En años recientes, la literatura japonesa ha alcanzado un auge que no ha pasado desapercibido en las librerías de todo el mundo, algunos de sus representantes encumbrándose y, a la vez, resaltando la geografía de la tierra del sol naciente.

El escritor oriundo de Kioto, Haruki Murakami, alcanzó con Tokio Blues: Norwegian Wood la internacionalización como autor, gracias a una obra que confronta a un joven al inevitable proceso de crecer, explorando la pérdida de un ser querido, el amor, el dolor, el proceso del duelo y el sexo, entre otras cosas.

El best-seller llamó lo suficientemente la atención para ser trasladado a una adaptación cinematográfica en 2010 bajo el título homónimo al libro, dirigida por el cineasta vietnamita Tran Anh Hung.

La primavera juvenil de 1968, escenario en la trama de Tokio Blues

Con 37 años, en su arribo a Alemania y tras escuchar la melodía beatleriana de Norwegian Wood, Toru Watanabe (Kenichi Matsuyama) rememora su juventud como universitario en la capital nipona a finales de la década de los sesenta, iniciando con el suicidio de su mejor amigo Kizuki, para proseguir con los vínculos formados con Naoko (Rinko Kikuchi), novia de Kizuki en la adolescencia y de una personalidad inestable, así como con Midori (Kiko Mizuhara), muchacha de temperamento alegre y compañera de carrera.

Watanabe reevaluará la muerte, el dolor, la resignación, el amor y la vida, además de contar como telón las manifestaciones estudiantiles contra el sistema político de la época.

Una correcta ambientación que carece de sustancia argumentativa

Tran Anh Hung (quien adquiriera notoriedad en 1993 por El olor de la Papaya Verde) ofrece gran fidelidad a la novela de Murakami, al seguir la línea argumental de los sucesos que terminan de guiar a Watanabe hacia la madurez (a pesar del lento ritmo atribuido en medida a silencios en momentos importantes de la cinta), así como una pulcra fotografía de Ping Bin Lee que detallan con preciosismo y elegancia los inmuebles en Tokio y las diferentes estaciones del año en Japón, que incluso son reflejo del estado de ánimo por el que atraviesan las relaciones entre sus protagonistas.

No obstante, ante la recreación de un año artífice en las manifestaciones de los estudiantes contra el sistema político y la guerra de Vietnam, Tokio Blues pierde mérito al desfigurar la esencia nostálgica y reflexiva de la obra literaria, sin ahondar en la psicología de sus personajes, llegando incluso a demeritarlos (ejemplos de ello son la minimización de “Tropa de Asalto” y Reiko, amiga de Naoko).

La única canción que acompaña al filme que, a su vez, se encuentra presente en el libro del escritor japonés es Norwegian Wood. El repertorio original, representado en bandas como The Beatles, Cream, Simon & Garfunkel, y Peter, Paul and Mary, quedaron sorpresivamente fuera de éste, para ceder a Jonny Greenwood (miembro de Radiohead) como realizador de la banda sonora, cuyo ambientalismo retrata la desesperación, la melancolía, la reflexión y el dolor por el que atraviesa Watanabe, al recurrir a la percusión de una guitarra, tornándola de un atractivo minimalismo.

Rinko Kikuchi: lo más destacado del elenco de Tokio Blues

El que quizás sea uno de los aspectos más débiles de Tokio Blues: Norwegian Wood es su reparto, con la mayoría de los integrantes fallando en conectar a sus personajes con la audiencia.

Kenichi Matsuyama tiene en sus manos a un Toru Watanabe que excede los límites de lo soporífero, con una interpretación hueca y débil en casi toda la cinta. Kiko Mizuhara (en su debut en el medio cinematográfico) apenas cumple como una extrovertida Midori, la cual se quedó corta ante la desbordante chispa y extravagancia de su versión en tinta.

La actriz Reika Mirishima es desaprovechada al tener como personaje a Reiko que, a diferencia de la novela, carece en la pantalla de los matices que la convierten en un ser complejo y atormentado por su pasado.

Sin embargo, Rinko Kikuchi (conocida por Babel, Mapa de los sonidos de Tokio y próxima a vérsele en Pacific Rim, la nueva cinta de Guillermo del Toro) logra sacar a flote a la cinta al interpretar con gran acierto y desasosiego a la atormentada Naoko de principio a fin, epítome de una naturaleza muerta al representar lo opuesto de Midori: la introversión y desesperanza.

Destacan también Tetsuji Tamayama como el egocéntrico y ambicioso Nagasawa, compañero de residencia de Watanabe y Eriko Hatsune al recrear a Hatsumi, la novia de Nagasawa, quien sufre en silencio por las infidelidades de éste.

Tokio Blues, Norwegian Wood: una dilapidada película destinada al olvido

Ante una adaptación fuerte en su parte visual, pero carente de de profundidad en varios de sus personajes y monótona en cuanto al desarrollo de la trama, la adaptación de una de las novelas más famosas de Haruki Murakami no logra sacar del todo el provecho a la riqueza emotiva de su argumento y a la profundidad en cada relación de su protagonista con quienes le rodean (que termina por provocar un poco de confusión al no ser retratadas con total claridad).

Así, Tokio Blues se convierte en un filme gris y elusivo, que falla en uno de los aspectos más importantes en el momento de narrar una historia: envolver al espectador de principio a fin.