Las películas “basadas en hechos reales” suelen dividirse en dos: los dramas lacrimógenos que alientan a las personas a perseverar en su supuesta bondad; y los dramas (a veces thrillers) que llevan a las personas a cambiar. Las primeras, al menos desde el punto de vista desde el que han sido descritas estas líneas, guardan una evidente connotación negativa. Las segundas, en cambio, pueden anotarse como cintas más jugosas en cuanto a su contenido intelectual. Pues bien, Justicia final resulta, narrativamente hablando, una extraña combinación entre ambas opciones.

Justicia final, sinopsis

Betty Anne y Kenneth Waters (Hilary Swank y Sam Rockwell) son dos unidos hermanos de la América adentro, la América pobre que sobrevive lejos de los rascacielos de Manhatan y los estudios de Hollywood. Criados a los golpes por la perra vida entre caravanas, establos y cerveza, los hermanos han crecido y, cada uno con su pareja, están dispuestos a comenzar los buenos tiempos, que siempre se niegan en llegar.

Pero un asesinato sacudirá los días de Kenneth. La policía, siempre apurada para arrestar muchachos “sospechosos”, detendrá al joven; la justicia, siempre apurada para encarcelar gente humilde, lo condenará a reclusión perpetua. Los buenos tiempos deberán esperar. Los Waters han esperado tanto, qué daño hace otro poco.

Porque, superado los primeros momentos del filme, ambos hermanos serán separados y la narración recaerá sobre Betty Anne, quien irá relegando todo lo suyo en busca de los medios para liberar a su hermano, a quien considera inocente.

Una película con logros y algunos defectos

El gran logro del director, Tony Goldwyn, es el desarrollo de la intriga. Porque si en una apurada sinopsis todo hace preveer que el bueno de Kenneth, violento pero de buen corazón, es inocente, los minutos y el correcto uso de los diálogos irán sembrando la duda.

Pero a pesar de su inteligente manejo del suspenso, Goldwyn tendrá problemas de forma para llevar adelante el film. Algunos minutos de más, una narración extremadamente clásica y un superficial uso de la música y las escenas le darán a Justicia final un tinte a melodrama que poco ayudan al film. La película se debatirá, en todo su largo, entre tensión y lágrimas de poco vuelo. Incluso así, es imposible pasar por alto detalles bien hallados: una interesante visión mundana del mundillo de los abogados, cuando Betty comience a estudiar derecho; y la joyita del film, la caligrafía infantil de Kenneth, porque al venir de una infancia humilde apenas si sabe escribir.

Esas películas que hay que ver

Justicia final sabe llevar el drama de la carcel tanto dentro como fuera de las rejas: cómo una reclusión puede destruir familias enteras, cómo pone a prueba los lazos más firmes. En voz y cuerpo de Hilary Swank y Sam Rockwell, el film será, también, una inmejorable oportunidad para disfrutar de dos actores que acostumbran a entregar trabajos notables. En Justicia final, juntos (¿o separados?) su actuación vuelve a ser rica en matices, recordando, en otro género pero con misma fuerza, la actuación de Rachel Weisz en La verdad oculta, o la de Naomí Watts en Poder que mata, excelentes filmes basados en historias verídicas, otros filmes con la intención de modificar el alrededor.

Sobre hermandad y lealtad trata Justicia final. Pero también, sobre sacrificio por amor, esa otra acepción de amor, aquella que sostiene que “son las obras los amores” (porque a las palabras se las lleva el viento). Tony Goldwyn ha realizado un film que, del mismo modo, utiliza el recurso del cine para realizar otra obra, la que lleve a las personas a cuestionarse. A sí mismas, su mirada sobre la justicia y, más aun, sobre los condenados. A dudar. Nada más rico que dudar. Una película que lleve a la gente a dudar no puede menos que ser vista.