Casi como una abstracción, El precio de la codicia es una de esas películas que no precisa salir al mundo para explicar el mundo, o al menos, para dar su mirada del mundo. Una mirada vaga, que no quiere caminar porque le da fiaca, pero, como a los talentosos, le alcanza con un edificio y unas cuantas oficinas para formular un completo cuadro de situación.

Es cierto, a Jonathan Franzen le bastó una única novela, Libertad, para explicar cómo son las cosas en el Siglo XXI (¿alguien esperaba encontrar autos voladores, viajes a La Luna?). El cine precisa de algunas películas más, pero entre filmes como Secretos de estado, Poder que mata, y ahora El precio de la codicia, una pintura coherente, adorablemente aterrorizante, va gestándose para definir la naturaleza que define al hombre de hoy, sin cadenas ni esclavitudes, pero con su libertad limitada a gastar su dinero en el after office, en el mejor de los casos.

Sinopsis de la película El precio de la codicia (Margin call)

Dos hermosas mujeres avanzan entre los boxes de un edificio de Wall Street. Convocan a uno de los superiores a una oficina, lucen una mirada tierna, enseñan una adorable sonrisa y le informan que está despedido, que tiene cinco minutos para dejar recoger sus pertenencias: “nada personal ni laboral, cuestiones de presupuesto”. Antes de irse, el mandamás le arroja un pendrive al principiante y joven Peter Sullivan (Zachary Quinto).

En un archivo figura la progresión a futuro de las acciones de una financiera sospechosamente parecida a Lehman Brothers, un mínimo porcentaje que, por el efecto arrastre, puede terminar con el capitalismo y, por qué no, con la Tierra misma, tal como la conocemos (¿suena exagerado? ¿realmente quisieras probarlo?). Arriba de un coche, en una de las pocas escenas filmadas fuera del edificio (aunque nunca en contacto con la gente “normal”), Peter mira a los transeúntes y reflexiona: “no tienen idea lo que está pasando”.

Impecable elenco en una película imperdible

El precio de la codicia, enfrascado en su pequeño mundo de abstracciones económicas que nadie puede leer, comienza un espiral ascendente e interminable de jefes y superiores: Stanley Tucci, Paul Bettany, Kevin Spacey, Demi Moore, una serie de grandes actores en la cumbre de sus interpretaciones y cuyos nombres de ficción no es necesario recordar porque nadie es imprescindible, naturaleza de una época donde el poder a perdido domicilio físico y el dinero (¿qué mayor abstracción?) es amo y señor y hasta el destino mismo: vos, mendigarás porque nunca podrás generarte trabajo; vos, trabajarás porque nunca podrás generarte riqueza; vos, holgazanearás porque tu dinero generará la riqueza por tí. Porque sí. Capitalismo. Nada personal ni laboral, cuestiones de presupuesto.

El precio de la codicia (Margin call), crítica

J.C. Chandor, guionista y director, ha desarrollado una cinta donde lo conceptual, lo narrativo, lo cínico, lo cinematográfico y lo inevitable se llevan de perlas. Con palabras suaves u obsesionadas (uno de los muchachos pregunta recurrentemente si es cierto que tal y tal han cobrado lo que han cobrado en el último año) y diálogos ingeniosos Chandor no precisa de una sola persecución para hacer de El precio de la codicia un auténtico thriller. Parece sencillo, ¿verdad? Ciento nueve minutos con menos de diez actores y allí está todo: economía, desigualdad, riqueza, pobreza (no hay un solo plano de ella y está, vaya que está); básicamente, un sitio a la vista de todos pero… aislado. Un edificio de cristales donde lo menos importante que se negocia son las cuestiones pragmaticas; para decirlo en términos existenciales, lo que está en juego es el propio lugar en el mundo: el mundo del siglo XXI.