Hace ya mucho tiempo había un país siempre cubierto de nieves y de hielo. Los lagos y los ríos se helaban y la tierra estaba dura, como si fuera de hierro, durante la mayor parte del año. Sólo durante un corto periodo de tiempo el sol brillaba en lo alto del cielo y fundía la nieve. Aquel verano duraba apenas unas semanas.

Los hermanos indios

En dicha tierra vivían dos hermanitos, un niño y una niña. El niño era pequeñito y muy débil, y cuando su hermana salía en busca de provisiones temía dejarlo a solas en la choza por si le atacaba algún animal salvaje. Por otra parte, el niño andaba tan despacito que también era peligroso llevarlo con ella a los frondosos bosques de abetos.

Un día, la niña construyó con sus propias manos un arco y unas flechas que regaló a su hermano con el objeto de que tuviera algo que hacer y con lo que entretenerse mientras ella estaba fuera buscando alimentos. Le dijo que esperase pacientemente hasta que viera acercarse algún pájaro en busca de comida y que entonces le disparara una flecha.

Durante todo el día el niño permaneció al acecho y, por fin, pudo cazar un pájaro, que enseñó orgulloso a su hermana como si se tratara del trofeo de un gran cazador.

Abrigo típico de nativos norteamericanos

Al verlo, su hermana le dijo que si cazaba muchos le tejería una capa de plumas, una prenda de abrigo típica de las tribus norteamericanas ubicadas más al Norte.

El niño estuvo cazando varios días y pronto hubo cazado más de veinte pájaros. Su hermana le hizo la capa de plumas y él se sintió tan contento que quiso ir con ella la próxima vez. Pero la niña le dijo que se quedara en casa porque en el bosque había lobos, osos y castores de muy afilados dientes.

Pero el niño ya tenía mucha curiosidad por saber cómo eran todos aquellos animales y, cuando su hermana se fue, él se puso su capa de plumas, cogió su arco y sus flechas y emprendió su marcha hacia el bosque.

Algonquinos e iroqueses

La parte del cuento que sigue nos recuerda tanto a la leyenda de los iroqueses Onondaga de Hombre que Va, según la cual en el cielo también hay malvados, como a la costumbre de muchos algonquinos, sobre todo los Pies Negros, de festejar la Danza del Sol. También podemos observar el papel dirigente de la hermana del niño, propio del matriarcado que rige ambas comunidades.

El niño caminó mucho tiempo, hasta sentirse muy fatigado. Subió a una pequeña colina y quedó dormido sentado en una piedra. Al cabo de un rato, los rayos del sol calentaron las plumas y el muchacho despertó sin haber descansado suficiente. Muy enfadado con el sol por no haber respetado su sueño le amenazó con el puño y le juró que se las pagaría.

Al llegar a su casa le contó a su hermana lo mal que el sol se había portado con él y le dijo que le iba a preparar una trampa para apresarle. Tomo pelo de la hermosa cabellera de su hermana y empezó a trenzar una cuerda muy fuerte.

Fundador de tribus indias

A la mañana siguiente, muy temprano, trepó hasta una montaña muy alta y esperó a que saliera el sol. En seguida preparó su trampa y el sol cayó en ella. Abajo, en el valle, los animales se atemorizaron al ver al sol en la trampa. El castor decidió subir y cortar la cuerda con sus dientes. Cuando el sol quedó libre volvió a ponerse en su sitio habitual en el cielo y los animales ya no tuvieron miedo.

Después de esto, el niño volvió a hacerse amigo del sol, pero su éxito le dio tanta confianza en sí mismo que empezó a crecer y a convertirse en un hombre alto y fuerte. Se hizo un gran cazador y un temible guerrero. Según los iroqueses, él fue el padre de sus naciones; según los algonquinos, de las suyas. Seguramente fue el padre de todos.