Al margen de la novela original de Haruki Murakami, el director vietnamita de la maravillosa El olor de la papaya verde, Tran Anh Hung, se ha atrevido a realizar algo prodigioso que muchos lectores no le perdonan: una recreación que, de entrada, omite algo esencial en la novela, que el protagonista tenga 37 años, viva en Alemania y recuerde estos episodios tan hermosos como trágicos, en los que la muerte y la vida a menudo trazan caminos confusos.

Atracción sexual sin pasión

En la película nada va más allá de 1967, no hay ninguna otra referencia al futuro, sólo importan las relaciones entre el muchacho, dos chicas, y una tercera, novia-víctima de su compañero de habitación. A partir de ahí, la historia es otra cosa y la cosa que consigue desarrollar con maestría dista mucho de los intereses de la novela original pero se erige como una obra con voz propia, reflejo de una cultura japonesa que omite su carácter nacional, muy dependiente del exterior, que tiene dos bases muy firmes en estos personajes: bajo un fondo de cultura occidental-estadounidense, fundamentalmente por su música, sus costumbres y su ropa... pero con impulsos sexuales que se dirimen en el contexto de una cultura fríamente permisiva como si las relaciones sexuales tuvieran un carácter científico.

A veces se profesan abrazos desesperados pero apenas se tocan cuando se necesitan sexualmente; abundan en encuentros tristes, sonámbulos, mientras afuera se desatan tempestades: lluvia, nieve, mar embravecido, bosque exuberante.

Son jóvenes sin familia ni amigos, ávidos de sentir lo que su cuerpo les manda, pero al mismo tiempo incapaces de una relación abierta, desenfadada, pues el sonambulismo de su juventud mal casa con la pasión ciega de la misma edad: aquí se hacen un amor torpe, sin ansias, como si el llamado de la carne no fuera más que fisiológico en un contexto sumamente pulcro —los ambientes en que viven—, a veces en difíciles situaciones sociales —el muchacho protagonista tiene dos trabajos, además de estudiar alemán: un trabajo sedentario en una tienda de discos, y otro en una fábrica en la que es cargador de pesados sacos—, así como aparecen pacientes bajo singular ambiente psiquiátrico —el bosque en que pasa tratamiento una chica muy tocada por el suicidio de su amigo de infancia—.

Complejas relaciones sexuales en las que impera el suicidio

La vida y la muerte están entrelazadas a partir de una existencia terriblemente solitaria: ninguno de estos personajes está acompañado por un adulto que les ame o haya amado.

No tienen amigos de su propio sexo ni del otro. Afuera llueve mucho o nieva o hace un calor aplastante. La naturaleza actúa espontáneamente, pero ellos van a ciegas en busca de un posible amor verdadero, aunque de momento necesitan penetrar y ser penetradas lo más seguido posible.

No hay prolegómenos en sus contactos sexuales, se desnudan lo justo y si funciona sonríen, pero hay quien no logra humedecerse ante la persona que más ama; no es un drama: es propio de las complejas relaciones sexuales, pero en esta historia sí: hay tres suicidios aparentemente por amores frustrados y una pujante voluntad de vivir cueste lo que cueste... pero el resto, lo que rodea a la historia, su música sublime o estándar de la época (gran contraste la encendida pasión de las letras de las canciones con la frialdad de los personajes y las situaciones) y el ambiente excesivamente falto de pasión... es lo que hace posible el discurso trágico de relaciones incapaces de alcanzar un momento de paz.

Los orgasmos femeninos llegan raros, si llegan; los suicidios se producen como si formaran parte del paisaje: urbanita cuando se utiliza un coche; boscoso, cuando se ahorca en un árbol; y el tercero en un baño de sangre que no se ve: nadie explica los porqués de esas decisiones, como nadie explica por qué el joven ardiente ávido de chicas es capaz de amar para siempre a una sola, la menos indicada.

Lo que todos tienen en común es la falta de armonía entre tanto ambiente impoluto y tanto paisaje formidable y su humano corazón: habitantes de un mundo helado, incapaces de hallar un abrazo verdadero que redima tanto dolor.

Y todo esto en una película maravillosamente fotografiada e interpretada, muy lenta, eso sí, pero extraordinariamente amorosa para tristes y bellos seres protagonistas de un mundo sin piedad, en el que, sin embargo, una chica y un chico muy solos... intentarán unir los vertiginosos sentimientos del amor y del deseo sexual.