Animado por las ganas de dar una mano en esta noble tarea de la Corporación Matamoros, a mediados de febrero, tomé la decisión de inscribirme en esta carrera de 10 kilómetros en la que la meta principal es ayudar a los que un día pusieron el pecho por nosotros y no corrieron o huyeron y terminaron perdiendo partes vitales de sus cuerpos por culpa del conflicto que azota nuestro país.

El entrenamiento de un principiante en 10 K

Aunque el tiempo para prepararme ya estaba un poco escaso me decidí a participar, pues según los expertos para esta clase de esfuerzos se debe tomar un tiempo prudencial cercano a los tres meses, es decir un ciclo de 12 semanas. Esto para un principiante que aspire a recorrer los 10 mil metros en no más de una hora y no arribar cuando ya todos los demás participantes estén en casa, bañados e hidratados.

Un período de preparación que hay que seguir al dedillo, máxime, si como en mi caso, los años mozos ya se han ido poniendo amarillentos para darle paso a la edad dorada que empieza a brillar con intensidad para convertirse en un sencillo presente para los que rondamos el meridiano de la centuria.

En fin, como soy un asiduo caminante y en mi diario vivir trato de incluir unos cuantos ejercicios de estiramiento y trote, me decidí a aportar los 50 mil pesos necesarios para la inscripción e inicié el camino de mi preparación.

Una preparación en la que fui aumentando mi tiempo de trote diario de los 15 minutos que hago habitualmente hasta los 55 minutos, tiempo que esperaba invertir en mi participación.

Un entrenamiento programado y una buena dieta

Después de superar algunos dolores en las rodillas y acomodarme a correr sobre el pavimento, eso sí, con una permanente hidratación me declaré listo a falta de dos días para afrontar el reto de terminar mi segunda incursión en esta clase de competencias. Ya había tenido la oportunidad de correr la media maratón de Bogotá del 2010, en la que claro, sólo corrí los 10 kilómetros, logrando un tiempo de alrededor de una hora y cinco minutos. Un buen precedente si se tiene en cuenta que para esa competencia, por la gran cantidad de atletas- cerca de 45 mil- a la salida y en algunos embudos del trazado uno prácticamente levita y es llevado en andas por los otros competidores gracias a la estrechez de las calles.

Con una rigurosa dieta de pastas, escanciadas con abundante agua, según recomiendan los expertos, pasé el día previo a la carrera.

A correr por los que marcharon por nosotros

El día "D" correr, me levanté muy temprano, me embriagué con dos vasos de agua y tras un ligero desayuno con un yogurt, un par de tostadas y una fruta me enfundé el uniforme morado que me correspondió a la hora de sellar mi inscripción registrada con el 3088, que muy orgulloso estampé en mi pecho con cuatro ganchitos dorados.

Con el ánimo de andar ligero de equipaje, salí a la fría mañana llevando sólo una pantaloneta nueva, especial para la ocasión, mis zapatillas, esa sí domadas por el paso del tiempo, y una bolsita impermeable para llevar mi cédula y el dinero para el transporte público y los refrigerios necesarios.

Llegado al sitio de largada en el céntrico parque capitalino una explosión de colores fluorescentes inundó mi visión. Entre camisetas moradas, verdes y naranjas ácidos pude distinguir a uno de los tantos militares que iban a tomar parte en esta, su carrera y con el que he compartido algunas jornadas de trabajo.

Todos contra las minas antipersonal

A sus escasos 25 o 30 años, este héroe colombiano, ya ha vivido el sinsabor de la guerra pero con un poco de más fortuna que aquellos que han perdido algo más que el sentido en el campo de la guerra . A pesar de haber pisado una mina antipersonal, ese estallido que lo lanzó varias metros por el aire para dejarlo caer como una marioneta contra el piso , no se llevó ninguna de sus piernas ni sus brazos. Después de varias semanas de terapias y recuperación un zumbido en sus oídos es el recuerdo permanente que le quedó de esa nefasta pero a la vez milagrosa tarde en una de las selvas colombianas cumpliendo con su deber.

Después de compartir algunos minutos con aquel héroe todavía activo, la brisa y el frío reinante, me recordaron que debía buscar donde aligerar mi vejiga. Una micción que pude cumplir sin tantos traumas pues la espera no fue mayúscula por la gran cantidad de baños dispuestos para el evento y gracias a que el número de participantes no fue tanto como el de la media maratón de Bogotá, donde las largas filas casi me hacen perderme el pistoletazo de salida.

En fin, luego de un riguroso calentamiento, con estiramientos y ligeros trotes, llegó la hora de acomodarse para la salida ubicada sobre la calle 63 y con la vista hacia el cerro de Monserrate. Gracias a que la gordura no es una de mis bondades, logré deslizarme en medio de ese hervidero atlético y me ubiqué a unos 100 metros de la línea de partida.

"Nos vamos... nos vamos"

Tras varios salidas en falso, por fin a mi sitio llegó la orden de partir y se escuchó el "nos vamos..nos vamos..." y todos ansiosos empezamos a remar hacia el estrecho paso de la largada.

Cuidando de no tropezar en ese maremágnum de piernas y zapatillas, adornadas por los chips para medir el tiempo, puse en ceros mi cronometro Casio y ví como en mi mano derecha las décimas se convertían rápidamente en segundos a la par que me empezaba a alejar de la salida, acosado por algunas gacelas que pasaban zumbando por mis lados, como si durante los próximos 10 kilómetros no fueran a encontrar la llanura suficiente para desfogar esa energía reprimida en sus piernas.

Consciente de que debía regular mis pasos para no fallar en el intento de llegar en el tiempo previsto, no me dejé contagiar por las revoluciones adyacentes y traté de buscar mi ritmo para hacer cada kilómetro en más o menos seis minutos.

La estampida del primer kilómetro

Cuando apareció la valla que marcaba el primer kilómetro miré mi reloj y pude ver un 5:11, que me llenó de ánimo pero me invitó a la reflexión pues es sabido que aquellos que explotan en las salidas van a caer rendidos a los pies del infatigable reloj en los kilómetros intermedios o finales.

Así que traté de regularme un poco más y cuando llegué al segundo kilómetro las cosas no mejoraron, o mejor dicho empeoraron porque pasé a los 10:10 y también pasé por alto el punto de hidratación que no estaba muy visible y era clave para mis aspiraciones de mantener mi ritmo hacia la meta.

Cuando tomé la carrera 50 hacia el sur, empezaron a llegar algunos vivas de los conductores que viajaban hacia el norte atascados en el tráfico de esa hora matinal de un domingo capitalino sin sol pero también sin lluvia y sí con muchos nubarrones que pesaban en la atmósfera. Tanto como sentí que me pesaban las piernas al subir el puente sobre la calle 26. Sólo las ganas de llegar sin detenerme me obligaron a darle una energía extra a mis pasos para pasar ese premio de montaña y enrumbarme hacia la avenida de la Esperanza. Siempre anhelando el próximo punto de hidratación pues ya empezaba a sentir que la sed se me colgaba del cuello y hacia mi trote un poco cansino.

Problemas con la hidratación

Sobre el kilómetro cuatro, donde debía estar el otro punto de hidratación que no apareció, el reloj ya me empezaba a mostrar su cara amarga y al llegar a la mitad de la carrera, en el kilómetro 5, a la vez que me hidrataba con un vaso de bebida energizante, un cálido 29:50 me mostró que todavía estaba en mis pronósticos para no rebasar la hora en el punto de llegada. Algo difícil pues hube de perder ritmo al parar para tomar el líquido ya que no es fácil hacerlo en movimiento pues uno termina no tomándolo por la boca, sino untándoselo por la nariz, los ojos y hasta las orejas. Falta de práctica, es cierto.

Tras lograr el cometido de beber algunos sorbos y como un tren de carga que quema todo su carbón para echar a rodar, me puse otra vez en marcha y me fuí por lo que restaba de la carrera.

"Pista, pista", gritaba alguien a mis espaldas y un ruido como si el viejo ferrocarril se hubiera convertido en un TGV francés me hizo desplazarme hacia un lado para ver pasar a unos muchachos que empujaban briosamente una silla de ruedas con uno de aquellos héroes sin piernas por los que justamente estábamos ahí corriendo y forzando nuestra capacidad de resistencia.

Una voz de aliento en el camino

Ese empuje y vigor exhibidos se convirtieron para mí en una inyección que revitalizó mis músculos y ya con un tercer o cuarto aire volví a tomar el ritmo necesario para aparecerme sin mucha verguenza en la meta.

Claro antes debí superar otro par de "premios de montaña" gracias a los puentes de la avenida de la Esperanza con avenida 68 y el de la Rojas sobre la 26. Dos verdaderos escollos, por la falta de fuerzas que empiezan a aquejar en los metros finales.

Sobre el puente de la 26 pude darle una voz de aliento a un colega que andaba más escaso de vitalidad que yo y parecía querer detenerse definitivamente al arrastrar sus zapatillas y esconder su cabeza como cualquier avestruz en huida. Un "vamos, tú puedes" fue suficiente y cual dragón herido, con unos movimientos muy rudos se revitalizó y me pasó de largo, aunque creo que más adelante abandonó discretamente la carrera y se confundió en alguna de las calles cercanas al Jardín Botánico.

La alegría de llegar al último kilómetro

En medio de cientos de atletas que como yo botaban sus restos, me adentré en el último kilómetro cuando apenas faltaban menos de siete minutos para llegar a la fatídica hora. Esos últimos mil metros se vuelven eternos o pasan muy rápido. Depende de cómo hayamos regulado las fuerzas.

Gracias a Dios tuve un punto de referencia que me ayudó a llevar con decoro mi metro 90 centímetros y mis 80 kilos hasta la meta. Esa referencia fue una señora de pelo blanco, muy menuda ella, que supongo yo estaría ya bien entrada en la edad dorada, pero que con un paso muy firme y seguro se acercaba al final.

Me dedique a seguirla pues mi orgullo espoleado no quería dejarla llegar primero. Así con un estilo no muy práctico, agachando la cabeza para evitar un poco la resistencia del aire y remando con mis brazos y manos, empujé con todo y logré superarla para irme por los últimos metros.

La satisfacción del haber cumplido

Entre vivas y aplausos que reconocían el esfuerzo de todos aquellos que nos atrevimos a desafiar la resistencia, recorrí el tramo final para pisar el cordón de llegada y a la vez detener mi cronómetro en 59:29. Muy lejos del 31:01 del ganador de la categoría abierta, Javier Andrés Peña o del 37:07 de la ganadora en damas, Marta Roncería, pero igual un premio a mi dedicación y un halago para mis hasta ahora incipientes dotes de atleta senior. Una gran satisfacción para un corazón revitalizado por la felicidad de haber corrido por aquellos que no corrieron cuando de defender a su patria se trató.