En la primera parte del artículo, publicado en suite 101 y denominado Crisis económica vs crisis social, se analiza la primigenia de la crisis y el modelo económico como paradigma de la nueva situación. Esta es la segunda y última parte de dicho artículo
La paradoja keynesiana
Entre el liberalismo rampante y totalitario de los mercados y el totalitarismo intervencionista (finiquitado con la caída de la URSS pero aún vigente en países empecinados en mantener este modelo gerontocrático) existe la ¿fallida? tercera vía; la socialdemocracia. ¿Fallida? porque no ha soportado el embate fanático de los mercados provocando una crisis de dimensiones por cuantificar. Si el modelo keynesiano pretendía modular la acción de los gobiernos interviniendo socioeconómicamente con sus propias directrices, indicando la guía, los objetivos, los procedimientos y las metas a conseguir regulando los procesos, nos encontramos, iniciando la segunda década del s. XXI con la paradoja del intervencionismo inverso: los mercados, los inversores, las agencias de calificación, las entidades financieras están consiguiendo revertir la acción legislativa legítima y democrática de los parlamentos. La pugna en este Ring la está ganando por K.O. el mercado. Esta es la gran paradoja. El mercado como una gran Babilonía bíblica es para los gobiernos, como lo fue para los judíos del siglo V a.c., el motivo de su diáspora, la pérdida de sus reyes y el origen de sus males. La diáspora se intuye larga y dejará en el camino a alguna generación. Esperemos que ésta sea capaz de trasmitir los errores del cautiverio del mercado como los judíos lograron trasmitir a través del Talmud su experiencia en Babilonia para las postreras generaciones.
La moralidad o eticidad de los mercados no se da por sí mismos. Ya sabemos que no son constructos autónomos y no conscientes, sino heterónomamente dependientes de los individuos que los operan. De esta forma, el sujeto moral se posiciona en un estadio ético relacionado sistemáticamente con la conducta (sus consecuencias) que deriva de la acción del mercado sobre los pueblos objeto de especulación. Quienes mantienen el control sobre las posibilidades y oportunidades de desarrollo de los pueblos son los sistemas derivados, en una relación causal, de las acciones de personas cognitiva e intelectualmente morales.
Estos mecanismos que se podrían denominar keynesianismo inverso, son el resultado del conflicto entre la “moral especulativa” y la búsqueda de una eficiencia económica promovida por los gobiernos democráticamente constituida buscando el bien común. El conflicto inhibe la proliferación de juicios morales y éticos, deforma la realidad y pervierte el sentido de la justicia.
En busca de un nuevo modelo
El denominado Movimiento 15 M, que nace en España (distinto a lo que son las revueltas árabes) y que pretende forzar el cambio hacia un modelo alternativo (aún por definir) según redactan en su manifiesto y ocho demandas, ha tenido y tiene un desigual seguimiento. Se ha extendido a algunos países del entorno europeo y fuera de él como EE.UU( Occupy Wall Street). Este movimiento tiene algunas derivas, cuanto menos, curiosas.
Un movimiento que entre sus demandas más visibles son la recuperación de una democracia real y la supeditación de la economía al individuo. Adjetivar la democracia tiene sus riesgos, la historia de los totalitarismos está llena de adjetivaciones. Se parece a los movimientos anticapitalistas, uno de sus gritos es contra el mismo sistema aunque a veces da una cierta imagen de ser un sucedáneo de los movimientos antiglobalización nacidos a finales del pasado siglo. El espacio parece, por tanto, ya ocupado. Estos movimientos, sin duda, lo sostienen personas. Personas adscritas a ideologías, pensamientos, corrientes de opinión e, incluso, filosofías que se trenzan en un mismo nexo de interés por intervenir en la renovación de determinados modelos socioeconómicos. Los sentimientos de ilegitimidad, injusticia y frustración son comprensibles. Los elementos emocionales que llevan a la adopción de acciones colectivas, los engranajes que los estructuran y sus mecanismos sociales han sido suficientemente estudiados a través de la sociología y la psicología social donde podemos encontrar una extensa bibliografía.
Sin embargo, no se puede eludir la categorización moral individual de los movimientos en función de los motivos que los mueven y los objetivos que persiguen. Si los mercados son constructos intervenidos por individuos sujetos de moral, los movimientos, con sus diferentes denominaciones según el país donde surjan, son guiados, dirigidos y postulados por intenciones individuales éticas y morales. El comportamiento individual de cada sujeto que conforma el todo social es objeto de juicio moral. Pero este movimiento tiene una definición utilitarista – cuanto más gente feliz, mejor y bueno es el acto- . Las cosas no son buenas o malas en sí, sino en función del contexto e intencionalidad. El juicio moral se pronuncia sobre la presencia (o ausencia) de un valor ético, en una situación o comportamiento concreto. Por tanto en la medida en que hasta “anteayer” colaboraban a engordar el mercado con comportamientos y actos de consumo ideado por el sistema, formaban parte consciente también del eslabón necesario en la cadena que aseguraba la buena salud del este mismo sistema que ahora es objeto de denuncia. La credibilidad de la toma de postura radica en la eficiencia estilo de vida y opciones fundamentales que vertebran nuestras escalas de valores para que signifiquen un acto real y consistente de rebeldía. Pero, como afirmaba un miembro del movimiento 15 M que posteriormente se desligó del mismo, en una entrevista a pié de concentración: “…cómo es posible que nos manifestemos contra el sistema y usemos los mismos medios e instrumentos, sin ningún prejuicio ético, del propio sistema, ayudando con esto a su mantenimiento y sostén”. La incongruencia está servida.
Los cadáveres del camino
Todo esto no dejaría de ser una reflexión secuenciada que definiría un momento más en un tiempo del acontecer humano, si no fuese porque hay víctimas. Los organismos internacionales alertan sin mucho éxito de la situación. El olvido crónico de los países que aún no están ni en los puestos de salida hacia la carrera por el desarrollo humano es aún más escandaloso. Poblaciones enteras son relegadas al abandono no tienen espacio en los medios, han desaparecido. Muy puntualmente asoman por razón de alguna catástrofe humanitaria, ya sea natural o por padecimientos propios de la carestía de los alimentos y ocupan unos minutos las hambres y las hambrunas. No es este el espacio para apabullar con datos pero sí para hacer una reflexión partiendo de la lectura de los informes de los diferentes organismo internacionales creados con fines sociales y humanitarios. Un vistazo a la web de UNICEF, Saven the Children, Cáritas o cualquier otra de contrastada solvencia puede dar una idea de la magnitud de la tragedia humana.
Albert Camus se preguntaba en La Peste cómo reaccionar ante el mal sin caer en otra forma del mismo mal. Cabe esperar que la razón moral no sea también un lugar para el sufrimiento de los inocentes.
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