En el bosque Daggerhorn, donde las nieves son eternas, un poblado sobrevive al pie de la montaña. Los aldeanos comparten un temor desde que son niños: el lobo se lleva familias enteras; a veces, incluso, se las lleva de sus propias camas. Así se vive en la Edad Media. Pero una joven planea huir con su enamorado. Cabalgando entre horrores. Al llamativo resguardo de su caperucita roja.

Caperucita roja, por Hardwicke

Pintada con excelencia estética por la directora Catherine Hardwicke, y con los ojos atentos al despertar sexual de la adolescencia y el control represivo de la santa inquisición, La chica de la capa roja lleva al espectador a un auténtico viaje por el espacio-tiempo.

La nueva versión del clásico Caperucita Roja recompone tiempos idos y se sumerge, incluso, en el origen de los cuentos clásicos. Tras la caída del Imperio romano y la decadencia de las “ciudades” y la peste, miles de personas huyen de regreso al campo. Sin la protección de un estado, los pequeños poblados se ven expuestos al vandalismo y la naturaleza. Así, de boca en boca, comienzan a tomar forma diversos cuentos, cuya finalidad es enseñar a los más chicos: niños, no se alejen de los adultos; niños, no se adentren en el bosque. Pero los niños son niños. La travesura es su motor. Y cuando crecen… cuando crecen llega Hardwicke, experta en adolescentes, para contarnos su versión de la vieja historia, versión 2011, claro.

La chica de la capa roja, sinopsis

Un lobo aterroriza a una aldea perdida al claro del bosque. Aun sabiendo de los peligros que corre de huir a través de los árboles, la joven Valerie (Amanda Seyfried) planea fugarse con su enamorado, el leñador Peter (Shiloh Fernández), antes de que sus padres la unan en conveniente matrimonio con Henry. Pero el lobo vuelve a matar y el párroco de la iglesia convoca al padre Solomon (Gary Oldman) para matar a la bestia.

Justificado por el horror demoníaco al que se enfrentan, Solomon cubre la vida en la aldea con el velo de la inquisición. El oscurantista conoce los mejores tormentos y torturas diseñados para expulsar los demonios, y sólo él tiene el poder de liberar al poblado de brujas, bestias y hombres-lobo. Entre la amenaza latente de que no haya sido peor el remedio inquisidor que la enfermedad, Valerie se debatirá entre el amor de Peter o el de Henry.

Hardwicke dirige La chica de la capa roja

Hardwicke cargará siempre con el peso de haber dirigido un éxito como Crepúsculo. Jamás convencerá a los prejuiciosos de que ella puede hacer una buena película. Por momentos, pareciera que ni pudiera convencerse ella misma. Por eso repite estructuras (los dos galanes en torno a la joven virginal) e insiste con recursos que en la saga crepuscular funcionaban (la banda de sonido pop electrónica) y que en La chica de la capa roja desafinan groseramente.

Pero, lejos de avergonzar, a su concepción del cuento clásico le sobran puntos de atractivo. La metáfora de la caperuza colorada (rojo: pasión, deseo, prohibición en épocas de oscurantismo) brilla con fuerza de la mano de su cuidada narración y su inquieta reconstrucción de época, extraño costumbrismo gótico de la vida medieval que convierte al film en una experiencia intensa. Y, como último hallazgo, la directora puede adjudicarse la elección de la protagonista, una Amanda Seyfried que no admite discusiones bajo la capucha.

“Siempre has hecho que yo quiera quebrar las reglas”. ¿Suena esta romántica frase a Caperucita Roja o a Crepúsculo? Hardwicke la tiene clara al respecto; todas nuestras historias son historias de amor. Y el que no entiende, que refunfuñe desde el costado. Con envidia. Y en soledad.