(Pequeña introducción intimista: Abrí mi agenda y leí: “jueves 16, El artista”. Había escuchado que era un gran film, que tenía diez nominaciones al Oscar, que ya contaba con varios premios en su Haber. Pero no había visto el detalle hasta que lo vi: Cine mudo. What the fuck? Como no soy el gran amante del Todo tiempo pasado fue mejor, busqué excusas para evitarla, pero no pude: tenía que ver El artista. Fuck, fuck, fuck.)

Incolora, muda, emocionante, genial. Cuatro adjetivos alcanzan para resumir a El artista, la audaz película del francés Michel Hazanavicius. Cuatro adjetivos y todo habrá quedado incluido: su homenaje el cine anterior al color, su homenaje al cine anterior al sonido (al sonido escénico, pues la música está allí y vaya si tiene para decir), el notable desarrollo dramático que alcanza y, por último, eso que hace única a la pantalla, la conexión emocional que obliga a reordenar el corazón; hagan sitio, que hay una nueva película para atesorar.

El artista, sinopsis de la Mejor película Oscar 2012

George Valentin (Jean Dujardín) es una estrella consagrada del cine mudo; Peppy Miller (Bérénice Béjo), una de esas fans que lo admira. A medida que el cine sonoro llegue a Hollywood, la carrera de George se acabará de improvisto, y la de ella despegará hasta el estrellato. Sus destinos se encontrarán, de jóvenes, y el cambio de “los tiempos” los encontrará unidos y separados en el devenir de los años, entre cracks económicos y columnas art-decó.

Un film con herramientas clásicas del cine (salvo sonido y color, pequeño detalle)

Dicen que uno no valora las cosas hasta que las pierde. Algo de eso ocurre, por contraposición, con El artista. Al desestimar sonido ambiental y diálogos sonoros y color, Hazanavicius debe recurrir a los elementos imperecederos del cine para desarrollar lo suyo. Esos elementos eternos del cine son sencillos. Interpretación. Guión. Edición. Encuadre.

Al no poder contar con la herramienta del sonido, cada diálogo debe hablar por sí solo. I.G.E y E. se vuelven significantes de peso: sin lo básico, el espectador posa su mirada en detalles; hasta el fondo más retrasado de la escenografía está significando, cada detalle debe estar cuidado. Y en El artista lo está.

Una película entre la comedia y el drama

Pero Hazanavicius no se queda con lo lúdico, lo trasgresor, lo gratuito o lo rebelde way. Su elección estética tiene que ver con la historia a contar, no sólo un homenaje, sino una historia dramática como la de cualquier buena película, con presentación, nudo y desenlace. Ya fuera del terreno de las alteraciones formales, El artista plantea una pregunta madre que tiene que ver con lo humano: ¿qué hay después de la cima? Después de la cima hay lo que suele haber: bajada. Hazanavicius aborda los tópicos usuales que rodean al éxito. Orgullo, adulación y olvido, todo salpicado por una pizca de lo efímero, condición sine qua non del ser humano.

El artista, crítica de la ganadora al Oscar 2012

Pero basta de evitar la pregunta esencial del espectador: ¿Es “mirable” El artista? ¿Es soportable para el ojo entrenado en pleno Siglo XXI? ¿O se vuelve un bodrio insufrible? Es difícil contestar esa pregunta sin generalizar. El artista no es un film “lento”, ni “aburrido”, ni súper “artístico” (en el sentido negativo de la palabra). Más allá del detalle que recuerda que la película es una película muda, la cinta de Hazanavicius cuenta con una excelente reconstrucción de época y una ágil narración. Pero tampoco es la cinta más habitual, claro. El artista resulta ideal para aquellos que valoran la audacia a la hora de escoger qué mirar, ideal para un público un tanto nostálgico (¿es lícito decir que, aun con armas distintas, el film recuerda a Medianoche en París?); ideal para hacerse con el Oscar; pero, sobre todo, ideal para aquellos que entienden al cine como una parte fundamental de la vida; que para entretener, simplemente, hay otras cosas.