer el Holocausto y entrevista a varios expertos que alertan de que la derecha israelí está empeñada en identificar antisionismo con antisemitismo.
La tarea de la Liga
Sutilmente, usando una fina ironía que pasa inadvertida a los entrevistados, Shamir pone en evidencia cómo el trabajo de la Liga de Anti-Difamación (ADL, por sus siglas en inglés), en ocasiones “contribuye más a encender los ánimos que a ayudar”, según relata un rabino a la cámara. La cinta muestra cómo la supuesta oleada de denuncias de discriminación que reciben cada día se reduce a un puñado de quejas semanales por asuntos banales como no poder pedirse unos días de vacaciones.
A lo Michael Moore, ridiculiza al líder de la organización, el superviviente del Holocausto Abe Foxman, cuando éste le muestra horrorizado su última campaña: quitar del mercado unos pequeños muñecos de judíos que se venden en Polonia para atraer la buena suerte en los negocios. “Mira la bolsa de dinero, volviendo al tópico de que los judíos son muy ricos… ¿Sabes lo grave que es eso en una situación de crisis como la que vivimos? La gente pensará: los judíos tienen el dinero, pues deshagámonos de ellos y quedémonos con su dinero’. Es asqueroso”.
De una manera reveladora, Shamir consigue incluso que una pareja de judíos americanos miembros de la ADL reconozca ante la cámara que usan el Holocausto en su propio beneficio.
Los supuestos enemigos de los judíos
Yoav Shamir recurre también a algunos de los investigadores más odiados por la ADL, John Mearsheimer y Stephen Walt y el profesor Norman Finkelstein. Ellos han denunciado que la organización, lejos de querer acabar con el antisemitismo, pretende eternizarlo, pues el miedo a una nueva persecución de los judíos mantiene a Foxman y a la derecha israelí en su posición de no ceder ni un ápice en el conflicto con Palestina. Según relatan en Defamation, un Israel negociador es un Israel débil, y un Israel débil significaría el exterminio de los judíos.
Mientras Mearsheimer, tranquilo, dice resignado a cámara que él no tiene nada en contra de los judíos a pesar de criticar a Israel “¿Cómo demostrarles que no soy antisemita, si ellos ya han decidido que lo soy?” Finkelstein, hijo de supervivientes del Holocausto y quizás el primer ciudadano judío en ser deportado de Israel por ser un peligro para la seguridad, es mucho más apasionado y muestra un rencor contra los dirigentes sionistas que el director no se resiste a mostrar en el montaje final.
Adolescentes en Auschwitz
Si Shamir es, en gran parte de su documental, irónico con un punto de sarcasmo, se contiene y recurre a un tono más serio cuando la excursión de los adolescentes israelíes llega a los campos de concentración. La cinta muestra cómo los jóvenes judíos se preparan para su viaje –“hay que tener cuidado, mucha gente nos odia y nos podrían atacar”, les advierten–, cómo llegan a Polonia como el que llega a un viaje de fin de curso, aunque no se atrevan a salir –el miembro del Mossad israelí que les acompaña les ha dicho que las calles de Polonia están llenas de neonazis buscando judíos–, cómo en el primer contacto con la historia del Holocausto se quejan de que el guía no ha logrado emocionarlos en el primer campo de concentración, lo que les hace sentirse culpables.
El propio director cuenta que él también tiene esa sensación extraña de no experimentar ninguna pena por aquellos horrores, de los que le han hablado desde la infancia. Pero todos, incluido Shamir, acaban sintiéndolo cuando visitan Auschwitz. Los chicos posan sonriendo antes de entrar al campo de concentración y gritan “¡Auschwitz!” para la foto de grupo. Tras pasar por los barracones y ver las vitrinas con los cepillos de dientes, los zapatos e incluso el pelo de las miles de víctimas de la barbarie nazi, los jóvenes se derrumban.
Sin embargo, Shamir decide concluir no con el llanto, sino con la desgarradora revelación de una de las adolescentes, que queda para la reflexión:
–"Quiero matar a los que hicieron todo esto", dice.
–"¿Sabes que están muertos?", pregunta Shamir.
–"Lo sé, pero tienen herederos. Puede que sean diferentes, pero están ahí”.
