El papel de la mujer en la sociedad ha cambiado radicalmente en el último siglo, consiguiendo libertad, derechos e igualdad, pero hubo un momento en el que su rol fue muy diferente al que jugó en el resto de la historia conocida.

¿Sociedades matriarcales?

La concepción de sociedades matriarcales prehistóricas como primer paso de la evolución humana tuvo su auge en el s.XIX y, aunque fuertemente defendida por el feminismo del s.XX, ha sido ampliamente desacreditada y posteriormente revisada.

El concepto “matriarcal” (surgido como oposición a “patriarcal”), que implica liderazgo político, guerrero y autoridad moral o espiritual de las mujeres que ocuparían el gobierno de la comunidad, está siendo sustituido por “matrilineal”. "No hay ninguna evidencia de la existencia de sociedades inequívocamente matriarcales, en las que las mujeres dominasen" ("El mito del matriarcado", Joan Bamberg, 1974), aunque existe consenso en el reconocimiento de numerosas sociedades matrilineales, en las que el linaje pasa de madres a hijas: Minangkabau o bereberes en África y Asia o sardos en Europa. Es por ello que Heide Göttner-Abendroth sugiere modificar el concepto de sociedades matriarcales por sociedades no patriarcales en sus “Estudios matriarcales modernos”.

Es muy posible que ambas sociedades se entremezclasen. De acuerdo con Marija Gimbutas la llegada de los kurgán a Europa a través de la estepa póntica trajo consigo las artes de guerra y las tradiciones patriarcales, haciendo desaparecer hacia el 3000 a.C a los matriarcales sármatas. La narración de Herodoto acerca de cómo las guerreras amazonas huían hacia las costas del Mar Negro después de aparearse con los escitas, siempre había sido considerada un mito, hasta que los antropólogos han comenzado a descubrir esqueletos de mujeres guerreras enterradas con sus armas de batalla en tumbas sármatas.

La fertilidad femenina

En las primeras mitologías conocidas se hace evidente el papel central de la fertilidad en la cultura humana. Por su capacidad generadora de vida y sus ciclos recurrentes se concebía a la Tierra como un gran ser vivo, la Madre Tierra, o Gea. Existen numerosos ejemplos del primitivo culto a la figura femenina. Las diosas babilónicas Tiamat e Ishtar, la yoruba Yemayá, la Mujer Araña de los indios americanos, la Isis egipcia, Kwan Yin en China, Mawu en África o la summeria Inanna, crean vida a partir del caos, ordenándolo.

Las diferentes esculturas encontradas representando mujeres con formas voluptuosas o embarazadas, evidencian cómo en el Paleolítico la imagen de la mujer era venerada por su rol materno. Se sabe poco de su origen o significado, pero las diferentes “Venus”, como la de Willendorf (c. 20000 a.C) o de Laussel (c. 19000 a.C), destacan el poder de la fertilidad y la fecundidad. Se ha sugerido también que su corpulencia indica un estatus social elevado, éxito y seguridad en las sociedades cazadoras-recolectoras.

Asimismo se ha sugerido la importancia central de la mujer en la transición mesolítica, tras la última glaciación, en torno al 10000-8000 a.C, cuando la mejora del clima permitió el desarrollo de la pesca, los asentamientos humanos y con ello la primera explosión demográfica. Probablemente las mujeres recolectoras tuvieron un papel crucial en el desarrollo de la agricultura, pues conocían los ciclos de recolecta (René Girard) y, según Francisca Martín-Cano Abreu, organizaron una red social sólida para afrontar conjuntamente los problemas del parto y la crianza de los hijos.

La “revolución neolítica”

Por todo ello resulta inevitable hacerse la siguiente pregunta: ¿cómo devino un elemento fundamental en la civilización y desarrollo humano en una figura secundaria, relegada, dominada y en muchas ocasiones maldita y culpada de los males humanos? La causa principal es el control que el hombre, más fuerte físicamente, comienza a ejercer tras la aparición de los primeros enclaves sedentarios.

Çatal Höyük, ubicado en la planicie de Konya, en la península de Anatolia, es el asentamiento urbano neolítico más grande y antiguo conocido. Datado en torno al s.VIII a.C albergaba alrededor de 5000 personas en un complejo conjunto amurallada de casas sin calles. En él se encuentran evidencias del desarrollo de la agricultura y la domesticación de los animales, así como ornamentación que sugiere predominio masculino: cuernos de toros. El poblado fue súbitamente destruido por un incendio ocurrido alrededor del 4700 a.C que coció el adobe y permitió su preservación.

Con la aparición del sedentarismo, los hombres permanecen en los poblados, junto a las mujeres, domesticando grandes animales por la fuerza física y encerrándolos en establos. Al estar en compañía de otros hombres, la mujer debe ser protegida, para asegurarse así la paternidad de la prole, de forma que se la relega al interior de las casas, donde se practica el sexo tras la intimidad de los muros, doblegando a la mujer a cumplir un papel doméstico. Así es cómo el hombre pasa a tutelar a la mujer y su tarea queda reducida a la crianza de los niños. Papel que exige mucho tiempo, esfuerzo y dedicación, pues el proceso de desarrollo y maduración de las crías humanas es el más largo y complejo del mundo animal. En definitiva, la mujer se transforma en propiedad del hombre, y el poder de la fertilidad pasa a ellos, quedando ellas como meros recipientes de la simiente masculina.

Pero el mayor cambio se da con la llegada de los panteones griegos, dominados por dioses masculinos, y la religión judeo-cristiana que impuso su visión del dios hombre único y el concepto de pecado. A partir de ese momento la mujer no sólo es secundaria, sino que se transforma en la instigadora del pecado y en una tentación constante que hay que controlar y purificar.

Sin embargo, según palabras del historiador Norman Daviesno debemos olvidar que hubo un tiempo en que la sociedad estuvo movida más por el rol femenino de la generación y el nacimiento que por el masculino de la matanza y muerte”. Un estudio completo del declive del estatus de la mujer puede encontrarse en “La diosa blanca” del poeta Robert Graves.