El ser humano nace sin estereotipos marcados en su carácter, se va formando con el devenir de los años y a través de la acumulación de experiencias vividas. Generalmente, vienen determinadas por el entorno en el que se crece, convive y se desarrolla: la familia, la comunidad, la escuela, las amistades, el mundo laboral, el matrimonio, los hijos.

Ese acopio de nuevas vivencias forma parte del aprendizaje de todo ser humano. Ese mismo ser humano al que el Creador dio la potestad de discernir, la capacidad de aprender hasta el último de sus días y su libre albedrío. De esa forma, en la medida que avanza en sus vivencias, va adquiriendo hábitos que van imprimiendo y moldeando su carácter.

Al principio se aprende por mimetismo, después es la vida la que enseña

Ciertamente, en los primeros años de vida, se aprende simplemente por mimetismo. Se hace aquello que se ve en los demás sin pararse a pensar si es bueno o es malo, si es nocivo o es saludable, si es peligroso o es inofensivo.

Posteriormente, el aprendizaje es como un juego hasta llegar a la adolescencia que es donde empieza a darse cuenta de los valores éticos y morales que deben regir en su entorno, en la sociedad en la que convive. Y es a esa edad cuando se despiertan las pasiones que marcan el carácter y la vida: el primer amor, la rebeldía natural, el sentirse incomprendido por los mayores, el deseo de superación.

Ese es el momento más vulnerable en la vida de cualquier ser humano; es la etapa donde al irse forjando la personalidad de cada cual su permeabilidad es absoluta., ahí es donde dan su entrada los dogmáticos.

¿Qué es un dogma?

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, en su acepción tercera, dice así: «Fundamento o puntos capitales de todo sistema, ciencia, doctrina o religión».

Para decir a continuación: «proposición que se asienta por firme y cierta y como principio innegable de una ciencia» y concluir en: «una doctrina sostenida por una religión u otra organización de autoridad y que no admite réplica; es decir, es una creencia individual o colectiva no sujeta a prueba de veracidad, cuyo contenido puede ser religioso, filosófico, social, sexual, etc., impulsado por una utilidad práctica. La enseñanza de un dogma o de doctrinas, principios o creencias de carácter dogmático se conoce como adoctrinamiento» o proselitismo.

Bien, hasta aquí el dogma, por sí mismo, no tiene por qué ser una mala praxis cuando va dirigido a personas cuyo carácter ya está formado y pueden discernir convenientemente sobre su creencia o no al mismo e, incluso, su seguimiento o no.

En las redes del fanatismo

Cuando ese mismo dogma va dirigido hacia personas cuya mentalidad aún no ha madurado lo suficiente, sin importar una edad determinada, puede convertirse en un arma de doble filo ya que una mala interpretación del mismo puede llevar a ideas erróneas y a situaciones pasionales difíciles de controlar por el propio individuo. Es lo que, coloquialmente, se viene a denominar: «lavado de cerebro».

Entonces es cuando al sentir una pasión desmesurada hacia grupos o personas en política o religión, o cuando los colores de un club deportivo se adueñan de los sentimientos del individuo, o, cuando cosas mundanas, como podrían ser los juegos de azar, inundan obsesivamente sus pensamientos y la pasión se convierte en una obcecación monomaníaca, entonces es cuando la persona está cayendo en las redes del fanatismo casi sin darse cuenta.

¿Qué lleva a las personas a convertirse en fanáticos?

Cuando a un sujeto le han convencido los dogmas y los ha hecho suyos perdiendo su propia conciencia individual suplantando su «yo consciente» y ha aceptado, voluntariamente o no, la pertenencia, incondicional, a un grupo o secta o al seguimiento de otra persona o cosa, se convierte irremediablemente en un fanático en potencia.

Una de las principales características del fanático, no la única, es su espíritu maniqueo y su creencia de que la libertad de los demás es un peligro para él. Es bien es sabido que en los lugares donde ha imperado o impera el fanatismo la ausencia de libertad es absoluta y la prosperidad difícil de obtener.

Siempre resulta muy caro el precio a pagar por la materialización del pensamiento dogmático propagado por los fanáticos. El alejamiento de la verdad forma parte de ese precio, pues, para ahondar en el conocimiento, debemos estar abiertos, con humildad intelectual, al descubrimiento de la parte de verdad que otros ostentan y defienden, es decir utilizar el diálogo como base de convivencia cuestión que los fanáticos niegan por doctrina.

Consecuentemente, el fanatismo, siempre ha conducido a guerras y a grandes desastres humanitarios como son: graves conflictos sociales, masacres indiscriminadas, limpiezas étnicas e injusticias de todo tipo.

Fanatismo es a intolerancia lo que fundamentalismo es a intransigencia

Como consecuencia de todo ello se observa que cuando se está ante un individuo cegado en la fe de sus propias convicciones, inducidas o no, que no las cuestiona ni razona y que solamente son justificables por su propia naturaleza o con relación a alguna autoridad o a un ser superior, se está frente a un fanático intransigente.

Lo mismo ocurre con aquello que carecen de todo espíritu crítico sin admitir la libre discusión acerca de sus propias verdades sin admitir ningún tipo de critica racional; cuando no se admiten matices y cualquier diferencia de mentalidad sea tratada de forma radical; cuando haya alguien que desprecia, rechaza y odia todo aquello que se escapa de lo que entiende como su modelo determinado de comportamiento.

Cuando se esté ante un ser autoritario cuyo único afán es el de imponer sus propias creencias y de forzar a los demás, sin importarle los medios utilizados, a convertirse en seguidor suyo, hay que saber que se está frente a un fanático intransigente y que está a un solo paso del fundamentalismo más proselito.